Un mal día (5 minutos)

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Era uno de esos días de invierno, grises y oscuros, en los que cualquier invitación para abandonar tu casa tiende a ser rechazada. Y más si son las 6:45 de la madrugada y lo único que te separa de la congelación es la funda nórdica en la que te refugias cada noche. Pero el jornal manda; así que después de apagar el despertador y de repasar algún que otro episodio de infancia, decidí a todos los efectos ponerme malo. Y la verdad, no me costó mucho.

Ya empezaba a sentir molestias estomacales y un incipiente dolor de cabeza cuando un golpe seco y bien colocado, propinado desde el otro lado de la cama, me recordó que los tiempos en que mamá me protegía habían pasado. Debía ser fuerte y asumir la realidad. Nadie llamaría al trabajo para decirles que estaba malito, esa responsabilidad debía asumirla en primera persona. Demasiado para mí, la madurez me consumía... "¡Ah, mamá!", suspiré con añoranza, el chocolate humeante, la magdalena sorpresa y el beso en la puerta quedaban tan lejos.

Cinco minutos más tarde, remoloneando aún en la cama, recordé que mi querida Lupita Pun se pasaría a media mañana por la oficina para recoger unos papeles de gran importancia para ella. Sí, esa era la misma Lupita Pun que ocupaba mis pensamientos desde aquel doce de mayo en que la conocí en el despacho. Tres meses de infidelidad continua que me tenían en un sinvivir, con el corazón en un puño.

Estilosa, con una caída de pestañas que desplazaba el aire y ese andar de quien se sabe bella, era imposible no caer rendido a sus encantos, así era mi amada Lupita Pun. Todo ello aderezado con el glamour de un acento francés que me desmadejaba hasta hacerme suyo. Una sola “R" en sus labios bastaba para provocarme una erección inmediata y mantenida que sólo remitía al cruzar el umbral de casa.  

“Gamón” me llamaba y “Gamón” corría rendido a atender sus demandas. Lupita era una sobredosis en vena de pura adrenalina, de la que no podía ni quería prescindir. Por supuesto mi mujer no sospechaba nada del asunto, y mi querida Lupita Pun, el amor por el que suspiraba en secreto, tampoco. Siempre he sido muy discreto en asuntos del querer. Mejor disfrutar de nuestra relación solo, evocando sus tupidas formas en la intimidad del baño, pestillo abajo y con gritito final camuflado con el “The show must go on” de Queen, canción socorrida que también utilizaba para darlo todo en la bicicleta estática.

Tras ducharme con la ilusión del encuentro en mente, abandoné el apartamento apuestamente vestido y perfumado. En la calle me recibió un frío glaciar que se empeñó en acompañarme durante todo el trayecto al coche. Después de perder la sensibilidad en ambas manos al rascar el hielo del parabrisas, intenté arrancarlo con escasos resultados.

"Por favor, muévete pequeño Clío”, supliqué por enésima vez al girar la llave de contacto.

Un lastimoso "Clic" fue la respuesta obtenida. Si hubiera podido desencajar la mandíbula inferior habría proferido alguna palabra malsonante del tipo "cáspita", pero me quedé en el intento. Hasta mis neuronas, fieles alidadas en tantas victorias, comenzaban a resentirse, a ralentizar al mínimo su actividad. Ciertamente notaba como esos millones de pequeños bichitos evolutivamente preparados para resolver los cálculos más complejos empezaban a mostrar serias dificultades de comprensión:

“¿Qué hacían esas extrañas manecillas en mi reló? ¿Por qué eran dos y no dieciséis?”.

En ese caos estaba, cuando un atisbo de luz me hizo centrarme en lo importante, la búsqueda de una solución. Era el momento de aplicar mis conocimientos en mecánica avanzada. Así que salí al exterior, levanté el capó de mí averiada montura, observé detenidamente los cientos de cables y piececitas que allí había, y sin pensármelo dos veces y con gran decisión volví a cerrarlo.

 "¡Hostia, cuánta tornillería y qué variada!", exclamé asombrado.

Daba igual, tenía una alternativa. El seguro que había contratado incluía un servicio vip de atención al cliente, que garantizaba un máximo de quince minutos de espera. Una llamada y asunto resuelto. No podía fallar a Lupita.

Curioso. No habían pasado ni dos minutos cuando observé que una grúa doblaba en la Ermita del Santo hacia mi posición. Avanzando un par de pasos le di el alto:

 - Buenos días, ¿Antoñita Piamonte? - me preguntó el señor que conducía.

 - No - respondí con la seguridad del que sabe cómo se llama.

 - ¿Seguro? - insistió.

 - Sí - dije, pero esta vez con un atisbo de duda. Y sin más, subió lentamente la ventanilla, metió primera y se fue calle abajo.

¡Joder! si me hubiera llamado Antoñita todo sería más sencillo.

A media mañana, por suerte, el asfalto que pisaba comenzaba a calentar. Fueron momentos de reflexión a la espera de que trasladasen el coche al taller. Imaginaba cómo sería mi vida con Lupita, paseando entre vinos, quesos y baguettes, por el valle del Loira, Bordeaux o incluso París. Ella con su acento francés y yo, para no desentonar, con mi polo Lacoste y unas gafas Lafont. Una vida para suspirar…

 En eso estaba cuando recibí una llamada de la oficina. Mi amigo Rosauro, compañero de trabajo y admirador en la sombra de Lupita, me informó de los últimos acontecimientos. Por lo visto Lupita se había personado bien temprano en el despacho. Iba con prisa, quería dejar el país lo antes posible por un turbio asunto en el que andaba metida y del que tampoco quiso aportar mucho detalle. A Rosauro le costó reconocerla, negándole de primeras la documentación que aguardaba sobre mi mesa. Llevaba una peluca azabache en plan afro   y se hacía pasar por brasileña. Del acento parisino no quedaba nada, ahora hablaba como si estuviera entonando una lambada. Lupita no dejaba de sorprenderme. Al final, aparte de los papeles, le sacó trescientos euros al bueno de Rosauro, a quien prometió mandarle una postal en trikini desde Copacabana.

Mientras meditaba sobre el desarrollo de los últimos acontecimientos y lo complicada que sería mi vida junto a Lupita, yendo de país en país, cambiando de acento y de marcas de vestir, perseguidos a ratos por criminales a ratos por la justicia, pensé en qué necesidad tenía yo de tanto follón, con lo bien que estaba en casa con los niños casi criados, mi amada mujer y la paella dominical en casa de los suegros.  Una vida cómoda que me permitía ciertas licencias. Y en esos momentos de duda, donde los malos pensamientos me dominaban, siempre me quedaba la imaginación, "Queen" y echar el pestillo al baño…, un alivio al alcance de cualquiera, y a la postre con menos efectos secundarios... :)

Jam Louvier

 


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