Un personaje sin historia

Por Esta es mi version
Enviado el 11/01/2015, clasificado en Cuentos
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Durante muchos años he ido alimentado sueños, ninguno se ha cumplido. Carezco de recuerdos, he incinerado todas las ilusiones, me han confiscado todos mis proyectos. Nadie me conoce, no conozco a nadie, no tengo historia: sombra o espectro, quimera o fantasma, algo de eso soy Ya no recuerdo ni cómo me llamo; quiero decir, que he tenido varios nombres: Álvaro, Diego, Alejandro.

 Estaba sobreentendido que me tendría que convertir en un ser de tinta y papel al que le suceden mentiras tan vívidas como aquellas verdades que suceden a los seres humanos, y aquí estoy, pidiendo una historia como quien pide limosna.

 Nací en la mente de un joven aquel año en que el muro de Berlín se acababa de desmoronar, la gente aun echaba calderilla a las cabinas telefónicas y los jóvenes talentos escribían en una ruidosa Olivetti aquellos primeros balbucientes relatos, la mayoría de amores contrariados. El mío comenzó a gestarse aquel verano y a los tres folios se me abandonó. Por aquellos días, hizo acto de presencia la que hasta ese momento había estado ausente en la existencia de mi autor, la vida, o lo que es lo mismo, la reina de las fiestas de un pueblo de provincias, y se dejó de fabular por escrito para transcribir metáforas en la piel que son las que más huella dejan, las mas acabadas, las más conseguidas. Todo aquello duró lo que duró, no mucho, y con amargura, resentimiento y frustración la reina de las fiestas bajó el telón y surgió la necesidad de evocarla y revivirla con párrafos y subordinadas. Aun con todo, no fui yo a quien se eligió para protagonizar esa novela lamentable y lamentosa; se optó por un tal Iván que resultaba, dijéramos, más adecuado para una velada autobiografía. Se suponía que yo daba algo más que para una novela corta llena de autocompasión y reproches, que estaba llamado a grandes cosas, solo que no todavía. Han pasado los años, muchos, y yo sigo instalado en ese perpetuo todavía poniendo al mal tiempo cara de emoticón.

 A algunos les parecerá que habló como un inmaduro pero es que sigo siendo ese joven de los noventa, que iba a protagonizar una novela de formación. ¡Cuánto me gustaría a mí  tener algo que contar! Pero nada sé porque nada hubo. No tengo ni idea de cuál podría haber sido mi intriga o trama, ascenso o decadencia; no he conocido a quién conoceré ni me he enamorado de quién me enamoraré; no sé a quién perderé y quién me perderá; quién me echará de menos y quién me guardará rencor; quién se propondrá hacerme daño o quién hará todo lo posible por hacerme feliz. Desconozco donde nací, si tengo hermanos, a qué se dedican mis padres, si soy alto o bajo, el color de mi pelo, lo que me gusta hacer en mi tiempo libre, mis pasiones dominantes, mis defectos menos perdonables, mis manías más irritantes.  Ignoro si poseo algo por lo que merece la pena mi amor o mi amistad;  no sé qué secretos  y decepciones de toda índole procuraría ocultar, no he logrado ninguna ambición que podría querer divulgar para que el  mundo lo supiera aunque no le importase. Jamás me dio por pensar donde quería vivir, quien quería ser, como me vería cuando tuviera cuarenta años. Soy mero pensamiento que nunca ha oído como habla; la voz con la que pide fuego, la carcajada con la que ríe una gracia; la entonación con la que seduce a una chica o el desgarro con el que llora a sus muertos cuando se van. Se podría decir que no tengo sentimientos. Sin embargo, no pierdo la esperanza de tenerlos y de llevar una vida cualquiera. El futuro es incierto, no me hago ilusiones. Quizás mi nombre vuelva a cambiar, y me convierta en un militar (me extrañaría), un funcionario municipal, un agente de viajes, un farmacéutico, un albañil. A mi me da igual, me conformaría con una peripecia de treinta folios DIN A4 a doble espacio y dejar de ser esta ficción no consumada.

 

Cuando medito acerca de mi  existencia  se perfila como en la niebla un ruinoso bloque de pisos moderno sin terminar; surge de la nada un paisaje de desolación de no importa qué postguerra, y pareciera que atravieso una carretera secundaria una madrugada cualquiera con las largas puestas y nadie a quien ceder el paso. A veces, en cambio, me figuro que sigo siendo el mismo de hace medio siglo, aquel que iba para artista. Entonces es como si resucitara,  la vida vuelve, y  siento como si el hoy fuera ayer y el tiempo no hubiera pasado, o muy poco. Pero claro que ha pasado, y con tantos  años jóvenes a cuestas de vacío, ahora caigo en la cuenta que no soy sino el objeto por el que nadie puja en esta subasta o aquel objeto que se extravío y nadie reclama y que  se oxida de olvido en vete tu a saber qué polvorienta trastienda de una libreta de ideas.

 Quisiera salir de estos años oscuros en blanco, no padecer más este invierno de cuarenta años en Urano; sonar a ritmo de negras y corcheas y abolir estos mis  signos de silencio en el pentagrama de esta sinfonía inacabada; deseo vivir, lo mismo que cualquiera de mis hermanos de imaginación que ya han tenido sus vivencias de papel mientras que yo no he tenido ninguna. Supongo que para ellos habrá resultado francamente difícil asumir las circunstancias que les han sido sobrevenidas desde afuera, porque, si te pones a pensarlo, es horrible ver que tienes obstáculos puestos por un ser externo y que parecen dispuestos expresamente para ti y que puedes superar o no, pero jamás impedir, el conflicto, así lo llaman; sin embargo, ellos al menos transmiten la sensación a aquellos que los  leen de que también han pasado por algo parecido o podrían pasar; de que esos personajes son una especie de seres  que se les parecen demasiado; que podrían cruzarse por ellos en la calle y podrían convertirse en sus amigos o allegados; que  con ellos se identifican por medio de sus percances y cuitas y que son, en cierta medida, sus prójimos aunque provengan de un mundo de mentira, supuestamente inventado y por unas cuantas páginas. Yo ni eso… Este autor nos crea y alienta, juega con nosotros,  nos toma o nos deja, nos utiliza y nos manipula: somos sus marionetas. Comprendo que no pueda evitarlo pero mientras tanto ¿Qué hay de lo mío? ¿Qué pasa conmigo? ¿Por qué me ha olvidado?

 Esta noche se me ha permitido, quién sabe si por única vez y, la verdad, no sé por qué, la posibilidad de que expresarme. De momento, mi  historia no da para más. puede que a esto se reduzca lo que iba a ser  una obra maestra: una reclamación que, de antemano, se sabe que no prosperará; a todas luces, baldía; imbécil, sin más. Esta es la versión que nunca se actualizó. Sombra o espectro, quimera o fantasma, algo de eso soy. Ya no recuerdo ni cómo me llamo; quiero decir, que he tenido varios nombres: Álvaro, Diego, Alejandro.


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