Creep capítulo nueve
Por Pretorius
Enviado el 28/05/2026, clasificado en Amor / Románticos
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?Cuando Gabriel regresó al comedor, el escenario había cambiado por completo. Kaira se había movido; ahora estaba sentada al lado de Rodolfo, conversando animadamente con él, a Gabriel no le quedó más remedio que ocupar la silla vacía al lado de Gloria, esperaba una mirada de burla, un guiño o algún rastro del juego de la gata, pero Kaira lo ignoró por completo, ya no lo buscaba, ni siquiera estiraba la vista hacia su lado de la mesa, el quiebre fue absoluto, su atención se desplazó hacia el resto del restaurante, con esa sociabilidad espontánea que la caracterizaba, empezó a cruzar miradas y sonrisas con los comensales de otras mesas, al punto de que, hacia el final del almuerzo, se levantó con total naturalidad de la mesa familiar, caminó con soltura y se sentó en una silla vacía al lado de un chico de su edad que la miraba embobado desde hacía rato, entablando una conversación fluida y alegre con su grupo.
?Gloria miró la escena con una ceja levantada, pero Rodolfo contempló a su hija con una sonrisa mansa y relajada, para él, aquello no era una anomalía, sino la normalidad de su infancia.
?— Desde niña siempre fue así de sociable —comentó Rodolfo, dejando la taza de lado—. Se sentaba en lugares que no le pertenecían, hablaba con extraños como si los conociera de toda la vida, es su forma de ser—
?Para los padres, era solo Kaira siendo Kaira, libre, espontánea y alegre, pero para Gabriel, sentando al lado de su madre con la piel de los dedos todavía ardiendo por el contacto del encaje negro, el mundo se había vuelto del revés, sentía un vacío confuso en el estómago, una mezcla de alivio y una punzada de celos que no quería admitir.
?Kaira lo había subido a la cima del deseo para luego empujarlo al vacío de la indiferencia, mirándola reír con un desconocido, Gabriel se dio cuenta de que en ese plano arquitectónico que ella manejaba, él no era el constructor... era sólo otra pieza con la que ella decidía cuándo jugar y cuándo dejar guardada en la caja.
El calor del estacionamiento rebotaba en el capó negro de la Chevrolet Luv, la armonía familiar del restaurante empezó a disolverse en el aire pesado de la tarde mientras Rodolfo se palmeaba los bolsillos con frustración, buscando las llaves entre maldiciones suaves, Gabriel se quedó de pie junto a la puerta trasera, pero sus ojos no estaban en Rodolfo, estaban fijos unos metros más atrás. Kaira seguía despidiéndose del chico de la mesa contigua, quien la siguió cuando ellos se levantaron de la mesa, con una soltura que a Gabriel le pareció criminal, Kaira le extendió un trozo de papel doblado: su número de teléfono, el chico, envalentonado, la rodeó por la cintura mientras ella lo tomaba del cuello para un adiós que dolió como un golpe en el estómago, al separarse, la mano del desconocido bajó de forma descarada por el trasero de Kaira, ella no se tensó; no hubo sorpresa ni rechazo, solo esa naturalidad desapegada con la que manejaba el mundo.
?Gabriel sintió una oleada de calor amargo subirle por el cuello, giró la cabeza hacia Rodolfo en una especie de denuncia visual, esperando ver el estallido del padre protector, la furia del Constructor Civil, pero Rodolfo estaba demasiado sumergido en su propio caos, revolviendo las bolsas y los bolsillos, mientras Gloria lo ayudaba a buscar, comentando algo sobre el asiento del restaurante, nadie vio nada, nadie excepto Gabriel, cuando finalmente subieron a la camioneta, el encierro de la cabina trasera se volvió asfixiante.
El motor de la Luv rugió y se incorporó al tránsito de Santiago, el silencio en el asiento de atrás era una estructura rígida, a punto de quebrarse. Gabriel se mantenía inmóvil, tenso, con las manos apretadas sobre las rodillas. Miraba de reojo a Kaira, buscando una señal, una mirada de burla en el reflejo del vidrio, pero ella no le concedió el capricho, tenía la cabeza apoyada contra el cristal de la ventanilla, contemplando las calles que pasaban con los ojos fijos en el vacío de sus propios pensamientos.
?Gloria se volteó desde el asiento del copiloto, mirándolos por encima de las cabeceras con una sonrisa mansa.
?— Uh... parece que estuvo bueno el almuerzo —comentó con tono divertido—. Quedaron tan satisfechos que ni hablan. ¿Qué tal, Kaira?
?— Sí, estuvo muy bueno —respondió ella sin separarse del vidrio, su voz opaca por el cansancio simulado—. Lo pasé muy bien, con un movimiento perezoso, se pasó la mano por la melena rubia, enganchando los mechones del lado izquierdo detrás de la oreja, dejando al descubierto su perfil limpio y analítico, luego, volvió a cerrarse en su burbuja, cerrando los ojos para simular que dormía.
?Gabriel no despegó los labios en todo el trayecto, las palabras de su madre flotaban en el aire como un eco lejano, pero por dentro, los celos lo estaban devorando vivo, el tormento moral de la mañana había cambiado de forma: ya no le importaba el pecado, ni el calzón negro bajo la falda, ni la lealtad a su padrastro, lo único que le importaba era el trozo de papel que Kaira había dejado en manos de un extraño, el miedo a que destruyera la familia se había transformado en el miedo más oscuro de un hombre: el temor a que otro chico le ganara la partida, a que ella simplemente decidiera jugar con otra presa y lo dejara a él, con su labio imperfecto y sus planos lógicos, olvidado en el rincón más oscuro de la casa.
El sopor de la tarde de domingo cayó sobre la casa como una manta pesada, el almuerzo había sido tan contundente que Rodolfo y Gloria, tras comentar de pasada que no tendrían hambre para la cena, se encerraron en su dormitorio a ver una película antes de quedarse dormidos en una siesta profunda. La casa quedó sumergida en ese silencio denso de las seis de la tarde, interrumpido solo por el zumbido lejano del tránsito de la avenida.
?Gabriel estaba sentado frente a su mesa de trabajo, el plano para el lunes estaba terminado, los ángulos eran perfectos y las líneas de tinta china estaban secas, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia el teléfono inalámbrico de la sala. Su mente se había transformado en una sala de espera, deseaba con angustia que el aparato no emitiera ningún sonido, pero a la vez, la expectativa lo estaba carcomiendo por dentro, entonces, el timbre rompió la estática, una, dos, tres veces.
?Antes de que Gabriel pudiera siquiera estirar la mano, Kaira apareció en la sala. No corría, se movía con esa parsimonia desapegada de siempre, tomó el auricular y, para sorpresa y tormento de Gabriel, no se quedó en el pasillo; caminó directamente hacia el ventanal y salió al patio trasero, buscando un rincón donde las paredes ahogaran su voz.
?Gabriel sintió que el cuerpo se le encendía, intentó contenerse, aferrándose al borde de su mesa de dibujo, pero la fuerza de los celos fue superior a su orgullo, se acercó a la ventana, ocultándose tras el marco, transformando el cristal en la pantalla de su propio suplicio.
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