La verbena de San Juan [Parte 2 ]

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Álex dejó su copa en la barandilla y me tendió la mano.

 

—Una canción, y luego te acompañamos a la hoguera. Trato hecho.

 

La canción sonaba a todo volumen, una mezcla pegadiza de guitarra española y ritmo electrónico que este año sonaba en todas partes. Álex me agarró por la cintura con una naturalidad que parecía ensayada, y yo le seguía el ritmo sin pensarlo. Bailaba bien, con soltura, sin esos movimientos robóticos que tienen algunos tíos cuando se suben a una pista.

 

—Estás hecho todo un bailarín —reí, levantando la voz para que me oyera entre la música.

 

— ¿De verdad lo dice en serio? —preguntó Álex, y había algo en su tono que no era coquetería fingida. Una pizca de sorpresa genuina, como si no estuviera acostumbrado a que le dijeran eso.

 

—Completamente en serio —dije—. La mayoría de los tíos se limitan a moverse arriba y abajo como si estuvieran en una discoteca de los noventa. Tú ritmo tienes de verdad.

 

Sonrió, y esa sonrisa le cambió la cara. Durante un segundo, la fachada de tipo seguro y ligón se resquebrajó y dejó ver a alguien más auténtico.

 

—Mi madre me obligaba a tomar clases de baile cuando era pequeño —confesó, mientras me giraba con un movimiento suave y me volvía a traer contra él—. Bailes de salón. Salsa, bachata, algo de tango. En ese momento lo odiaba, pero mira tú por dónde...

 

—Tu madre  —dije, riendo.

 

La canción se alargaba, y nosotros seguíamos bailando. Su mano en mi cintura, la mía en su hombro. El olor de su colonia, mezclado con el sudor ligero de la noche calurosa y el aroma de la hierba mojada de rocío. Las luces de la piscina teñían su camisa negra de reflejos azules y verdes.

 

—¿Y tú? —preguntó, acercándose un poco más—. ¿Bailas siempre así o es cosa de la noche de San Juan?

 

—Depende del acompañante —respondí, y me sorprendí a mí misma por lo rápido que había salido la respuesta.

 

Álex arqueó una ceja.

 

-Entonces tomaré eso como un cumplido.

 

La canción empezaba a desvanecerse, fundiéndose con la siguiente, una más lenta. Instintivamente, nuestras caderas dejaron de moverse al ritmo rápido. La mano de Álex seguía en mi cintura, y yo no me apartaba.

 

—La hoguera —dijo él, en voz baja—. ¿Sigues queriendo saltarla?

 

—Un trato es un trato —sonreí.

 

Me soltó lentamente, como si le costara, y me ofreció la mano. La cogi. Cruzamos el jardín juntos, apartándonos del gentío que se arremolinaba alrededor de la piscina. Al fondo, junto a la valla del jardín, ardía una hoguera alta, de llamas anaranjadas que lamían el cielo nocturno. Un grupo de gente esperaba turno para saltar, riendo y animándose unos a otros.

 

¿Has saltado alguna vez? —preguntó Álex, sin soltarme la mano.

 

—Nunca. Es mi primer San Juan.

 

—Entonces tengo el honor de iniciarte en la tradición —dijo, con una sonrisa—. Pero tienes que pedir un deseo. Al saltar, pides algo para el año nuevo. Y no se lo cuentas a nadie, o no se cumple.

 

Tú ¿qué vas a pedir? —pregunté.

 

—Si te lo dijera, no se cumpliría. Pero tiene que ver con alguien que él conoció esta noche —sus ojos dorados brillaron con el reflejo del fuego.

 

El corazón me dio un vuelo. La hoguera crepitaba delante de nosotros, y la noche de San Juan parecía suspendida en el tiempo.

 

Caminamos de vuelta hacia la casa con los pies descalzos, las sandalias colgando de nuestras manos. La arena se acumulaba entre mis dedos y el vestido todavía húmedo por el roce de las olas se pegaba a mis piernas. La música ya se oía más débil desde la playa, como si la fiesta estuviera llegando a su fin.

 

—¿Sabes? —dijo Álex, sin mirarme, mirando al frente—. Esto no me pasa casi nunca.

 

—¿El qué?

 

—Pasármelo bien de verdad. Conocer a alguien y no tener que fingir.

 

Sus palabras colgaron en el aire salado. No supe qué responder, así que apreté su mano un poco más fuerte. Él me devolvió el gesto.

 

Llegamos a la casa. El jardín estaba más vacío que antes; algunos grupos se despedían, otros dormitaban en las tumbonas. Una hoguera ya reducida a brasas naranjas temblaba en su hueco. Alfredo me vio desde lejos y levantó una mano con una sonrisa de complicidad. Le devolví el saludo.

 

Dentro, la casa estaba más tranquila. Alguien había puesto música suave, bossa nova, y las luces estaban más tenues.

 

—Espera aquí —dijo Álex, soltándome la mano por un momento—. Voy a por las llaves.

 

Apoyé la espalda contra la pared del recibidor, observando el ir y venir de los últimos rezagados. Laura pasó a mi lado y me guiñó un ojo.

 

— ¿Qué tal el bailarín?

 

—Bien —dije, y no pude evitar una sonrisa tonta—. Muy bien.

 

—Me alegro. Nos vemos, Anna —se despidió con un abrazo rápido.

 

Álex volvió con las llaves en la mano y mi bolso en la otra.

 

—No quería que lo olvidaras —dijo, tendiéndomelo.

 

—Gracias.

 

Salimos juntos. Su coche era un todoterreno negro, aparcado en la entrada de la casa. Me abrió la puerta del acompañante con un gesto casi teatral.

 

—Señorita.

-Todo un caballero —reí, subiéndome.

 

El interior olía a limpio, a ambientador de pino ya algo más indefinible que ya asociaba con él. Arrancó el motor y el coche se llenó de una luz tenue del salpicadero.

 

—¿Dónde vives?

 

Se lo dije, y él asintió, introduciendo la dirección en el navegador del coche. La voz metálica del GPS rompió el silencio durante un segundo. Luego, solo la carretera vacía, las farolas pasando como fogonazos, y la luna enorme colgando sobre el mar que veíamos de refilón a nuestra derecha.

 

Condujo en silencio un buen rato. No era un silencio incómodo, sino de esos que se pueden llenar con nada y aún así sentirse llenos. Pero algo bullía dentro de mí.

 

-Alex.

 

-¿Mmm?

 

—Gracias. Por la noche. Por la hoguera. Por... todo.

 

Me miró de reojo, y una sonrisa suave se dibujó en sus labios.

 

—Gracias a ti, Anna. Por hacer que esta noche valiera la pena.

El coche se detuvo ante mi edificio. Un modesto edificio de ladrillo visto, con las luces del portal encendidas. Apagué el cinturón y me giré hacia él.

 

—Bueno, pues...

 

—Bueno, pues... —repitió, y se rió por lo bajo—. Esto es raro.

 

—¿El qué?

 

—No querer que termine la noche. Y no saber muy bien cómo alargarla sin parecer un pesado.

 

Su honestidad me desarmó. Durante un segundo. Luego, saqué un bolígrafo de mi bolso, le cogí la mano y escribió mi número en su antebrazo.

 

—Por si algún día quieres repetir la noche de San Juan —dije, abriendo la puerta del coche.

 

Su sonrisa se iluminó.

 

—¿Y si quiero repetirla mañana?

 

—Entonces ya  tienes mi número —respondí, cerrando la puerta suavemente.

 

 

Me quedé en la acera viendo cómo el todoterreno negro se perdía calle abajo. La luna seguía brillando, y el aire olía a sal ya verano.

Sonreí como una idiota todo el camino hasta mi portal.Abro la puerta, dejo el bolso en una silla. Cuando suena el móvil, una sonrisa se me escapa de los labios. Seguro que es el -dije.

-Diga.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 


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