Memorias de un día desastroso (parte V, final)

Por Imperyus17
Enviado el 12/07/2014, clasificado en Intriga / suspense
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Los demás no daban crédito y decidieron coger a su amigo e irse a pie rápidamente, pues consideraron que Ernesto estaba loco y que además era peligroso. Uno de ellos pensó en quedarse y pronunció antes de huir—:

— ¡Mierda, nosotros solo queríamos divertirnos y ahora va a matar a un hombre!

No obstante sus compañeros lo disuadieron y se acabaron yendo todos de aquel sitio. Finalmente Ernesto se encontró solo y cara a cara con su jefe, el cual estaba estupefacto y asustado, por lo que le pedía—:

— ¡Ayuda, ayuda por favor, no me mates, per, perdóname!

A pesar de su estado de embriaguez, trató de mantener la mente fría y se dio cuenta de que era un error matarle simplemente por haber sido despedido por él. No obstante cuando bajó el arma y se dispuso a llamar al 112, algo lo sobresaltó, no estaban solos, pues había una mujer y acababa de bajarse de un coche cercano, que debido a su estado no se dio cuenta de que estaba ocupado, era Laura.

Su propia novia le había dejado por su jefe, el cual le había despedido horas antes de que aquello ocurriese. Ya no pudo hablar con el Samur y decidió colgar sin identificarse, todo su cuerpo comenzó a temblar y lo hizo con mayor intensidad cuando ella llamó a su antiguo jefe cariño y empezó a abrazarlo ignorándole a él por completo. No pudo ni mirarla a los ojos, solo tenía ganas de llorar y con la mente turbada sacó de nuevo su pistola y apretó el gatillo con los ojos llenos de lágrimas, pero no fue a ella a quien disparó, sino que fue a su nueva pareja, pues para Laura tenía algo mucho más desagradable, que sin necesidad de haberlo planeado, le resultó muy fácil de elaborar en su mente. Seguía conservando la navaja y la ira le controlaba incondicionalmente, por lo que se abalanzó hacia ella y la propinó un tajo en el cuello sin darla oportunidad alguna de defenderse. No se contentó con aquello e intento apuñarla más, no obstante los reflejos le fallaban y terminó acuchillando al aire, momento que ella aprovechó para huir, aunque él no recordaba hacia donde y frustrado, decidió ensañarse con el cadáver de su antiguo jefe, por lo que le propinó unos cuantos tiros más, pero no contento con ello, decidió desfigurarle la cara con sus propias manos.

Tras reflexionar sobre aquel recuerdo, se dio cuenta que había posibilidades de que su novia aun siguiese con vida, pues el corte que la propinó no era demasiado profundo y puede que no la cortase la yugular, acción que sin lugar a dudas la hubiera producido la muerte rápidamente. Pero todo lo que Ernesto consideraba factible, no eran más que meras suposiciones y por lo tanto no podía dejar de sentirse sucio, aunque por lo menos la duda de su terrible crimen le permitió dormir plácidamente durante aquella noche.

Al despertar, cayó en la cuenta de que ya habían pasado diez días desde que hizo todas aquellas cosas y que por alguna extraña razón, ninguno de los testigos de aquella atrocidad le delataron, o al menos así lo creía él. Antes de profundizar en aquella teoría, decidió intentar resolver el enigma del sueño de la cabeza ensangrentada de su novia, cuyos ojos se derretían al mirarle a la cara. Finalmente lo entendió todo y con poco esfuerzo, pues las piezas ya estaban sobre el tablero y él solo tenía que encajarlas guiándose por su lógica. Construyó la siguiente oración según un esquema mental, que le vino a la cabeza por pura inspiración, pero no obstante reflejaba bien la realidad:

El amante sería asesinado y ni los peces podrían borrar aquello. Por otro lado, su novia huiría e independientemente de que estuviese viva o muerta, ella no volvería a mirarle a los ojos, porque las personas que intentan matar a su pareja, no tienen una segunda oportunidad para enmendarlo.

—He tocado fondo, este es mi final, ya no me queda más que entregarme.

Decidido, se tomó un café para despejarse, posteriormente se ducho y afeitó. Finalmente salió a la calle silbando, pues sentía que después de aquel breve periodo intermedio entre la locura y la cordura debía mostrar su lado más frío y actuar con naturalidad. Siguió el itinerario de la comisaría y esperó pacientemente su turno, sin desvelar su crimen compulsivamente, como hacían otros criminales arrepentidos y cuando le llegó su turno, ningún impulso de echarse atrás le invadió. Un policía le llamó a una sala y le preguntó lo que había ocurrido, a lo que Ernesto respondiósintiendo que la persona que había entrado y la que saldría de allí nunca más volvería a ser la misma, con la mayor sinceridad que era capaz de expresar—:

—Recuerdo haber matado al amante de mi ex novia y puede que también a ella, aunque mis recuerdos están algo nublados por el alcohol y de esto último no me acuerdo bien.


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