Enamorado

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Marito se puso a pensar seriamente en el amor que sentía por Clarita. Se movió desde lo urgente a lo importante buscando la certeza que ya tenía sin saberlo aún. Había escuchado alguna vez que lo importante está por encima de lo urgente. 

   Pero ese es justamente su caso, porque nada había de más importante que pudiera reemplazar, posponer ni postergar el amor que sentía por Clarita. Porque ella es "LO IMPORTANTE", con mayúsculas. 

   "Caso cerrado, decisión indeclinable", se dijo después de ponerle a Clarita el sello definitivo de sus sentimientos. 

   No obstante, si tuviera de sufrir por el amor que le profesaba a su amada correría el riesgo, lanzándose sin titubeos de cuerpo y alma a transitar los intrincados y laberínticos caminos del amor. Y en un arrojo de pasión, el enamorado Marito evocó a los antiguos griegos y dijo, bien alto y sonante: 

   "Los helenos seguidores de Dioniso que se vayan al carajo. Qué podían saber esos degenerados recién salidos del salvajismo primitivo que, abocados al culto dionisíaco, se revolcaban lujuriosamente entre varones, relegando la mujer a la condición de una simple paridera; reduciéndola a la condición de un mero accesorio, a un simple cántaro jónico cualquiera apoyado en un rincón; condicionándola a propiedad privada. ¡Al demonio con Aristóteles también, que la consideraba inferior al hombre". 

   Marito iba de aquí para allá en su habitación mientras pensaba que no sería un griego libertino más, en absoluto; a lo sumo, al único dios griego al cual habría de rendirle culto sería a Eros, el dios del amor, y a ningún otro. En seguida, escuchó lo que su corazón tenía para decirle, y su corazón, encandilado por el brillo de los encantos del amor más sublime que Clarita despertaba en él, le mostró que lo único que importa es lo más importante, es decir ella. Fue en ese instante relámpago, pero no exento de eternidad, que percibió que estaba perdido, o mejor dicho rendido, entregado. Él mismo cortaría sus alas, eliminando, con ese acto de despojo de toda voluntad propia, la posibilidad del vuelo más efí­mero. Acababa de tornarse un esclavo del amor; un esclavo de otro ser; un yo sin identidad propia­; en alma dedicada, única y exclusivamente, a la adoración de su amada. Al convencerse a sí mismo de que Clarita era su completud supo que ya era suyo aquéllo que siempre lo fuera: el amor, para bien o para mal.

                                                                    Fin. 


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