La piscina puede esperar
Por Pecado de Seda
Enviado el 03/06/2026, clasificado en Amor / Románticos
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El sol de la tarde pegaba fuerte cuando Carlos levantó la vista de la piscina. Se quedó inmóvil un instante, con la red en la mano, sin saber muy bien dónde mirar. Ella estaba de pie junto a la tumbona, completamente desnuda, con esa calma de quien está exactamente donde quiere estar.
Se acercó despacio por el césped, descalza, sintiendo la hierba tibia bajo los pies. Carlos no se movió. Tenía los ojos fijos en ella, la mandíbula levemente tensa.
—Deja eso —dijo ella, sin más explicación.
Le tomó la mano. Él soltó la red sin resistencia.
Lo llevó hacia el porche, al sofá de exterior con sus cojines anchos y blancos, todavía calientes por el sol. Carlos la seguía en silencio, como si tuviera miedo de que cualquier palabra rompiera algo.
Cuando llegaron, ella se giró hacia él y lo miró a los ojos por primera vez de cerca. Él tenía las manos bronceadas, algo temblorosas. Ella se las tomó y las puso sobre su cintura.
—Relájate —murmuró.
Y Carlos, por fin, respiró.
Carlos dejó que sus manos recorrieran su cintura despacio, casi con reverencia, como si no terminara de creerse lo que estaba pasando. Ella se acercó más, pegando su cuerpo al de él, y lo besó sin aviso — un beso directo, sin rodeos.
Él respondió enseguida, perdiendo la timidez. La rodeó con los brazos y la atrajo hacia sí con fuerza, sus manos grandes moviéndose por su espalda desnuda, bajando hasta sus caderas.
Ella empezó a desabrocharle la camisa, botón a botón, mientras él le besaba el cuello. Tenía la piel caliente por el sol y olía a trabajo y a hierba recién cortada. Cuando le quitó la camisa, pasó las manos por su pecho y lo empujó suavemente hasta que quedó sentado en el sofá.
Se colocó a horcajadas sobre él, mirándolo desde arriba. Carlos tenía los ojos oscuros, la respiración acelerada. Le puso las manos en los muslos y ella sintió el calor de sus palmas contra su piel.
—¿Seguro que quieres esto? —preguntó él, con la voz ronca.
Ella respondió bajando la cadera despacio hacia él, sin apartar los ojos de los suyos.
Él echó la cabeza hacia atrás con un sonido grave cuando la sintió moverse sobre él. Sus manos apretaron sus caderas, guiándola, marcando un ritmo lento al principio, deliberado.
Ella se inclinó hacia delante, apoyando las manos en sus hombros, y aceleró. El sol seguía cayendo sobre el porche, calentando su espalda desnuda mientras se movía. Carlos le recorrió el pecho con los labios, despacio, y ella enredó los dedos en su pelo.
—No pares —susurró ella.
Él obedeció. La sujetó con más fuerza y empezó a moverse también, al encuentro de cada uno de sus movimientos. El ritmo se fue intensificando, los dos respirando cada vez más fuerte, el silencio del jardín roto solo por ellos.
Ella sintió la tensión crecer despacio, inevitable. Se aferró a sus hombros y cerró los ojos, dejándose llevar por la sensación hasta que llegó en oleadas largas y cálidas, mordiéndose el labio para no gritar.
Carlos la siguió poco después, con un gemido contenido y las manos clavadas en sus caderas.
Se quedaron quietos un momento, ella todavía sobre él, la respiración recuperándose poco a poco. El agua de la piscina brillaba al fondo, quieta y azul, ajena a todo.
Carlos la miró con una sonrisa lenta.
—La piscina puede esperar —dijo.
Ella se rió, apoyando la frente en la suya.
Carlos se levantó despacio, buscó su camisa en el suelo y se la puso sin abrocharla. Ella seguía tumbada en el sofá, mirando el cielo con una sonrisa perezosa. La luz había cambiado — el sol ya no pegaba de frente sino de lado, tiñendo el jardín de naranja.
—¿Quieres algo de beber? —preguntó él.
—Agua fría —dijo ella sin moverse.
Carlos desapareció dentro de la casa y volvió con dos vasos largos con hielo. Se sentó a su lado y ella se incorporó, recogiendo las piernas. Bebieron en silencio, ese silencio cómodo que no necesita llenarse.
—Llevas cuánto tiempo trabajando aquí —dijo ella más como reflexión que como pregunta.
—Cuatro años en marzo.
—Y nunca habías... —dejó la frase a medias, con una sonrisa.
Él la miró de reojo.
—No. Nunca.
Ella dejó el vaso en la mesita y se giró hacia él, estudiando su perfil. Tenía una cicatriz pequeña en la ceja derecha, unas manos que hablaban de trabajo de verdad, una calma en los gestos que a ella siempre le había resultado extrañamente atractiva sin habérselo permitido reconocer hasta hoy.
—¿Te arrepientes? —preguntó ella.
Carlos la miró entonces, directo a los ojos.
—No —dijo simplemente.
Ella asintió, satisfecha con eso. Se recostó de nuevo, cerrando los ojos. El agua de la piscina reflejaba destellos anaranjados en el techo del porche. Algún pájaro cantó lejos, en los árboles del límite de la finca.
—La piscina —dijo Carlos de pronto, como recordando.
—Mañana —respondió ella sin abrir los ojos.
Él soltó una carcajada breve, genuina, y ella sonrió sin moverse. Se quedaron así un rato más, los dos en ese sofá ancho, con los vasos sudando sobre la mesita y el jardín enfriándose despacio alrededor de ellos.
Cuando el sol terminó de bajar y el aire empezó a oler a tierra húmeda y jazmín nocturno, Carlos se puso de pie. Recogió la red del borde de la piscina, la apoyó contra la pared con cuidado, y se volvió hacia ella una última vez.
Ella lo estaba mirando.
—Hasta mañana —dijo él.
—Hasta mañana, Carlos.
Lo vio alejarse por el camino de gravilla, con la camisa todavía sin abrochar, hasta que desapareció por la puerta lateral del jardín. Entonces se levantó, recogió la braguita del bikini del suelo de césped donde había quedado olvidada, y entró en la casa descalza, con el último calor del día pegado a la piel.
Esa noche, desde el dormitorio, escuchó el sonido lejano del aspersor automático entrando en funcionamiento. El jardín bebiendo en silencio, como cada noche, ajeno a todo lo que había pasado entre sus setos y sus limoneros.
Se tumbó en la cama con los ojos abiertos, mirando el techo. Pensó en sus manos. En cómo la había mirado al principio, con esa mezcla de sorpresa y deseo que no había intentado disimular. En el modo en que había dicho hasta mañana, sin promesas ni preguntas, con una sencillez que le había gustado más que cualquier otra cosa.
Mañana el jardín volvería a necesitar atención. La piscina seguiría ahí, esperando.
Y Carlos también.
Cerró los ojos y sonrió.
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