Horario partido

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Enviado el 18/12/2014, clasificado en Adultos / eróticos
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Afuera, el sol abrasador resecando la hierba del parque; sus rayos incendiarios, que apenas filtraban las copas lacias de olmos y castaños, asfixiaban por igual a transeúntes con prisa y a pensionistas sin pájaros. Dentro, en una alcoba por horas, tercero izquierda, balcón a la calle, dotada de inodoro, ducha y ventilador, yacían adheridos y, en apariencia, inertes Yovanka y Valentín, como si sus cuerpos se hubieran soldado por efecto de la transpiración. Las pieles, relucientes y untuosas, estaban impregnadas por doquier del trasiego de huellas dactilares de placer y aún rezumaba el orgasmo de sobremesa. Ella dijo percibir los latidos del corazón de yogurcito, él extraviaba su mano en las guedejas de la abundante negra melena rizada de yogurcita, tan suave, le decía. Implícitamente y de acuerdo ambos en repetir besos, reiterar caricias, posar desnudos, apostar al no va más en ciertos juegos y seguir dándose citas subrepticias hasta que un voluble destino decidiera mirar para para otro lado y les ordenara —por favor— que se vistieran. Desconocían el plazo: si era corto, medio, largo o a punto de vencer; sabedores que estos encuentros clandestinos se habían originado por una circunstancia azarosa que bien podría concluir por el capricho de los anónimos mandamases de la central con potestad de no renovar el contrato a Yovanka o de trasladarla otro barrio para hacer una sustitución; por lo que con una persistencia abonada por el deseo recién estrenado, aquel que siempre agota pero jamás cansa, fondeaban en aquel colchón saqueado por sus marejadas, abrazados en un todo lo más cerca que puedas sobre la sábana bajera empapada por la mezcla de íntimos excesos.

 

¿Quiénes eran? Cualquiera que puedes cruzarte en un transbordo o pedir fuego en la calle; cualquier hombre o mujer con sus cosas o su déficit de cosas que cruza cada mañana el mismo paso de cebra, se toma un café en silencio y smartphone en mano y mirada hacia la lluvia que repiquetea contra la ventana espera una respuesta. Yovanka era una cuzqueña de veintiocho años, sin más cometido que pasar códigos de barras, preguntar si en efectivo o con tarjeta y cuidar de un niño que cada vez pregunta más por su padre; Valentín, un hombre de cuarenta y cinco años, siempre con nómina de la misma empresa, encargado de anotar la diferencia de haberes y deberes en el programa contable, agachar la cabeza y decir a todo que sí: a sus jefes, a sus amigos, a su mujer. Dos personas honestas, que piensan que no han tenido suerte en la vida y que no les da reparo echar toda la calderilla a la tragaperras de las pasiones y jugar todos los avances por si alguna vez tienen suerte y toca; dos seres humanos que llevan gafas de sol en verano, ojeras en invierno, sacan la basura por la noche y no recuerdan sus sueños por la mañana. Ahora se les había hecho tarde aunque les parezca demasiado pronto (el transcurrir de las horas es tan cansino con corbata y uniforme y tan veloz en cueros) y tuvieron que desasirse, darse una ducha, separarse en el portal para guardar las apariencias, fingir que no eran más que dos personas sin nada que hacer a causa del horario partido, otros más que daban una vuelta durante esas dos horas y media de a lo largo de la calle comercial con sus escaparates de paseo marítimo en rebajas.

 

Valentín llegó veinte minutos tarde y fue abroncado por el gerente, un viejo al que no le apetecía de momento dar de comer a las palomas, de carácter montaraz y hosco, que no encontró disculpable las excusas de un reloj de marca falsificada made in China de ínfima calidad y proclive en exceso a retrasarse. Valentín se encontraba tan aturdido ante semejantes reconvenciones que se dirigió a su despacho en recogido silencio como monje camino de la celda al claustro. Allí, encendió el ordenador, comenzó a revisar los correos electrónicos de las delegaciones, clasificar archivos, cotejar facturas, desestimar reclamaciones. No sabía por dónde comenzar. Aquellos informes repletos de conceptos abstrusos le parecían no solo inescrutables sino inútiles: palabras de un idioma bárbaro tan diferente al de su amor. No, no se podía concentrar. Ella o el calor, ella y la soflama. Rememoraba sus pechos exuberantes y atezados que coronaban aquellos pezones endurecidos todo fruición; evocaba sus curvas subversivas, esas maneras nunca vistas de hacer y ese modo de dejar hacerse; entreoía alucinado esa voz criolla que acentuaba de tal manera sus quejas íntimas cuando él se abrevaba en el humedal que secretaba la vereda rasurada de su monte bajo; revivía ese movimiento perpetuo que disuelve y aniquila dentro de otro cuerpo: arriba, abajo, de lado. Y cómo se corrían y chorreaban a voz en cuello enloquecidos, altisonantes gemidos. Todo daba vueltas como en un vals frenético en torno a ella. Imposible concentrarse, desempeñar su labor con la acostumbrada minuciosidad; qué le importaban a él albaranes y descuentos. La llamó. No le podía atender, el súper estaba lleno pero estaba de acuerdo en volver, mañana no podía, entonces pasado mañana en la misma alcoba, en la misma cama y a la misma hora. Sí. Hacía tanto tiempo que no le oía a alguien y tan a menudo ese sí… Desde la primera comunión que no oía la invocación a voz en grito de Dios…

 

Cuando acabó su jornada laboral, se despidió dedicando la mejor de sus irónicas sonrisas al gerente que le respondió con una mirada malevolente; canturreó una letra de una canción de finales de los ochenta— haz conmigo lo que quieras, nena, sabes que te pertenezco, nena, cada poro de mi piel es tuyo…— y se fue a tomar una caña con Lucas antes de volver a casa. Jamás pensó que aquella tarde hace dos semanas cuando su mujer le telefoneó para que no se le olvidara comprar los yogures al salir del trabajo encontraría a Yovanka; que una conversación anodina y tan poco interesante sobre los diversos sabores, texturas, componentes y caducidades de estos productos lácteos pudiera llevar de la sección de refrigerados a esa calurosa alcoba por horas; que el horario partido no está tan mal si encuentras a alguien con quien hacer algo para matar el tiempo; que por una vez el destino es a ti a quien mira.


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