La muerte y la locura - parte final

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                                                                III 

                                                      LA MALDICIÓN

Alina, que no entendía el motivo por el cual los dos hombres habían asesinado a sus esposas, miraba atemorizada la siniestra escena acurrucada en un rincón, como perro ante la inminencia de las fauces de los lobos, aferrada a la pequeña chiquilla que, pataleando y gritando,  se soltó de sus brazos y salió corriendo hacia el bosque gritando como una loca. Los otros hombres presintiendo que los dos asesinos serían los únicos a disputarse el amor de Alina, tan enloquecidos como ellos, empezaron también a acuchillar a sus esposas. Entretanto algunas, igual que la hijita de Velkan, consiguieron huir al bosque con sus hijos a la rastra. Los hombres ni se importaron con ello y se abalanzaron sobre Alina, arrastrándola al patio donde la ataron a un tronco. Luego se pusieron a discutir acaloradamente, ideando un acuerdo irracional y discutiendo los términos por los cuales uno solo se quedaría con Alina. Ella, conmocionada por los siniestros acontecimientos, veía con temor cómo la señalaban a todo momento con gestos nerviosos. Poco después los hombres, pareciendo haber llegado a un consenso, alistaron las carrozas y partieron por el camino por donde la joven había llegado unos meses antes, dejándola sola con sus miedos y temores. Ella, ajena al sórdido pacto, temió haber sido dejada para ser comida por los lobos al caer la noche, pero horas después los hombres volvieron con las carrozas cargadas de piedras. Enseguida, empezaron a levantar un muro circular continuo y sin entrada alrededor del tronco. Cuando llegaron a la altura de los hombros, Velkan saltó adentro para desatarla y al hacerlo pasó de propósito sus manos sucias por sus senos con lo que los otros hombres protestaron, entonces mascullando una maldición terminó de desatarla y saltó afuera. Después de algunos empujones y unas cuantas amenazas continuaron a levantar el muro tres metros más. Alina se tiró al piso y se echó a llorar la desdicha de su amargo destino. Sobre su cabeza unos troncos cruzados en la abertura debajo de pesadas placas de piedra sellaron su destino. Pensaba la pobre Alina que la habían confundido con una bruja, aunque no recordaba haber tomado ninguna actitud que los llevase a conjeturar tal equívoco. Poco después por entre los troncos y las piedras de la techumbre unas pieles y un cuenco vacío le cayeron sobre la cabeza y al rato, por entre las juntas de las piedras, introdujeron un tubo de caña donde empezó a correr un hilo de agua; más tarde por una hendidura un poco mayor entre dos piedras le pasaron un pedazo de carne asada. Alina lloró todas las lágrimas del mundo y cuando las últimas gotas de lágrimas terminaron de caer por sus mejillas, repudió a los dioses e imploró a todos los demonios, rogándoles que lanzaran una maldición sobre aquellos hombres sin dios. Desde entonces el tiempo empezó a transcurrir más lentamente del otro lado de las piedras y los bárbaros a no darse cuenta de ello. Días y noches eternas continuaron con su encarnizada lucha a muerte, todos contra todos, interrumpida apenas por una pequeña tregua al anochecer con el tácito acuerdo del cese total de las hostilidades, momento en que le hacían llegar agua y alimento a la cautiva; después cada uno se hundía en la espesura donde cada cual se ocupaba de cazar, cuidar el pellejo y matar al que se le cruzara por delante. Alina observaba, a través de las hendiduras, cómo a cada noche alrededor del fuego cada vez quedaban menos hombres. Había llegado el momento de actuar. Cuando el silencio alrededor le decía que los hombres no se encontraban cerca, Alina trepaba hasta la cima de su cárcel circular donde, cada día un poco, movía con cuidado uno de los troncos y empujaba una de las piedras. Así fue que en pocos días consiguió hacer un espacio suficiente para poder pasar. Esa noche aprovechó el descuido de los hombres al momento de asar la carne para trepar hasta la cima y descender con cuidado por el flanco opuesto, y silenciosamente se escabulló en la oscuridad; y cuando estuvo lo suficientemente alejada como para que sus pasos no fueran oídos por los hombres empezó a correr rumbo a su libertad. Y así, sin saber que estaban matándose los unos a los otros por una ilusión, los hombres continuaron con su lucha encarnizada día tras día, absortos en su irracional ceguera. Un día restarían apenas dos alrededor del fuego, los dos últimos hombres sin Dios que habían asesinado esposas y perdido a hijos enceguecidos por la belleza hipnotizante de la enigmática Alina. Ese día se mirarían sin hablar, los pensamientos puestos del otro lado de las piedras, y se entregarían a la aniquilación del otro por última vez, sin saber que para uno estaba reservada la muerte y para el otro, la locura.

                                                               Fin. 


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