EL NOVIO DE LA MUERTE (3 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 08/06/2015, clasificado en Terror
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4

 

Afortunadamente para Gabriel, su obsesión por la muchacha había desaparecido. Tres meses habían pasado desde que la vio por última vez, desde el día en que la otra mujer perdiera la vida en aquel trágico accidente.

Pero eso ya era historia. Ahora su cabeza andaba inmersa en profundas reflexiones por culpa de otra mujer. La muerte de Miguel resultó ser un golpe demasiado duro para su madre. La pérdida de un hijo le provocó una profunda depresión que, aparte de crear graves conflictos en casa, la llevaron a intentar suicidarse. Fue el propio Gabriel quien la halló, a tiempo de salvarle la vida.

Ahora, como todos los días, se dirigía al psiquiátrico donde la habían internado. Después de salir del hospital, les recomendaron que la ingresaran en una clínica especializada para que recibiera ayuda. De lo contrario, las tentativas de suicidio podían repetirse y, aunque era probable que volviera a fracasar, las posibilidades de que consiguiera su objetivo eran demasiado amplias.

Gabriel odiaba aquel lugar. Con tan solo poner el pie en los jardines que había a la entrada de la institución se sentía enfermo, como si las dolencias que allí sufrían los pacientes pudieran ser contagiosas. Cuando veía a los internos, sentía pánico al pensar que su madre pudiera acabar como ellos: locos desequilibrados incapaces de hacer nada por sí mismos, y que acababan esclavizando involuntariamente a los familiares que tanto los querían.

Cuando traspasó la puerta metálica que daba acceso al pabellón donde se encontraban los enfermos más leves, un gran revuelo llamó su atención, al igual que a la mayoría de los presentes. Provenía de un pasillo contiguo. Dos celadores corrían a toda velocidad hacia aquel pasillo, y varios internos los seguían, gritando y armando mucho jaleo.

La curiosidad pudo con Gabriel, que se dirigió al pasillo en cuestión. Al doblar la esquina, vio con horror como dos pacientes se habían enzarzado en una pelea con un celador. Este último se hallaba tirado en el suelo, con unas tijeras clavadas en el pecho. Los dos enfermos lo habían atacado por sorpresa y le habían arrebatado las tijeras. Forcejearon y las tijeras acabaron clavadas en el pecho del celador hasta las agarraderas. El herido se contorsionaba en el suelo haciendo claras muestras de dolor, pero no gritaba. Solo lanzaba unos ininteligibles gorgoteos a la vez que se llevaba las manos a las tijeras y al cuello.

Uno de los celadores que acababan de llegar ayudó a otros tres que ya estaban allí a contener a los dos agresores, mientras que el otro intentaba mover al herido para llevarlo a la enfermería. Entonces se vio que también tenía un rotulador clavado en el cuello, lo que provocaba aquel desagradable gorgoteo. Al incorporarlo, el celador herido escupió, o más bien vomitó, una cantidad increíble de sangre.

Aquella visión hizo que Gabriel retorciera el gesto y volviera la mirada. Una arcada le llegó a la boca, pero se contuvo a duras penas. Cuando volvió a observar la escena, se quedó paralizado. Otra vez, allí mismo, estaba ella.

Ya no recordaba que era lo que tanto le había atraído de ella la primera vez que la vio, pero de nuevo sintió aquella extraña sensación al ver el rostro tan pálido y la mirada triste fija en el herido.

Solo entonces se dio cuenta de quién podía ser ella. La que siempre aparecía cuando alguien iba a abandonar este mundo. Era la Muerte.

Lejos de sentir miedo, Gabriel notó una enorme alegría dentro de sí. Ahora que por fin conocía su identidad, se creía capaz de poder acercarse a ella.

Dio un paso en su dirección, vacilante. Otro paso, otro más, hasta quedar a un palmo de la muchacha. Ella no se había movido ni un ápice de donde estaba, manteniendo la mirada fija en el moribundo.

- ¿Por qué no me miras? -dijo Gabriel, al ver que la mujer no había dado muestras de advertir su acercamiento.

Al igual que cuando Gabriel fue testigo del atropello, la enigmática muchacha transformo su mueca de tristeza en una de sorpresa al darse cuenta de que alguien percibía su presencia. Levantó lentamente el rostro, y por fin miró fijamente a los ojos de Gabriel.

- ¿Tú? -dijo con una voz suave y temblorosa- ¿Puedes verme? ¿Por qué?

Gabriel no sabía que contestar. La verdad es que no tenía la menor idea de porque era capaz de ver al Ángel de la Muerte. Quería contestar, expresar sus dudas y sus sentimientos, pero no pudo. Un fuerte nudo se había formado en su garganta. Como no podía expresarse mediante palabras, sucumbió a un acto instintivo: intentó acariciarle la cara.

La muchacha retrocedió sobresaltada.

- ¡No puedes...! ¡No debes...!

Sin concluir la frase, se agachó, posó su mano sobre el herido y desapareció.

- Está muerto -dijo el celador que lo había intentado socorrer-, no podemos hacer nada.

Gabriel se encontraba dónde estaba antes, en el mismo lugar que ocupaba cuando descubrió la escena. No parecía haberse movido del sitio, y ninguno más de los presentes parecía haber visto a la Muerte.

Ligeramente mareado, volvió por el mismo pasillo por el que había venido y se dirigió a la salida. Necesitaba respirar un poco de aire fresco y poner un poco de orden en sus ideas, aunque aquello fuera tarea imposible. De nuevo su cerebro había dejado de funcionar de una forma normal, y se centraba única y exclusivamente en la mujer que, de nuevo, acababa de convertirse en una obsesión.

 

 

 

----CONTINÚA----


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