Honolulu

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Enviado el , clasificado en Terror / miedo
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—¿Cómo se llama la canción?

El artista me miraba con el gorro extendido, sin responderme. Le entregué las últimas monedas que me quedaban.

—Honolulu —dijo. Y comenzó a alejarse.

Un brillo extraño lo iluminó cuando observó mi mano. Al instante sujeté mi anillo de compromiso, como quien se sujeta el corazón cuando está asustado.

—Tenés que ponerles monedas para que hablen —escuché a mi izquierda.

—Como a las maquinitas —contesté, haciendo que riera.

Honolulu. No puedo olvidarla.

El metal me apretaba el dedo. Lo roté lentamente.

—¿Te están esperando en casa?

Bajé la cabeza. Su pregunta hizo que sonriera solo con recordarla.

—Alicia, es su nombre. Cuando el anillo me presiona es porque me extraña, según ella.

La megafonía nos interrumpió.

Usted está en estación: Dorrego.

—¿Vos tenés a alguien esperándote? —pregunté.

Tac, tac, tac, tac, tac.

—Tenía a alguien.

Sus manos estaban hundidas en los bolsillos y su mirada perdida en la ventana, con la resignación de un hombre acostumbrado a las luces amarillas de los vagones. La música del artista llegaba desde adelante, mezclada con el traqueteo oxidado de los carriles. Tocaba una melodía que me sonaba conocida, la había escuchado antes.

—No tenía tiempo para una familia. Para algunos el compromiso presiona porque extraña, para otros simplemente presiona.

—Hay personas que valen esas presiones.

—Metas —corrigió—, hay metas que valen esas presiones.

No recordaba dónde había escuchado esa melodía, intentaba tararearla pero terminaba perdiéndola entre los ruidos de los carriles.

Y ese sonido entre las personas que comenzaba a desesperarme.

Tac, tac, tac, tac, tac.

—Mi meta es la felicidad de mi esposa.

El subterráneo fue deteniéndose lentamente mientras una estación iluminaba las ventanas con colores azulados y blanquecinos. Había bolsas de cemento apoyadas en las paredes despintadas por la humedad. Entradas oscuras que no llevaban a ninguna dirección.

Las puertas se abrieron.

Algunos bajaron, y rompiendo las cintas rojas que decían "clausurado" comenzaron a perderse en la oscuridad de los pasillos. Uno de ellos se detuvo entre las sombras de la entrada y la iluminación azulada, sin moverse.

Como si hubiera quedado congelado.

—La felicidad es dinero. De eso estoy hablando.

El anciano delante de nosotros estaba tarareando. Su vestimenta era elegante, y el cabello peinado prolijamente hacia los costados. Su brazo izquierdo estaba levantado delante de sus labios pálidos y agrietados.

Tac, tac, tac, tac, tac.

Tenía los dientes amarillos.

Tac, tac, tac, tac, tac.

Y tironeaba piel.

Las puertas se cerraron. La megafonía no mencionó la estación.  
Observé hacia los andenes una última vez. La persona que se había detenido no estaba.

—Hay cosas que el dinero no puede comprar.

—Todo puede comprarse. Lo único diferente es la manera.

Intenté mirarlo por la ventana, que mostraba los reflejos distorsionados de todos los pasajeros, pero el suyo se mezclaba con la oscuridad de los túneles. Mi respiración se detuvo un instante. Ese anciano me estaba mirando mientras estaba de espaldas.

Volteé rápidamente. No había nada.

—¿Me estás escuchando? —preguntó.

El aire me recordaba a esos olores que desprendían los animales atropellados.  
Una sensación de náuseas comenzó a subirme por la garganta. El hombre que cargaba a esa pequeña caminó hacia el artista que tocaba la melodía para soltarle unas monedas.  
La hija tenía la mejilla apoyada en su hombro.

Esa pequeña mano que agarraba el brazo de su padre tenía una cicatriz pequeña y rosada donde debería asomarse el dedo anular. No dejaba de rotarme el anillo.

—Te estoy escuchando. No pares.

Esa melodía, no podía recordarla.

El hombre que la cargaba se recostó contra las ventanas, mostrando sus manos encima de la espalda de la pequeña. La misma cicatriz donde debería verse el dedo anular.

Volteé la mirada.

El anciano continuaba con el brazo levantado, un líquido espeso le goteaba por el brazo.  
Pulgar, índice, mayor, meñique. Cuatro dedos; en el anular, esa costura rosada.

—Hay algo —susurré.

Demoró unos segundos en responderme.

—¿De qué hablás?

—Las manos. Mirá las manos de las personas.

—¿Qué les pasa? —respondió, acomodándose en el asiento.

Tac, tac, tac, tac, tac.

Las mujeres que estaban a nuestro costado se rieron. La del vestido amarillo estaba lamiendo su cicatriz, pasaba su lengua en círculos sobre la superficie rosada.  
Tiras de saliva caían sobre su cabello.

Vísceras podridas, calientes. Me estaba asfixiando.

—Contá los dedos —señalé—. Contá los dedos.

La pequeña levantó la cabeza para observarme.

Su padre persiguió la mirada de su hija.

La melodía se detuvo.

El silencio fue instantáneo.

Había una mano encima de la mía. Sus dedos recorrieron mi anular delicadamente; mi mirada recorrió lentamente la mano hasta alcanzar sus labios.

—Estoy contando —dijo, con esa sonrisa sin dientes.

En la ventana, detrás suyo, el reflejo de los pasajeros. 

Todos estaban mirándome.

El sonido de la cerradura me sacudió.  
Había caminado hasta el departamento sin notarlo.

—Llegaste —dijo Alicia.

Estaba de espaldas, cocinando. Busqué dentro del monedero y encontré nuestro anillo de compromiso. Lo acomodé sobre la mesada, junto al suyo. Hicieron un ruido húmedo cuando chocaron.

El sonido del cuchillo se detuvo.

Honolulu. No puedo olvidarla.

—Llegué.


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