El Diagnóstico
Por WalterSigma13
Enviado el 08/08/2026, clasificado en Intriga / suspense
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El diagnóstico
El día que me preguntaron qué quería fue una pregunta inocente. Por eso resultó tan cruel.
Estábamos todos sentados alrededor de la mesa. Recuerdo la luz entrando por la ventana y el ruido de los cubiertos. Alguien hablaba de algo trivial. Alguien se reía. Yo estaba allí. Eso era todo.
Para ellos yo todavía era alguien que estaba comenzando. Un muchacho con tiempo. Con posibilidades. Con futuro.
Entonces alguien preguntó:
—¿Y cuáles son tus metas?
Levanté los ojos. Durante unos segundos no respondí. No porque no supiera qué decir. Sino porque, por primera vez, me pregunté qué ocurriría si decía la verdad.
Sonreí apenas.
—No tengo metas.
La sonrisa desapareció de sus rostros. Por primera vez sentí que me miraban de verdad. No al hijo. No al sobrino. A mí.
—¿Cómo que no?
—No aprecio a nadie. No tengo nada que perseguir. Estoy hecho de odio y rencor.
Nadie se rio.
Podía convertirlo todo en una broma. No lo hice. Había pasado demasiado tiempo construyendo una prisión dentro de mí como para fingir, justo entonces, que las paredes no existían.
—Mi único motor para seguir existiendo es el nihilismo. Es lo único que me ha permitido soportar todo esto.
La habitación pareció hacerse más pequeña.
Si este mundo tuviera realmente un propósito, un orden verdadero… ¿cómo podía haber permitido que yo naciera? Yo no era un accidente. Estaba aquí. Respirando. Pensando. Sufriendo. Una contradicción con pulso. Un testigo hostil.
Prefería el absurdo. Prefería un universo vacío antes que uno que supiera exactamente lo que estaba haciendo.
—¿Pero entonces qué quieres?
—Nada.
Lo dije sin rabia. Eso fue lo que más miedo debió darles. Porque la rabia todavía pertenece a alguien que espera algo. Yo ya no esperaba. Mi odio no era una explosión. Era una arquitectura.
—Yo ya no creo en su Dios. Porque cuando creía… intenté desaparecer.
La frase cayó sobre la mesa como un objeto pesado. Sólo silencio.
Durante mucho tiempo pensé que había tenido una iluminación. No fue así. Me enfermé. La lucidez llegó como una máquina que no podía apagar. Analizar. Desmontar. Cuestionar. Nada podía simplemente ser. Hasta la felicidad empezaba a parecer sospechosa.
Había construido una identidad alrededor del abismo. El odio se había convertido en lenguaje. El nihilismo, en refugio. La lucidez, en condena.
Nadie dijo nada.
Durante unos segundos pensé que había conseguido lo imposible. Había logrado que me escucharan.
Entonces vi sus rostros. No había comprensión. Había repulsión.
Mi tío apartó la mirada.
—Eso pasa por dejarlos hacer lo que quieren con ese celular —dijo mirando a mi madre.
Mi madre bajó la cabeza. No era pena. Era vergüenza.
Mi hermano soltó una risa seca.
—Esta generación está jodida. ¿Y ahora qué eres? ¿Un emo más del montón? ¿Quieres atención?
Mi tía se levantó.
—¡No vuelvas a hablar así de Dios! ¡Eso es lo que te están metiendo en la cabeza esos libros!
Mi prima se rio.
—Eres bien pendejo. Esos libros te hacen mal.
Habían resuelto el misterio. El culpable eran los libros. Dostoyevski, Nietzsche, Camus. Una explicación sencilla siempre resulta más cómoda que una verdad complicada.
Me levanté. Nadie lo notó al principio. No sentía rabia. Ni vergüenza. Nada.
Caí. Sentí el golpe. El suelo. El vidrio. La sangre.
El suelo estaba cubierto de fragmentos afilados. Dejé caer las manos sobre ellos y apreté los puños con toda la fuerza de la que fui capaz. El sonido fue asqueroso. Un crujido húmedo. La sangre estalló. Caliente. Oscura.
Abrí las manos. Pedazos de vidrio sobresalían de la carne. Levanté las dos masas deformes y escarlatas. Todos pudieron verlas.
Mi madre habló:
—Tú eres la causa de todos mis problemas. Me arrepiento de haberte tenido.
Aquella frase atravesó la armadura.
Cuando me levanté estaba cubierto de sangre. El mundo se convirtió en ruido. Voces. Manos. El automóvil. Nadie hablaba. Transportaban un cadáver.
En el coche levanté los puños todavía llenos de vidrio y los estrellé contra mi propio rostro. Una vez. Otra. Otra. Hasta que tuve que escupir un diente sobre el asiento.
Tuvieron que sujetarme hasta el hospital. Me limpiaron. Me preguntaron si escuchaba voces, si quería hacerme daño. Contesté.
Y entonces llegó lo más absurdo. No encontraron nada. Ningún trastorno. Ningún diagnóstico.
Había pasado horas intentando demostrar que estaba roto. Y el mundo respondió: sin hallazgos.
De pronto regresé.
Parpadeé. La mesa. Los platos. El olor de la comida. Mi familia. Todos me miraban. Me había quedado inmóvil durante quién sabe cuánto tiempo.
—Entonces… —preguntó mi madre—. ¿Qué quieres hacer con tu vida?
La misma pregunta. La misma mesa. Pero yo ya había estado allí antes. Había vivido una vida entera entre una palabra y otra. Había sentido el vidrio. La sangre. El hospital. Había muerto. Y había regresado.
Empecé a reírme. Primero una risa pequeña. Después una carcajada abierta, exagerada.
—¿Qué? —preguntó mi hermano.
Me limpié una lágrima.
—Pues obvio. Quiero estudiar. ¡Claro que quiero estudiar!
Me levanté con una energía distinta. Fui a la cocina. Las salchichas se freían. Tomé la espátula y empecé a girarlas mientras tarareaba. Me moví al ritmo. Una vuelta. Otra. Una danza ridícula frente a la sartén.
Sonreía. Mucho. Demasiado.
Al otro lado de la habitación, en la puerta, estaba él. Mi mejor amigo. No había dicho una sola palabra. Nuestros ojos se encontraron.
Él había visto mi rostro antes de que empezara a reír. Ahora me observaba confundido.
Una sonrisa retorcida se formó en mi cara. Mis ojos se volvieron sombríos. Los mismos de la imaginación sangrienta.
Querido lector…
Dígame usted: ¿qué hermoso es tener un mejor amigo, no?
Me volví hacia él. Seguía sin entender. Naturalmente.
¿Verdad, querido lector? Porque usted sí lo esperaba. Usted estuvo allí. Usted lo vio todo. Vio lo que pensé. Vio lo que imaginé. Y, sin embargo… siguió leyendo.
Levanté un dedo hasta mis labios.
Shhh.
No se preocupe. No voy a contárselo a nadie. Después de todo… usted ya es parte de esto. Ya conoce mis pensamientos. Ya conoce mis mentiras. Ya conoce aquello que jamás le contaría a mi familia.
Y ahora que lo sabe… ¿qué cree que es usted? ¿Un espectador?
No. Eso sería demasiado cómodo.
Usted estuvo aquí. Usted permaneció hasta el final. Ahora es mi cómplice.
Bajé la mano y miré la sartén.
—¡Cuidado que se queman! —dije alegremente.
Y continué bailando. Como si nada hubiera pasado. Como si dentro de mi cabeza no acabara de morir un hombre
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