La verbena de San Juan [Parte 1]

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La música llegaba desde lejos, antes incluso de ver la casa. Era la noche de San Juan, y un compañero de trabajo me había dado  una  invitación a la verbena de un amigo suyo: una casa con piscina a las afueras. Me dio la dirección y fui.

En la puerta principal había un portero al que le enseñé la invitación.

—Puede pasar, señorita.

Atravesé un pasillo largo adornado con farolillos y luces de colores. El ambiente era sencillamente maravilloso. Al entrar al jardín, la gente paseaba con sus copas en la mano entre conversaciones y risas.

De repente escuché mi nombre. Me giré: era Alfredo.

—Por fin estás aquí? ¿Quieres tomar algo?

—Sí, tengo la boca seca —respondí.

En ese momento pasó un camarero con una bandeja de bebidas. Alfredo cogió dos copas y me entregó una.

—Ven, quiero presentarte a unos amigos —dijo, señalando hacia un corrillo de gente junto a la piscina.

Seguí a Alfredo mientras pasábamos entre la gente. La piscina brillaba con luces LED cambiantes, azules y verdes que teñían el agua de un tono casi mágico. El grupo al que me llevaba eran cinco personas apoyadas contra la barandilla o sentadas en tumbonas, todas con copa en mano.

—¡Alfredo! —gritó una chica morena, con el pelo recogido en un moño alto y un vestido de flores—. ¿Esta es la famosa compañera de la que tanto hablas?

—La mismísima —dijo Alfredo, pasándome un brazo por los hombros con confianza—. Anna, te presento a mis amigos: Laura, David, Javi, Mario.

Cada uno me saludó con sonrisas. David, un chico de pelo revuelto y camisa hawaiana, levantó su copa.

—Por fin alguien que no sea la misma cara de siempre. ¿De qué trabajas, Anna?

—Administrativa —respondí, dando un sorbo a mi copa. El gin-tonic estaba bien cargado, justo lo que necesitaba—. Pero esta noche no quiero ni oír hablar de nóminas ni contratos.

—¡Esa es la actitud! —rio Javi, ajustándose sus gafas de pasta—. Noche de San Juan, noche de quemar lo viejo y recibir lo nuevo.

Mario, el inquieto, ya estaba bailando al ritmo de la música sin parecer consciente de ello.

—¿Has saltado ya las hogueras? —preguntó Laura, acercándose—. Esta noche hay tradición. Primero bebes, luego saltas, y si no te quemas, tienes suerte para todo el año.

—Todavía no he tenido oportunidad —dije, riendo—. Acabo de llegar.

—Pues entonces hay que ponerte al día —dijo David, y sin previo aviso se metió dos dedos en la boca y silbó al camarero que pasaba—. ¡Oye! Tráenos una botella de algo fuerte. Vamos a hacer que esta noche sea inolvidable.

El camarero   desapareció entre la multitud. La música sonaba a todo volumen, una mezcla de electrónica y rumbas que hacía vibrar el suelo. El aire olía a cloro, a perfume, a hierba recién cortada ya verano.

Algo me dijo que esta noche no iba a ser una verbena cualquiera.

Me disculpé con Alfredo y sus amigos; Quería ir al baño a retocarme un poco. Dentro, la música sonaba más amortiguada, y el aire olía a incienso y a madera. Busqué el baño con la mirada, siguiendo un pasillo decorado con cuadros modernos.

Caminaba por el borde de la piscina cuando choqué con alguien. Un hombre moreno, barba de dos días, camisa negra y pantalón negro. Se notaba que iba al gimnasio: los músculos marcados bajo la tela. La bebida se derramó sobre mi vestido blanco de lino.

—Disculpe, lo siento, le he manchado el vestido —dijo.

—No se preocupe —respondí—. Iba al baño ahora mismo ,me lo limpiare.

 

— ¿Quieres que te ayude a limpiarlo? —insistió él, con una sonrisa que se movía entre lo tímido y lo descarado—. Es culpa mía, no debería ir tan deprisa por el borde de la piscina.

 

—De verdad, no hace falta —dije, pero noté que mis palabras sonaban menos firmes de lo que pretendía. Sus ojos eran de un marrón claro, casi dorado, y tenía una forma de mirar que te obligaba a sostenerle la mirada un par de segundos de más.

 

Me soltó una sonrisa más amplia y se apartó.

 

—Entonces me presento, ya que te he manchado el vestido. Me llamo Álex.

 

-Anna —respondí, y sin pensarlo mucho, extendí la mano. Él la estrechó. La mano grande, cálida, la piel rugosa.

 

—Anna —repitió, como si saboreara el nombre—. Pues ya somos dos. Bienvenida a la locura de San Juan.

 

Señaló con la cabeza hacia el jardín, donde las risas y la música se fundían en una sola atmósfera vibrante.

 

—Ve a limpiarte —dijo—. Yo estaré por aquí, vigilando que nadie más te derrame un cubata encima.

 

Me reí y seguí mi camino hacia el baño, aunque noté que me giraba un par de veces para asegurarme de que él seguía allí, apoyado contra una columna, bebiendo de su copa como si tal cosa.

 

El baño era amplio, de paredes empapeladas en tonos verdes y un espejo ovalado enorme sobre el lavabo. Cerré la puerta y el silencio fue un alivio momentáneo. Me miré al espejo: el vestido blanco tenía una mancha oscura justo a la altura del pecho, como una flor maldita. Mojé una toalla de papel con agua fría y comencé a frotar suavemente.

 

La tela, fina y veraniega, se empapaba en vez de limpiarse. Suspire  Tendría que ir con la mancha el resto de la noche.

 

Oí que la puerta del baño se abrió y alguien entraba. Pasos de tacón, un perfume floral conocido.

 

—Anna? —era Laura, la del grupo de Alfredo—. ¿Estás bien?.

Sí, solo un percance con la bebida —dije, abriendo la puerta—. Un chico me ha chocado y...

 

—Ay, ¿conoces ya a Álex? —me interrumpió Laura con una sonrisa pícara—. Es el primo del dueño de la casa. Todo el mundo lo conoce aquí. Es un ligón de manual, pero tiene su aquel.

 

—Solo me ha chocado —dije, quizás demasiado rápido—. Nada más.

 

—Claro, claro —rió Laura, mientras se retocaba la raya del ojo frente al espejo— Ese tío tiene un efecto raro en la gente.

 

Su tono era juguetón, y yo no pude evitar reírme.

 

—Bueno, el efecto que haya tenido se ha ido con la mancha. Vamos, que Alfredo me estará esperando.

 

Salimos juntas del baño y, al doblar el pasillo que daba al jardín, me topé de nuevo con la fiesta. El ritmo había cambiado: ahora sonaba una salsa que hacía que la gente se agolpara en una improvisada pista de baile junto a la piscina. Alfredo me vio desde lejos y me hizo un gesto para que me acercara.

 

Y allí, justo al lado de Alfredo, estaba Álex. Hablaban animadamente, como si se conocieran de toda la vida.

 

¡Ana! —me llamó Alfredo en cuanto me vio—. Mira a quién encontre. Dice que ya os conocéis.

 

Álex levantó su copa en un brindis silencioso, con esa sonrisa de medio lado.

 

Solo de forma accidental —dijo—. Pero me encantaría arreglarlo. ¿Bailas?

 

La música sonaba, la noche estaba cálida, y el gin-tonic ya empezaba a hacer su efecto burbujeante en mi cabeza. 

Miré a Alfredo, que me devolvió una sonrisa de complicidad, y luego a Laura, que alzó una ceja con diversión.

 

—Una canción —dije—. Luego tengo que saltar la hoguera.

 

 

 

 

 

 

 

 


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