CREEP 2 capítulo tres
Por Pretorius
Enviado el 06/07/2026, clasificado en Amor / Románticos
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Santiago, febrero de 1996
El portazo de la entrada principal resonó en el primer piso, quebrando de golpe la quietud de la tarde. Gonzalo abrió los ojos azules, espabilando de la siesta de un solo golpe, desde el pasillo de arriba, escuchó la voz inconfundible de Claudia, que venía hablando fuerte desde la calle
—Espérame acá, voy al baño y busco el bombín de la bicicleta—
Gonzalo se incorporó en la cama, sin apuro, se calzó el jeans Wrangler celeste y se puso las zapatillas Adidas blancas con tres franjas azules, mientras bajaba las escaleras de madera, se terminó de acomodar una de sus poleras blancas ultra ajustadas al cuerpo, también de la marca del jeans, que marcaba a la perfección el trabajo de sus pectorales y hombros.
Al llegar al living, el silencio de la casa se concentró en el sillón principal.
Sentada en el sofá había una chica morena, de melena larga y lisa que le caía ordenada hasta los hombros, llevaba un vestido corto y escotado de color blanco que, tal como la ropa de Gonzalo, generaba un contraste brutal y resaltaba unos atributos físicos despampanantes, unas curvas perfectas, pechos firmes y bien formados, y unas piernas morenas y torneadas que terminaban en unas sencillas sandalias franciscanas, el cuerpo de la muchacha era una obra de arte, pero cuando ella giró la cabeza, Gonzalo se dio cuenta de que su rostro jugaba en otra sintonía, era una cara de rasgos fuertes y puramente del sur autóctono, una nariz ancha, labios pequeños, pómulos levantados y unos ojos negros con una marcada forma de almendra, el contraste entre esa fisonomía tosca de rostro y ese cuerpo criminal era magnético.
—Hola —dijo Gonzalo, plantandose en el living con su habitual estampa de sheriff, midiendo el terreno con la mirada.
La morena se levantó del sofá sin timidez, se acercó a él con un caminar seguro que hacía juego con sus curvas y estiró la mejilla, se saludaron con un beso en la cara, un roce rápido que dejó a Gonzalo sintiendo un perfume suave, limpio, totalmente diferente al que usaban las mujeres de su círculo.
—Yo soy Gonzalo, hermano de Claudia —se presentó él, manteniendo la voz grave, aunque por dentro admitía que la aparición de la chica lo había tomado por sorpresa.
—Yo soy Daniela —respondió ella.
Gonzalo quedó impresionado, mirándola de arriba abajo en silencio mientras la morena, con un desplante que mezclaba la timidez de provincia con una tremenda personalidad, comenzaba a explicarle qué hacían ahí pero el momento duró poco los pasos apresurados de Claudia bajando la escalera rompieron la burbuja, su hermana apareció en el living con el bombín de la bicicleta en la mano y al ver la escena, dibujó una sonrisa cómplice y pilla que guardó para si misma
—Ya, Dani, vamos que se nos hace tarde —dijo Claudia, apurándola.
Las dos se dieron la vuelta y caminaron hacia la puerta principal. Gonzalo se quedó parado en la mitad del living, de brazos cruzados, observando cómo el vestido blanco se movía con el vaivén de las caderas de Daniela justo antes de trasponer el umbral hacia la calle, Daniela se detuvo, giró la cabeza sobre el hombro por última vez, clavando sus ojos almendrados en los ojos azules de Gonzalo, sosteniéndole la mirada con un misticismo que dejó el ambiente cargado de electricidad.
La puerta se cerró tras ellas, dejando a Gonzalo solo en el living, con el eco de esa última mirada dándole vueltas en la cabeza.
La tarde-noche cayó sobre Santiago con esa brisa tibia que apenas alivia el calor del día. Gonzalo la pasó completa en la casa de Richard, un chalet antiguo de paredes amarillas y un patio gigante que parecía detenido en el tiempo, al fondo la cochera de techumbre alta funcionaba como el taller mecánico clandestino de los dos amigos, ahí descansaba el orgullo máximo de Gonzalo: su Chevrolet Camaro rojo lo había comprado a los 18 años convertido casi en una chatarra inservible, pero con paciencia, sudor e inversión de cada peso que caía en sus manos, lo había dejado reluciente, como nuevo.
Esa noche el objetivo era instalar el último modelo de radio casetera que Gonzalo había conseguido para el panel, con las herramientas desparramadas en el suelo, los dos amigos estaban sentados arriba del auto, con las puertas abiertas, tomando unas cervezas heladas directamente de la botella, de fondo, sintonizaban la radio Tiempo, la emisora que transmitía toda la música juvenil de la época.
Ambos miraban hacia el frente, disfrutando del silencio de la complicidad masculina, mientras las notas pesadas de "Nothing Else Matters" de Metallica llenaban el taller. Justo cuando la canción terminó, los primeros acordes melancólicos y la guitarra rasgada de "Creep" de Radiohead empezaron a sonar por los parlantes nuevos.
Gonzalo, sin mirar a Richard, manteniendo la vista fija en el parabrisas, soltó como si nada:
—Acabo de conocer a la tal Daniela —
Richard interrumpió el movimiento de su botella, giró la cabeza para mirar de perfil a Gonzalo y arqueó una ceja.
—Es fea de cara, ¿verdad?
Gonzalo se tomó su tiempo le dio un sorbo largo a su cerveza, saboreando el frío del alcohol antes de responder con la fría honestidad del gimnasio:
—Tiene cara de Hamster, pero de cuerpo... está bien rica para darle la bienvenida—.
Richard, que conocía perfectamente el manual de seducción del "Sheriff", se enderezó de golpe en el asiento, apoyando la espalda recta contra el tapiz.
—Olvídalo, Gonzalo. Ella no se va a acostar con nadie que no sea su novio oficial y por lo que sé, da un tiempo mínimo de tres meses de pololeo antes de entregarse a un tipo—
Gonzalo abrió los ojos azules de par en par, deteniéndose por un segundo en su mundo, las conquistas de verano se resolvían en una o dos salidas en el Camaro; tres meses de espera obligatoria sonaban como una eternidad metida en un laberinto,empezó a calcular mentalmente lo difícil y engorrosa que se venía la empresa.
—No, paso... —dijo Gonzalo, sacudiendo la cabeza—. Oye, ¿y se sabe si alguien ya pasó esa dichosa prueba?
Richard soltó una bocanada de aire y se relajó de nuevo en el asiento, apoyando el brazo en la ventana abierta.
—No. Sigue siendo virgen—
La confesión quedó flotando en el taller. De fondo, Thom Yorke cantaba el coro desgarrador de Creep, mientras el silencio se apoderaba de la cochera por más de quince segundos. Gonzalo y Richard se quedaron inmóviles, procesando la información bajo la luz tenue de la lámpara del taller, hasta que la situación les pareció ridícula para el estándar de la calle.
Casi al mismo tiempo, los dos amigos rompieron el silencio y comenzaron a reírse a carcajadas, contagiados por la ironía de la muralla que la chica del sur le plantaba al galán del Camaro rojo.
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