BULLYING (primera parte)

Por Federico Rivolta
Enviado el 22/07/2014, clasificado en Terror
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Siempre supe que había algo extraño en Neme; hasta su nombre era algo inusual: Nemesio Pemberton. En el colegio casi nunca lo llamábamos así, por supuesto. A lo largo de la secundaria mis amigos le pusieron apodos como “Canario”, “Tweety”, “Chizito” y otros que no tuvieron tanto éxito.

Era inevitable reírse de Neme, de su delgado físico, de sus anteojos de gran aumento y de sus escasos cabellos rubios peinados a un lado. En mi colegio los jóvenes como él sufrían todo tipo de humillaciones públicas, golpes y hasta algún que otro robo, y eran los muchachos más fuertes y crueles –y más admirados– los encargados de distribuir debida y dosificadamente dichos abusos.

Yo, por otro lado, no estaba expuesto a semejantes ofensas, siempre gocé de una respetable reputación en mi colegio, basada principalmente en mis habilidades futbolísticas. El año en que ocurrió el incidente salimos subcampeones regionales, y yo logré ser el máximo anotador del torneo, con un total de veintipico de goles. Pero el verdadero golazo que convertí esa temporada fue ponerme de novio con Erika Pickman, la muchacha más linda de mi curso.

A pesar de que tenía casi todo a mi favor, no era intocable, para mantener mi popularidad a veces me veía obligado a realizar ciertos actos con los que no estaba totalmente de acuerdo, sobre todo en lo que se refiere a la ejecución de bromas pesadas a mis compañeros menos afortunados.

No faltaron las veces en que alguno de mis amigos llevó las cosas demasiado lejos, pero así es el bullying, no conoce de límites, no tiene reglas, siempre se esfuerza por estirar aún más las cuerdas. El bullying no termina cuando la víctima empieza a sufrir, por el contrario, ahí es precisamente donde el bullying comienza.

Estábamos a punto de recibirnos y las razones para festejar sobraban, razón por la cual, junto con buenas dosis de alcohol, las fiestas se volvían cada día más descontroladas. Por estos motivos se volvía cada vez más difícil conseguir una casa para celebrar nuestro egreso. El padre de Erika, por ejemplo, amenazó mi integridad física cuando vio su televisor de no sé cuántas pulgadas tirado en el suelo del living, cuando en realidad yo no tuve nada que ver con aquel incidente.

Mis compañeros me pidieron que pusiera mi casa a disposición, sobre todo cuando se enteraron de que mi madre estaba por irse de viaje con su grupo de la iglesia. Nadie desea ver a su televisor en el suelo del living, y a pesar de que el mío no tenía tantas pulgadas como el del padre de Erika, puse todo tipo de excusas. Sólo era cuestión de tiempo para que a alguien se le ocurra la peor idea que jamás oí.

La madre de Neme asistía a la misma iglesia que la mía, y también se estaba por ir de viaje. Al enterarse de esto, Erika –tenía que ser ella…– me pidió que hable con él para que organicemos una fiesta en su casa. Neme no había asistido a ninguna de las tumultuosas fiestas, y supusimos que si no lo molestábamos por unos días, podríamos convencerlo de que éramos unos buenos muchachos.

Neme vivía solo con su madre en una enorme y antigua casa victoriana, y mis amigos morían de ganas de ir, no tanto con motivo de celebración como el de proporcionarle una especie de humillación final al pobre anfitrión. Yo lamentaba que no tuvieran intenciones más nobles que aquellas, porque su hogar era perfecto para una fiesta inolvidable, y así lo fue… inolvidable.

 

 

Continúa en la segunda parte

http://www.cortorelatos.com/relato/12526/bullying-segunda-parte/

 


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