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Enviado el , clasificado en Amor / Románticos
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Marta cruzaba la plazoleta a paso rápido, pero evitando en lo posible los charcos brillantes como espejos de marcos oblongos y quebrados, que mostraban secuencias fragmentarias del cielo cubierto.

Los alcorques estaban rebosantes de aguas dibujando ondas y arcos móviles con cada gota de lluvia.

Atrapada en una de las patas del banco parecía palpitar a cada beso del aire. Junto a las parduscas hojas en forma de retorcidas palmas de yeti destacaba claramente. 

Marta aflojó el paso —ese instante tan decisivo...—. El salpicón escribió una mancha larga y grisácea en la pernera derecha del vaquero. Evitó el charco en forma de riñón y siguió su camino.

Un flash —¿dónde, en la cabeza; en la boca del estómago; en el corazón huérfano...?—. Más que un flash: su infancia, su refugio de niña; su cuarto, la alfombra, la luz filtrada por las rendijas de la persiana, iluminado a rayas su sempiterno compañero —Rodolfo— con su pelo castaño, sus orejas enhiestas y sus ojos destellantes que parecían siempre mirarla comprensivo y cálido... 

Volvió y se acercó al banco. Sus pies ya habían descuidado las superficies acuosas. Se agachó y separó la hoja —blanca y llena de lenguaje significante— elaborada, de las hojas naturales, simples y bellas, distintas, únicas, mustias, retorcidas —pardo-grisaceas, abandonadas—.
Pasó con delicadeza sus dedos por el papel satinado, limpiando las húmedas gotas. Notó la humedad que había calado en la pulpa de la hoja; algunos caracteres estaban difuminados, pero legibles. Una esquina estaba doblada y se desgajó entre las yemas de sus dedos. ¿Qué sintió Marta que la hizo humana, inocente, satisfecha, en armonía con la vida y el Cosmos? Bajo el paraguas y su tela malva el papel adquirió una tonalidad particular y misteriosa. Giró la hoja. Dos páginas: 112-113. Marta leyó:

"(...) vacía. Michael la observó fríamente. Sus labios dibujaron la mueca de desprecio habitual. Los ojos fríos —como de pescado («¿Cómo pude enamorarme de él, ¡Oh, Dios...!..., cómo...») la taladraban; los dedos tamborileaban en el marco de la puerta.

—¿Con quién?, dime, Mónica? —No esperó la respuesta. Afilado repuso—: ¿Con Salvador...?

Mónica sintió miedo, se resquebrajó y las piernas se aflojaron. El frío subió desde los talones hasta la frente. Pero reaccionó. Inclinó la cabeza al lado izquierdo.

—Y con Rosa.

La línea de sus labios se hizo cruel y la miró de arriba abajo.

—¡Ah, también ella...!

—Michael, no empieces otra vez.

—Es culpa tuya —la miró de nuevo con ojos de hierro candente.

Mónica reaccionó. Le hervía la circulación sanguínea, el corazón se aceleró.

—¿Culpa...? —hizo una pausa— ¡No lo ves! ¿No lo ves, Michael? ¿De veras, no lo ves?

Se quitó la gabardina y se aflojó el pañuelo del cuello. Sacudió el cabello azabache. Sus labios (...)"

Marta le dio la vuelta a la página. La lluvia iba menguando, leves gotitas repiqueteaban pausadas sobre la tela malva. Continuó ávida la lectura; formaba parte de una novela.

"firmes ahora:

—La "culpa" es tuya, Michael —dudó un instante. Fue a hablar de nuevo; vaciló, y sus ojos se encendieron—: Sí, así es. Somos amantes. Esto se acabó, Michael.

Él se acercó con ojos de rabia. El odio chispeaba entre los párpados. Lanzó la bofetada que alcanzó la mejilla de Mónica. Se tambaleó al recibir el siguiente golpe. La sujetó por el cabello. El aliento sucio y agrio de él inundó sus fosas nasales. Un hilillo de saliva burbujeante mojaba las comisuras de sus labios delgados. Mónica clavó sus uñas en la tela de la camisa, en el brazo que la agarraba. Él sacudía con fuerza la cabeza de ella de un lado a otro. Un mareo hizo que sus piernas cedieran. El siguiente golpe, con el puño cerrado, le alcanzó el hombro y Mónica cayó al suelo de parquet color pino.

Michael se agachó y la sujetó por los hombros, sacudiéndola fuertemente. La cabeza de Mónica parecía la de una muñeca de paja: iba de un lado al otro, de atrás adelante... La empujó y ella fue a dar con el pie de la lámpara. La brecha se abrió casi instantáneamente; dolía y escocía.

Michael encima de ella le dió un puntapié fuerte; luego volvió a patearle el abdomen. Mónica sintió que iba a vomitar. El dolor era intenso ardiente.

La diagonal movió el aire del salón. El metal alcanzó la sien de Michael. Un crujido —que durante años reaparecería en sus noches de insomnio— sonó hueco durante un lapso interminable. Las piernas del hombre se convirtieron en dos ángulos impropios, irregulares, y se derrumbó. Los meandros bermellones resbalaban por la mejilla, la oreja, hacia el cuello. Un último respingo salió de los labios abiertos y los ojos abiertos (...)"

La página acabó ahí.

«¿Cómo seguiría la historia....?», pensó intrigada. La angustiosa historia le gustaba, quería saber el final, y de la relación entre Mónica y Salvador: miraría de encontrarla, consultaría donde hiciera falta.

Guardó la hoja en el bolsillo de la cazadora y cruzando la plaza llegó al semáforo. Se sintió de nuevo feliz. Pensó en ella: Virginia estaría ya cerca de la estación. El AVE solía ser puntual. Esperaba que la reunión hubiera sido fructífera; su presencia era necesaria e imprescindible, y no se podía tampoco retrasar. Tuvo que salir muy temprano y no la pudo acompañar a la consulta, pero la noticia la llenaria de felicidad como a ella: el análisis era positivo y la ecografía lo hacía visible: embarazo se había producido. Serían madres para el final del verano.

Una límpida franja azul iba trasladando la gris cubierta de nubes. ¡Cómo deseaba abrazar y besar a su mujer!


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