Entrego mi culo al Vecino Maduro

Por
Enviado el , clasificado en Adultos / eróticos
134 visitas

Marcar como relato favorito

Cap 1: El nuevo vecindario.

Para esa época, nos mudamos a esa casa, un barrio que parecía detenido en una tarde interminable: tranquilo, rodeado de familias normales, niños en bicicletas y perros que ladran sin pausa. Era justo lo que queríamos: estabilidad, calma, una rutina que pudiéramos construir juntos. Todo olía a hierba recién cortada y a domingo, incluso entre semana.

Nuestros vecinos, Julián, el padre, debía rondar los 48. Parecía militar retirado, firme en su postura pero amable en el trato. Su esposa Amanda, una señora muy amable de la misma edad que poco se veía pasar por allí. Yo tenía 23. Apenas unos meses de casada con Andrés, y con la sensación —todavía presente— de estar probándome un traje que me quedaba algo grande.

Si me hubieras preguntado hace unas semanas qué pensaba de él, habría respondido que era solo eso: el vecino del frente. Correcto, educado, con buena relación con Andrés, con quien suele cruzar palabras cada tanto en la acera. Yo, en cambio, apenas le dedicaba un saludo con la mano desde lejos. Nunca hubo nada más allá.

Hasta esa noche.

Cap 2: La reunión de vecinos.

Una reunión sencilla, una parrillada en su patio, con otros vecinos y algunos amigos de él. Andrés aceptó encantado, y yo lo acompañé sin darle demasiada importancia.

Me puse un vestido de lino color crema, ajustado en la cintura, con un escote cuadrado que dejaba al descubierto el inicio de mis clavículas. Las mangas caían suavemente por mis hombros, y el bajo terminaba justo a media pierna, lo bastante largo para ser “correcto”, pero con la tela lo bastante ligera para dejar que la brisa jugara con mis movimientos. Sin sujetador —porque no lo necesitaba con ese corte—, y con unas sandalias de cuero con tiras finas que me hacían sentir coqueta sin esforzarme demasiado. Me recogí el cabello en un moño suelto, dejando escapar algunos mechones. No era para impresionar a nadie, simplemente quería sentirme cómoda. Aunque, de algún modo, sabía que me veía bien.

Pensé que sería una noche más. Y en parte lo fue... pero también, fue el inicio de algo que no supe nombrar en ese momento. Algo que empezó a cambiar la forma en la que lo miraba, aunque aún no lo sabía.

La casa de Julián se veía distinta esa noche. Las luces del patio colgaban entre los árboles como luciérnagas inmóviles, y la música suave llenaba los espacios entre las conversaciones. Era una reunión sencilla, con carne asándose en la parrilla y copas de vino pasando de mano en mano. Andrés estaba encantado. Yo, más bien, me dejaba llevar.

Había saludado a Julián apenas llegamos, como siempre: con una sonrisa cordial, nada más. Llevaba una camiseta gris que le ajustaba los hombros y el pecho, y unos jeans sencillos. Durante la noche, las conversaciones entre hombres se volvieron evidentes, no teniendo más remedio que buscar algún grupo de señoras no tan viejas con quien pudiera conversar. En algún momento de la noche, busqué escapar al baño y dedicarme a algo más emocionante, mirar mis redes sociales, o tomarme una foto en el espejo. Al salir, me cruce con Julian,

—Como va la reunión— dijo con su voz grave mientras pasaba junto a mí con una copa de vino en la mano, haciendo su cuerpo hacia un lado para darme paso y continuar cada uno su camino. Pero no alcancé a contestar.

—Ese vestido debería venir con advertencia —dijo, sin mirarme directamente, como si el comentario fuera casual, apenas lanzado al aire. Y luego se alejó, dejando su aroma —a madera, a algo limpio y masculino— flotando unos segundos detrás de él.

Me tomó por sorpresa. Me giré, buscándolo, pero él ya estaba charlando con otro grupo, como si no hubiera dicho nada fuera de lugar.

Lo miré con un poco de asco.

Se movía con una confianza que no había notado antes, como si todo a su alrededor le respondiera. Sus brazos, firmes, marcaban cada vez que levantaba algo de la mesa o cortaba carne. Su risa era más grave de lo que recordaba. De pronto nuestras miradas se cruzaron desde lejos, noté que me sostenía los ojos un segundo más de lo necesario. No desvió la vista. No sonrió. Solo me miró, directo. Como si ya supiera algo que yo recién estaba empezando a entender.

Desde ese instante, me sentí observada. No acosada ni incómoda… sino visible. Como si alguien hubiera encendido una luz sobre mí, y esa luz viniera de él.

Intenté disimularlo. Me uní a una conversación entre dos mujeres que hablaban sobre sus hijos, sonreí, asentí… pero ya no escuchaba del todo. Mis ojos volvían a él cada tanto, buscándolo sin querer. Desde muy joven he preferido las experiencias sexuales con hombres mayores, esa mezcla de seguridad, madurez, desempeño y un no sé qué que siempre había generado morbo en mí. Pero era absurdo. Un solo comentario y ya me había removido por dentro algo que ahora dañaba mi paz.

Cuando nos fuimos, Julián se acercó a despedirse. Estrechó la mano de mi esposo Andres con una palmada fuerte y luego se volvió hacia mí. No hubo roce. No hubo palabras dobles. Solo me sostuvo la mirada mientras decía:

—Gracias por venir, Tatiana.

Pero lo dijo con una voz tan medida, tan profunda, que mi nombre pareció tener otro peso. Me sonó distinto, como si no lo hubiera escuchado nunca en boca de un hombre.

Caminamos de vuelta a casa, y Andrés hablaba de lo bien que la había pasado, de lo sabrosa que estaba la carne. Yo respondía lo justo, mientras mi mente volvía una y otra vez a ese comentario. Al tono. A la mirada. A cómo todo cambió con una sola frase.

 


¿Te ha gustado?. Compártelo en las redes sociales

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

ElevoPress - Servicio de mantenimiento WordPress Zapatos para bebés, niños y niñas con grandes descuentos

Síguenos en:

Facebook Twitter RSS feed