Entrego mi culo al Vecino Maduro (Parte2)
Por Tatiana BTA
Enviado el 01/06/2026, clasificado en Adultos / eróticos
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Cap 3: El roce de los días.
Los días siguientes a la reunión fueron normales. La rutina seguía su curso: las mañanas con café, el sonido de la ducha de Andrés, mis tareas diarias en casa y en el trabajo, alguna salida esporádica. Nada había cambiado… excepto que ahora, cada vez que cruzaba por la sala, mis ojos se desviaban hacia la ventana que daba al frente.
La casa de Julián parecía más presente que antes. A veces lo veía salir temprano, con ropa deportiva, trotando por la cuadra con su perro. O cargando cosas en la parte trasera de su camioneta. En otras ocasiones, simplemente lo encontraba de pie en su patio, con una taza de café en mano, mirando hacia la calle. Hacia mi ventana.
No siempre podía asegurarlo. A veces parecía que sí, que su mirada estaba fija en la mía. Otras veces, era yo la que se quedaba observando demasiado, intentando adivinar si había intención o casualidad en sus gestos.
Un mediodía cualquiera, lo encontré frente a su casa, solo, regando las plantas de su jardín. Yo salía a botar unas bolsas de reciclaje. Apenas salí a la calle, me saludó con esa misma voz grave y contenida.
—Tatiana.
Solo eso. Mi nombre. Y otra vez ese tono.
—Julián —respondí, tratando de sonar natural, aunque sentí que mis mejillas se encendían sin razón.
Me detuve un segundo. No había nadie más. Ningún auto pasando, ningún otro vecino en la acera. Solo él y yo, separados por la acera y algo de césped recién regado.
—Quedaste muy bien en ese vestido el otro día —dijo, sin bajar la mirada. No sonrió, no fue burlón ni atrevido. Lo dijo como si fuera un simple hecho.
Mi estómago se contrajo.
—Gracias —murmuré. Era lo único que pude decir. Su mirada era tan directa, tan limpia, que me desarmó. No era el tipo de hombre que jugaba con dobles sentidos. Él decía lo que veía. Lo que pensaba. Y eso, justamente eso, era lo que me descolocaba.
Nos quedamos en silencio unos segundos. El agua seguía cayendo en las plantas a sus pies. Su brazo sostenía la manguera con una calma que contrastaba con mi pulso acelerado.
—Bueno… me voy antes de que me echen de casa por hacerme la jardinera ajena —bromeé, intentando romper la tensión.
Ahí sí sonrió. Apenas. Pero sus ojos seguían fijos en los míos.
—Andrés no te echaría ni porque te acostaras con otro—dijo entonces, y bajó la mirada por primera vez para apagar el agua.
No supe si lo dijo para mí o para sí mismo, o si simplemente se le escapó el pensamiento. Pero lo escuché. Lo escuché tan claro que, no respondí. No sabía cómo. Me giré despacio y crucé la calle de vuelta, sintiendo su mirada en mi espalda hasta que cerré la puerta.
No pasó nada.
Desde aquella conversación junto al jardín, algo se había desajustado dentro de mí. No lo decía en voz alta. No lo escribía, no lo admitía, pero estaba ahí, latiendo como una nota grave entre las cosas cotidianas. Ahora, cada vez que pasaba por la ventana, lo buscaba. A veces no estaba. A veces sí.
Empecé a notar cosas. Que salía a trotar cuando tomaba el sol afuera. Que pasaba caminando por mi acera con su perro, justo cuando yo paseaba al mío o salía a regar las plantas. Que se demoraba unos segundos más al saludarme, como si se negara a que esos encuentros siguieran siendo accidentales.
Yo también hacía mi parte, aunque me costara admitirlo.
Me vestía mejor para ir al almacén. Me maquillaba, pensando que él podría estar afuera. Abría la cortina de la sala con más frecuencia. Y cuando él me miraba desde el otro lado de la calle, sostenía la mirada. Ya no fingía sorpresa. Ya no bajaba la vista. Comencé a verlo como lo que era, un hombre maduro que hacía que me humedeciera creando fantasías.
Una tarde, al llegar de trabajar antes que Andres, me dedicaba a ser una ama de casa ideal. La lavadora sonaba en la cocina, el sol entraba tibio por la ventana. Me agaché a recoger la ropa del cesto, distraída, cuando escuché un golpe suave en la puerta.
Abrí.
Julián.
Camiseta negra ajustada, una toalla al cuello, sudor en los brazos. Parecía haber terminado de hacer ejercicio. El pecho se le movía con lentitud, respirando profundo. Se tomó un par de segundos antes de decir algo, como dándome la oportunidad de admirarlo.
—Perdón que moleste —dijo al fin—. ¿Tendrás por ahí un poco de hielo? Me quedé sin nada y tengo el hombro algo cargado.
Hablaba tranquilo, pero yo sentí que me faltaba el aire al ver ese cuerpo de hombre curtido, tenso, que ahora estaba en mi puerta. Por el olor salado y limpio de su sudor. Por cómo su voz me golpeaba en el pecho, sin avisar.
—Claro, espera un segundo —dije, y me giré para entrar.
Sentí sus ojos detrás de mí. Lo sentí. Supe que miraba de arriba abajo mí ya arrugado uniforme de la aerolínea, del cual apenas los tacones me había quitado.
Fui a la cocina, saqué una bolsa con hielo del congelador y volví. Al entregársela, nuestros dedos se rozaron apenas. Un segundo. Una descarga.
—Gracias, vecina —dijo, y se quedó un segundo más de lo necesario. Vi que sus ojos bajaban. No de forma vulgar, no como un hombre cualquiera. Bajaban para mirarme. De verdad.
Y por primera vez, no me cubrí. No me moví. Solo lo miré de vuelta.
—¿Estás bien? —preguntó, como si notara algo en mi expresión.
—Estoy… —me interrumpí—. Sí. Solo sorprendida.
Tal vez excitada era la palabra más acorde para el momento.
—¿Por qué?
—Porque no esperaba visitas.
Sonrió, como si entendiera más de lo que yo decía.
—Yo tampoco esperaba quedarme sin hielo.
Y con eso, se giró. Caminó hacia su casa sin apuro. Yo cerré la puerta con las manos temblorosas y el corazón martillándome el pecho.
Nada pasó. Otra vez, nada. Pero ese “nada” empezaba a llenarse de todo.
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