Memorias de un día desastroso (parte II)

Por Imperyus17
Enviado el 11/07/2014, clasificado en Intriga / suspense
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Abatido por todo lo que había pasado, decidió limpiarlo todo y con esa tarea mecánica evitó pensar más de la cuenta, de forma que pudo relajarse por un breve periodo de tiempo, pues al acabar, como estaba soltero y encima despedido, no se le ocurría otra cosa en la que ocupar su tiempo que en comerse la cabeza con aquellos bochornosos recuerdos.

Recordaba al fin haber conducido su coche y también recordaba que antes de hacerlo metió algo en el maletero y al parecer era algo que dejaba manchas por alguna extraña razón, pero lo peor de todo es que recordaba que aquellos tipejos del bar le acompañaron en su propio vehículo y también recordaba llevarse bien con ellos.

— ¡Me volví loco, sí, definitivamente me volví loco!—pensó preocupado.

Rezó durante un buen rato para que aquello que manchaba el maletero fuera algo inerte y no lo que su imaginativa mente recreaba, pero no se detuvo durante mucho tiempo a comerse la cabeza, sino que se dispuso a comprobar lo que era y para hacerlo tuvo que bajar al garaje, en donde suponía que debía estar su coche. En efecto así era, su coche se encontraba allí y todo había cambiado en él, pues tenía el capó abollado y con restos de ropa, estaba aparcado en su propia plaza y no en la de ningún otro vecino, por lo tanto se relajó y pensó que tal vez la noche anterior sí que fuera dueño de sus actos y por lo tanto lo de las manchas sería solo la consecuencia de haber dejado allí restos de ropa rota y de algún tipo de comida o de bebida, incluso pudo simplemente habérselo imaginado. Pero todo este positivismo cambió cuando abrió el maletero y su despreocupación se vino abajo por completo.

Era un hombre y estaba muerto, pues no tenía pulso, su cara estaba completamente desfigurada y a juzgar por las heridas habría muerto hacía unas cuantas horas, a consecuencia de múltiples heridas de bala, probablemente a manos de sus supuestos nuevos amigos, los cuales podrían haber intentado cargarle el muerto a él, pero de eso Ernesto no estaba muy seguro, pues se sentía sucio.

No lo recordaba, pero eso para él no importaba, era un asesino y su única esperanza para convencerse de lo contrario era recordarlo.

Sabía que después de amenazar a aquel hombre corpulento, aquellos tipejos lo respetaban un poco más y que por eso seguramente consiguió acercarse más a ellos. Era consciente de que estaba ebrio y ese estado de embriaguez le convirtió en una persona frívola, que consiente dejarse convencer por unos delincuentes para ayudarles a matar a aquella pobre persona.

—Quizá eran mafiosos y ese tipo les debía dinero, puede que no fueran tan simples como yo en aquellos momentos llegue a pensar—dijo inconscientemente en voz alta, sin percatarse de que los vecinos podrían oírle y que eso hubiera significado el final.

Trató de serenarse y observó de nuevo al muerto, pertenecía a una persona de mediana edad, de constitución y altura normal, de pelo negro y ojos azules, decidió registrarle la ropa, pero no llevaba nada encima. Aun no olía, no obstante estaba frío y pálido, sabía que era cuestión de tiempo que empezara a descomponerse y eso él no podía permitírselo, razón por la cual pensó un plan para deshacerse del cuerpo.

Pensó en quemarlo, trocearlo, verterle ácido encima, enterrarlo e incluso en congelarlo, pero Ernesto consideró que todas estas opciones tienen demasiados riesgos y decidió hacer algo que le permitiera borrar aquel error y esconder las pruebas en un lugar en el que a nadie se le ocurriría buscar sin una previa sospecha contra él. Así pues su idea era meterlo en su coche y posteriormente arrojarlo al mar, para que la naturaleza implacable se encargase de eliminar las pruebas de su angustia, destructoras de su humanidad.

El plan era bueno porque Ernesto vivía en Santander y en aquellos días el mar estaba muy bravo, prueba de ello era la bandera roja. Pensaba hacerlo por la noche, pero luego reflexiono muy severamente sobre el asunto—:

—Si el mar devuelve a la costa la vida inerte manchada con mis manos, es posible que todo se descubra y ya nada vuelva a ser lo mismo.

Él prefería hacer algo más seguro, algo que le asegurase que los peces devorarían aquel cadáver antes de que alguien tuviera la oportunidad de encontrarlo y por lo tanto decidió arrojarlo a un lago, el cual estaba situado en una zona rural alejada de allí a la que él iba a veranear. Para conseguirlo solo tenía que envolverlo en una red de agujero grande con piedras pesadas e introducirlo de nuevo en el maletero, emprender el viaje hacia Cataluña, arrojar el cadáver, limpiar el maletero y deshacerse del coche en otra parte, puesto que era grande y podría ser encontrado en algún momento y marcharse de aquel lugar, tras lo cual no pensaba volver jamás.

Al llegar y acercarse al lago, se le encogió el corazón, pues iba a tirar a un hombre al agua con la intención de que los peces lo devorasen, atormentando de esa manera a su pobre familia, a la cual él ni siquiera conocía, a vivir con la incertidumbre de si estaba vivo o muerto, de si había recibido cristiana sepultura o si había sucedido lo que realmente había sucedido, de sus ojos surgieron lágrimas y sus piernas comenzaron a temblarle cual flan.

—Ni siquiera sé como lo matamos, es curioso que no recuerde algo que ha cambiado mi vida de una forma tan radical—pensaba él aterrado por el remordimiento.

Pero no quería dejarse mover por sus sentimientos y decidió arrojar el cuerpo sin vida de aquel hombre al que jamás conoció y mientras observaba como se hundía, comprendió que todos los valores en los que él creía se acababan de desvanecer y ya nunca más podría hablar de principios sin sentir un inmenso vació por dentro.

Se alejó de aquel lugar y buscó una chatarrería en la que empeñar su coche, pues no había mejor forma de negar que un coche fuera suyo que destruyéndolo y de esa forma al menos podría conseguir algo de dinero, aunque sin lugar a dudas habría ganado mucho más dinero vendiéndolo, no obstante esa opción no haría más que aumentar los indicios del crimen que él no sabía si era conocido por muchas personas o si solo lo era por aquellos supuestos mafiosos.


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