La verbena de San Juan [Parte 3-Final]

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—La señorita Anna —se escuchó una voz entre risas.

—Sí, la misma.

—Asómate a la ventana.

Me acerqué y allí estaba él, apoyado en la puerta del copiloto.

—¿Puedo subir? —dice.

No dudé ningún segundo.

—Sí, claro. Espera, te dejo la puerta abierta.

Cerré el teléfono y me quedé un momento mirando la pantalla, como si pudiera ver su sonrisa a través de ella. El corazón me latía con una fuerza que casi me parecía ridícula. Crucé el salón en tres zancadas y pulsé el portero automático. Un zumbido metálico confirmó que la puerta del portal se abrió.

 

—Segundo segunda —dije en voz alta, aunque ya no podía oírme—. Te dejo la puerta abierta.

Salí al rellano. La luz del pasillo era amarillenta, con esa calidez un poco triste de las bombillas de bajo consumo. Abrí la puerta de mi piso y la déjé entornada. Luego, sin saber muy bien qué hacer con las manos, me las pasó por el pelo. Olía a hoguera, a mar, a noche.

 

Se oyó el ascensor. El sonido metálico de las puertas al abrirse. Pasos. Pasos seguros, que se acercaban.

 

La puerta se abrió del todo, y allí estaba Álex. La misma camisa negra, ahora un poco más desabrochada que antes. El pelo ligeramente revuelto por el aire de la calle. Esa sonrisa de medio lado.

No he podido esperar a mañana —dijo, simple y llanamente.

 

Y yo, sin decir nada, di un paso hacia él y le agarré por la camisa, atrayéndolo hacia dentro. La puerta se cerró detrás de él con un clic suave, y durante un segundo solo existió el roce de su cuerpo contra el mío, su mano en mi nuca, su aliento mezclándose con el mío.

 

—Menos mal —susurré, justo antes de que me besara.

Fue un beso largo, profundo, de esos que llevan horas gestándose. Sabía un gin-tonic ya sal, unas promesas de una noche que se negaba a terminar. Sus manos recorrieron mi espalda, el vestido todavía húmedo en los bordes, y yo me aferré a él como si temiera que fuera a desvanecerse.

 

Cuando nos separamos, jadeando ligeramente, su frente apoyada contra la mía, soltó una risa baja.

 

—No he dejado de pensar en ti desde que te bajaste del coche.

 

—Yo tampoco —admití—. Llevaba cinco minutos en casa y ya estaba deseando que volvieras.

 

—Pues ya ves —dijo, apartándose lo justo para mirarme a los ojos—. No, he tardado nada .

 

Le di un empujón juguetón en el pecho, pero no me separé de él. La noche de San Juan colgaba todavía a nuestro alrededor, y en el salón, las cortinas se movían lentamente con la brisa que entraba por la ventana abierta.

 

La luna, desde fuera, parecía sonreír.

 

Su boca encontró la mía de nuevo, pero esta vez el beso era distinto. Más lento. Más deliberado. Como si tuviera toda la noche por delante y quisiera saborear cada segundo. Sus manos descendieron por mi espalda hasta posarse en la curva de mi cintura, y sentí el calor de sus dedos a través de la tela fina del vestido.

Separó sus labios de los míos y los llevó hasta mi oído. Su aliento, cálido y ligeramente entrecortado, me erizó la piel.

 

—Te he deseado desde que te tiré la bebida en el vestido —susurró, y su voz resonó dentro de mí como un eco—. Desde que te vi mirándome con esos ojos, como retándome.

 

Un escalofrío me recorrió de la nuca a los talones. Mis manos encontraron el borde de su camisa negra, deslizándose por debajo, encontrando la piel caliente de su espalda. Él respiró hondo, y sentí su respuesta en el temblor apenas perceptible de sus músculos.

 

Pues llevas toda la noche deseándome —susurré de vuelta, mordisqueando suavemente su lóbulo—. Ya era hora de que hicieras algo al respecto.

 

Soltó una risa baja, ronca, que vibró contra mi cuello mientras sus labios recorrían el camino desde mi oreja hasta la clavícula, besando, mordisqueando, dejando pequeñas estelas de calor que ardían incluso cuando sus labios seguían adelante.

Sin prisas, con una calma que solo existe cuando sabes que la noche es tuya, me guio hacia el sofá. La luz de la luna entraba por la ventana, el salón en una penumbra plateada. No hizo falta encender ninguna lámpara.

 

Se arrodilló frente a mi.

Tomó el borde de mi vestido blanco y lo levantó lentamente, muy lentamente, como si desenvolver un regalo fuera tan importante como el regalo mismo. Pasó por encima de mi cabeza y el vestido cayó al suelo con un susurro de tela.

 

No apartó la mirada de mis ojos en ningún momento. Siquiera cuando sus manos encontraron mis caderas, incluso cuando sus labios volvieron a mi piel.

Me tumbó sobre los cojines del sofá, y su cuerpo se colocó sobre el mío . Sus besos iban  desde mi cuello hasta mi pecho, como quien recorre un paisaje que quiere memorizar. Mis dedos se enredaron en su pelo, oscuro y revuelto, y  tiré suavemente, y él respondió con un gemido ahogado contra mi piel.

 

Solo existían sus manos, sus labios, el roce de su barba incipiente contra mi muslo, el sonido de su respiración mezclándose con la mía en la penumbra .

 

En algún momento, nuestras ropas terminaron en el suelo, una mezcla de lino blanco y algodón negro. Su piel contra la mía, caliente, viva. Él se incorporó sobre mí, se apoyó en un codo y me miró. No dijo nada. No hizo falta. Sus dedos trazaron una línea desde mi frente hasta mi barbilla, siguiendo el perfil de mi rostro como si quisiera grabarlo.

 

Le  agarré la mano y la llevé a mis labios. Besé sus nudillos uno a uno, sin dejar de mirarlo.

 

Entonces él se enojó, y yo sonreí, y el sexo llegó como una conversación que ya estaba escrita: lenta al principio, rítmica, con pausas para mirarse, para reír bajito cuando algo no salía del todo bien, para susurrar cosas al oído que no repetiría ni a solas. Su movimiento era seguro pero no urgente, profundo como el mar que horas antes nos había mojado los pies.

 

Mi espalda se arqueó, mis uñas se clavaron en sus hombros, y cuando todo se desbordó, fue en un susurro compartido, un temblor que nos recorrió a los dos a la vez, como una ola que rompe en la orilla justo cuando otra se retira.

 

Nos quedamos allí, enredados, sudados, sin ganas de separarnos. Su cabeza descansaba sobre mi pecho, y mi mano acariciaba su pelo con movimientos lentos, hipnóticos.

 

—Sabes qué? —dijo, sin levantar la cabeza.

 

—¿Qué?

 

—Mañana no es San Juan. Pero podemos fingir que lo es.

 

Sonreí en la penumbra, sintiendo el latido de su corazón contra el mío.

 

—Me parece un  plan excelente.

 

 

 

 

 

 


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