La hora sin ojos - somos uno version 2.

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La noche baja sobre la 18 Calle con olor a metal frío y a la grasa vieja que alguien dejó cuajando en la esquina. Eso respiro primero, antes que cualquier otra cosa: el mundo llega por la nariz mucho antes de llegar por lo demás. La avenida se ha ido quedando sin gente y sin luz, y con la gente se fue el ruido, y en el silencio las cosas se ordenan. De día todo se amontona; de noche cada olor ocupa su sitio y se deja leer.   Hay que esperar. La tela quedó arriba, en la horqueta alta del árbol de la 9a Avenida, donde la subí con la última claridad de la tarde. Trepar de día habría sido regalar el escondite: la calle está llena de ojos que se ofenden con lo que no entienden, y unos ojos ofendidos traen manos, y las manos traen problemas. Mejor la oscuridad. Guardar algo para después es una idea buena; el después existe, por eso se guarda, aunque a veces no logro recordar dónde aprendí que el después existe. Simplemente lo sé, igual que sé el nombre de esta calle.   Mientras llega la hora sin ojos, aseguro la cuadra. Antes de llegar a la esquina ya sé lo que baja por la calle de atrás: dos, con el paso pesado del que anda sin prisa y sin nada bueno entre manos. No han doblado todavía; están del otro lado de la pared, y aun así los veo, o los huelo, o las dos cosas a la vez tan juntas que no vale la pena separarlas. Me quedo quieto hasta que pasan de largo, calle abajo, y su olor se va diluyendo hasta que puedo soltar el aire. Nadie tiene que enterarse de que estuve pendiente. La guardia buena es la que no se nota.   Vuelvo al sitio de siempre, contra la pared que todavía guarda un resto de sol. El frío se metió mientras rondaba y se aguanta, porque el frío no se piensa. Lo que no se aguanta callando es otra cosa. Hace días que un olor viene creciendo por debajo de todos los demás, agrio, delgado, un olor de algo que se está gastando. Lo reconozco porque sale de aquí mismo, de esto que soy, de esto que trato de abrigar cada noche. El hambre apaga desde adentro, despacio, y tiene olor propio, un olor que llega mucho antes que el final, como se huele la lluvia con días de anticipación. Lo sé y sigo, porque saberlo no abriga y porque quejarse tampoco. Quedan pocas noches como esta antes de que ese olor se me suba del todo. No cuento cuántas. Contar no cambia el número.   Anoche pasó uno y me pateó. No buscaba nada; traía la rabia suelta de los que no encuentran contra quién y la sueltan en lo más chico que hallan a mano. Dolió donde el cuerpo es más flaco, donde los huesos están casi a flor de piel de tanto no comer. Me levanté entero —todo el peso, toda la altura que también soy— y lo miré sin ruido hasta que entendió. No hizo falta más. Cuando uno pesa lo que peso y mira como sé mirar, la mayoría entiende y apura el paso. El hombre se fue. Volví a echarme, y temblé por todas partes a la vez, un solo temblor largo repartido en más huesos de los que debería caber un temblor, y no me pregunté de quién era. Era mío. No tengo otra cosa que ser.   La calle termina de vaciarse. Llega, por fin, la hora sin ojos.   Cruzo a la 9a Avenida pegado a las paredes, por donde la sombra es más honda. El árbol está donde siempre, viejo y torcido, con la corteza fría. Buscar la tela es asunto de las dos cosas que hago para trepar: las manos encuentran la corteza y se aferran, las patas empujan contra el tronco y suben, y entre las dos me llevan hacia arriba sin que yo tenga que decidir cuál manda. Nunca decido cuál manda. Suben juntas, como sube el agua, y yo voy con ellas. La horqueta guarda la tela justo donde la dejé, todavía tibia de haber estado al sol, y al bajarla contra el cuerpo el frío retrocede un paso. Solo un paso. Pero esta noche un paso es mucho.   Abajo otra vez, me acomodo con la tela encima y meto la cabeza en ella. Queda en la tela el olor de las otras noches, un olor conocido que es casi como estar acompañado, aunque no hay nadie más: el olor soy yo, guardado en la tela de antes. Me enrosco alrededor de lo poco que hay que cuidar, que soy yo mismo, y cierro los ojos que de noche no hacen falta. Los otros quedan abiertos, apenas, vigilando el movimiento en lo oscuro, porque dormir sin dejar de vigilar es la única forma de dormir que conozco. Nunca he dormido de otra manera. No sé que exista otra.   El sueño llega y no llega del todo. Paso la noche caminando por lo que sueño mientras una parte se queda de guardia. A veces cruje algo del lado del basurero, media cuadra atrás, y estoy ahí, entre los cartones húmedos, calculando si vale la pena, sin haber movido el cuerpo del sitio. Casi nunca vale la pena. Regreso sin haber caminado. Así, a medias entre el sueño y la calle, pasa lo peor del frío, que es el de la madrugada, el que llega cuando ya no queda sol guardado en ninguna pared.   Cuando la luz empieza a subir por el fondo de la avenida, el mundo cambia de forma. Los olores se enciman hasta volverse uno solo e inservible, y entonces sirve mirar despacio: las caras, los rótulos, quién repite el paso y quién va de largo. La 18 Calle se llena otra vez de gente que pasa los ojos por uno y sigue, sin detenerse, sin ver. Nadie se detiene en lo que está tirado contra la pared. Uno es parte del suelo, y el suelo no se mira.   Solo que esta mañana, entre todos los que pasan sin ver, hay unos ojos que se quedan. Desde un umbral, del otro lado de la calle, se posan sobre mí y no siguen de largo como los demás. No pesan; mirar no pesa, ya lo dije. Los registro igual que registro el sol que sube y el primer motor de la mañana, los dejo donde caen las cosas que uno ve pasar, y meto la cabeza bajo la tela. El día es largo cuando uno es parte del suelo. Falta mucho para que el mundo vuelva a quedarse sin ojos. Sé esperar. Es lo único que de verdad sé hacer.

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