Una pócima suculenta

Por cclecha
Enviado el 13/04/2018, clasificado en Humor
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       Anselmo ya de muy pequeño se había quedado huérfano de ambos padres a causa de la peste que asoló con saña a la comarca. Unos vecinos lo entregaron a un monasterio de la orden de San Benito para su educación y sustento. Ahora el joven ya era un adolescente y como tal tenía ideas propias y hormonas muy alteradas. Anselmo no congeniaba en absoluto con la austeridad en las comidas de la orden y menos aún con el paralelismo del sexo con el Mal. Por ello, dio por terminada su relación con el Monasterio, salió a la luz de los caminos y empezó a andar sin rumbo fijo con el objetivo de empezar una nueva vida.

       Sin embargo aquella única comida al día por la que se había ido, ahora pronto la añoró, puesto que con el tiempo, las tripas empezaron a hacerle toda clase de ruidos. Al no tener un destino a donde ir, fue acompañando el rio y siguiendo su curso. Pensó que el agua atraía la vida y con suerte podía capturar algún cangrejo o pez… pero nada de nada…lo único vivo que vio fue una nube inmensa de mosquitos que continuamente le martirizaban.

     Se apartó un poco de las aguas cristalinas a fin de esquivar los mosquitos y para distraer sus tripas inmediatamente usó, como casi siempre, de su imaginación pensando en diversas aventuras sexuales que le entretuvieran y satisficieran sus apetencias.

     El joven después de andar todo el día siguiendo infructuosamente el rio, ya tenía los pies molidos y empezaba a estar arrepentido de haber abandonado el Monasterio, cuando afortunadamente divisó una pequeña casa cuya chimenea iba expulsando un humo que inequívocamente provenía de la cocina.

       Anselmo se dirigió a la desvencijada casa, se plantó en la puerta y adoptando una postura medio de llanto, medio de suplica, llamó.

       Al cabo de un buen rato se abrió lentamente la puerta y apareció una viejecita, algo encorvada, con un pañuelo negro cubriéndole un estropajoso pelo blanco que no disimulaba un enorme grano con pelos blancos, justo en medio de la nariz.

       -Por favor señora…hace casi dos días que no como…si pudiera darme lo que fuera…aunque fuera un mendrugo de pan…puedo trabajar en lo que quiera.

       La vieja alzó algo la chepa para mirarse al joven de arriba abajo y dijo –Puede que si sirvas para algo. Precisamente ahora estaba preparando un puchero bastante nutritivo. Si quieres pasa y te lo daré a probar.

         -Oh, gracias, gracias –dijo Anselmo pasando

          El chico, al poco, ya se había instalado en la mesa y estaba dando buena cuenta del plato. El gusto del caldo no era nada bueno, sabía a demonios, pero a él, en ese instante le supo a gloria. De alguna forma el caldo saciaba su ruidosa barriga.

         La casa nadaba entre el polvo, el desorden y las telarañas. Anselmo, saciado, empezó a dar cabezadas con el deseo de sestear y cuando estaba medio adormecido por la satisfacción del caldo, escuchó medio en sueños una dulce voz en la habitación de al lado.

         “Abuela, abuelita, escucho que hay alguien contigo”

         La abuela, sonriendo y mostrando una desdentada boca, dijo al chico– es la nena, pobrecilla…como siempre está sola…anda levántate y ves a saludarla…hablale y estate un rato con ella.

           Anselmo, con prevenciones, abrió la puerta y su visión quedó completamente extasiada cuando vio como una belleza sin parangón en forma de chica adolescente, que le sonreía y le hacía gestos para que se sentara a su vera.

         El chico, irresistiblemente atraído por la chica y su encanto, se puso a su lado y empezó a juguetear con las manos buscando a la chica…ella, lejos de amilanarse, hizo lo propio...total que cuestión de minutos se estiraron en la cama dispuestos a realizar los juegos y placeres del amor. Entonces Anselmo volviendo a la realidad le dijo a la chica

           -Pero tu abuela se puede presentar en cualquier momento…

           -Oh, no temas, jamás estamos juntas, cada una hace su vida, continua sin temores. Mi abuela nunca viene aquí.

             Era la primera vez que Anselmo estaba con una chica, sí que es verdad que su imaginación calenturienta continuamente barruntaba situaciones eróticas, pero de forma real aquella era la primera vez. En verdad el chico no desaprovechó la ocasión…disfrutó al máximo…besando aquella boca de fresa, aquella piel de melocotón, aquellos senos turgentes…pero cuando más gozaba, su deseo quedo interrumpido por unos fuertes sonidos de voces que empezaron a golpear la puerta de entrada con brusquedad.

           -Mala bruja…abre inmediatamente la puerta a los hombres de la Santa Inquisición, o la abres o la derribamos

           Entonces Anselmo paró de golpe en sus devaneos amorosos y curiosamente cuando asustado, le fue a dirigir la palabra a la chica, esta había desaparecido como por arte de magia.

           Aguzó el oído y escuchó cómo se llevaban a rastras a la supuesta bruja. Al cabo de un rato, cuando el silencio reinó en la estancia, el chico se atrevió a salir con la desagradable sensación de que la abuela y la nieta eran la misma persona. Pensaba que aquellos besos apasionados a la boca de fresa de la chica, en realidad los había efectuado a la boca desdentada de la vieja, de que la piel de melocotón que tanto había apreciado, tenía mucho que ver con el grano en la nariz con pelos blancos y que los senos turgentes con los que tanto había disfrutado, no eran otros sino los vacios, arrugados y colgantes de la vieja…

           Anselmo escupió al suelo tratando de desembarazarse de las malas sensaciones…la vieja lo había engañado, había suplantado a la supuesta beldad de la nieta…pero aún así no estaba del todo seguro de que la vieja fuera una bruja por lo que buscó una prueba que le confirmase este último punto.

           La encontró, cuando al lado del puchero del caldo que él había degustado, junto al fuego de leña, encontró un pergamino junto con una receta que decía. Ingredientes...5 huevos medio podridos, 6 sapos, 3 ojos de ratón, 7 rabos de gato muerto, 2 tripas de buey y 1 lengua de víbora…


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