CREEP capítulo once
Por Pretorius
Enviado el 04/06/2026, clasificado en Amor / Románticos
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?Rodolfo y Kaira avanzaron por el pasillo en puntillas, cargando ollas y tapas de metal como si fueran soldados contrabandeando munición, se acomodaron a ambos lados de la cama matrimonial, donde Gloria dormía plácidamente bajo la luz tenue de la tarde. Rodolfo miró a su hija, levantó tres dedos y fue bajándolos uno a uno en silencio.
?Tres, dos, uno.
?¡El estruendo fue atómico! El choque metálico de las tapas y las ollas retumbó en las paredes del dormitorio. Gloria saltó de la cama con el corazón en la boca, abriendo los ojos desmesuradamente, con un susto que en el primer segundo se transformó en un ceño fruncido de indignación.
?— ¡Pero Rodolfo! —alcanzó a gritar.
?No alcanzó a decir más. Kaira se lanzó encima de ella con la agilidad de un cachorro, hundiéndole los dedos en los costados para desatar un ataque de cosquillas despiadado, las defensas de Gloria se desmoronaron de inmediato; la rabia se convirtió en una carcajada limpia y ruidosa que llenó la habitación. Buscando defenderse, Gloria manoteó a ciegas, agarró uno de los cojines de plumas y se lo cruzó a Kaira en la espalda. Rodolfo se metió al combate recibiendo otro cojinazo, y en menos de un minuto la cama se transformó en una trinchera de risas, almohadazos y afecto desordenado.
?Gabriel se quedó apoyado en el marco de la puerta, contemplando la escena, ina sonrisa auténtica se le dibujó en el rostro, pero por dentro sentía un vértigo extraño, esa alegría juvenil, esa Kaira que se reía a carcajadas limpias con su madre, parecía la misma chica de la mañana, pero Gabriel ya no era el mismo. Kaira seguía peleando con su madre hasta que sintió un cojín en su nuca qué la llegó a despeinar, al voltear ve que Gabriel la miraba con una sonrisa, ahora fue ella quien quedó paralizada, pero esbozando una sonrisa toma el cojín qué él le lanzó y se tira a golpearlo — así que atacando por las espalda— dijo mientras golpeaba a Gabriel — ¡hijo toma para que te defiendas— le gritó Gloria tirándole una almohada y entre los dos hijos empezaron a golpearse, los dos padres veían la escena con gran felicidad.
El alboroto de la tarde dio paso a la última tregua del fin de semana, los cuatro se reunieron en el comedor bajo la luz cálida de la lámpara central, compartiendo una ronda de agüitas de menta, de ruda y tazas de café negro para asentar la jornada.
?La conversación fluyó hacia la rutina: los compromisos de la semana, los negocios de construcción de Rodolfo y la entrega final de los planos de Gabriel para el lunes por la mañana en la facultad. Kaira participaba con opiniones precisas y agudas, manteniendo esa sobriedad analítica que tanto agradaba a Gloria, ?Gabriel la observaba de reojo sobre el borde de su taza de café, buscando desesperadamente un cable a tierra, esperaba una señal, un desliz en sus palabras, una mentira piadosa, una excusa sobre salir a mitad de semana con "amigos del colegio" que delatara al chico del restaurante, anhelaba que ella dijera algo, lo que fuera, aunque fuera un engaño, solo para confirmar que lo de la tarde en el patio no había sido un fantasma de sus propios celos, pero Kaira no soltó una sola pieza de su rompecabezas, se mantuvo impecable, hermética, como una estructura de hormigón armado que no dejaba filtrar una sola gota de su vida privada, le sonreía a Rodolfo, le respondía a Gloria, y cuando sus ojos cruzaban el espacio hacia Gabriel, eran dos lagos grises de absoluta indiferencia.
?Así se cerró la noche del domingo, con las ollas de vuelta en la cocina, los padres creyendo que habitaban la familia más feliz y transparente de Santiago y Gabriel marchándose a su habitación a ordenar sus tiralíneas para el lunes, masticando el silencio de una gata que sabía perfectamente cómo dejar a su presa hambrienta de su peligro.
El silencio del domingo por la noche no trajo paz; se instaló en la habitación como una presencia densa, un espacio oscuro donde el tiempo parecía congelarse para obligarlo a mirar hacia adentro. Gabriel estaba tendido, con la vista fija en el techo invisible, sabiendo que el sueño no iba a llegar, la mente, libre del ruido del día, empezó a escarbar.
?Primero llegó ella, el recuerdo de Kayra se materializó con una nitidez casi dolorosa, transformando la frialdad de la cama en un eco de su presencia. Gabriel cerró los ojos y pudo sentirlo otra vez: sus manos recorriendo las piernas de Kayra, recordó la suavidad extrema de su piel, esa tersura limpia que contrastaba con el pulso acelerado de sus propios dedos, había un calor casi magnético emanando de ella, una temperatura que lo quemaba y lo atraía a la vez, pero la noche es traicionera y no permite que el refugio dure demasiado.
?Casi sin transición, la calidez del recuerdo fue invadida por una marea helada, el rostro de Kayra se desdibujó para dar paso a una fijación punzante, un pensamiento parásito y enfermizo que llevaba horas rumiando: el chico del restaurante?, la fragilidad del momento idílico se rompió, la mente de Gabriel, hiperactiva y desgastada por el insomnio, empezó a torcer el futuro, se imaginó el día siguiente, las semanas venideras, vio con total claridad al chico acercándose a ella, acortando las distancias con una confianza que a él mismo le faltaba, en la penumbra del cuarto, Gabriel comenzó a proyectar la escena: las miradas compartidas, las palabras bajas, los roces casuales que el tipo intentaría provocar.
En su delirio más oscuro y obsceno veía al chico del restaurante en la cocina de su casa abrazando a Kaira por detrás frotándose el cierre del pantalón en los glúteos bajo la falda de ella mientras le tocaba de forma descarada los pechos, Gabriel quiso salir del trance pero no pudo, luego los imaginaba besándose de forma descarada el chico tratando de sacarle la ropa, besandole el cuello disfrutando del brandy frutal como un trago de placer,como un aperitivos de lo que precede antes que el vestido cayera al suelo.
?No necesitaba pruebas; su propia imaginación era el verdugo más eficiente, cada escenario simulado en su cabeza se sentía como una verdad absoluta, una tortura autoinfligida donde se veía a sí mismo perdiendo el control, atrapado en la impotencia de lo que aún no pasaba, pero que ya daba por sentado.
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