TE HARÉ CREYENTE

Por Federico Rivolta
Enviado el 11/01/2015, clasificado en Terror
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“"¡Oh, gran espíritu! No soy más que uno de tus hijos, soy pequeño y débil, soy carne y hueso”"

Los indios kiokees cantaban alrededor del fuego mientras Richard Ford los miraba con desprecio. Los observaba uno por uno, incrédulo de aquel espectáculo, mientras ensayaba una sonrisa sardónica.

-– ¿Y usted por qué no reza? –- dijo un joven kiokee -– ¡Nos condenará a todos!

Richard sujetó el mango de su enorme cuchillo y lo sacó levemente de la vaina. El viejo Búfalo Gris intervino de inmediato:

-– Tranquilo, Umi, el gran espíritu se lleva solo a los infieles –- dijo el sabio -–. Le recomiendo rezar con nosotros, señor Ford.

-– Lo siento, viejo; yo no creo en eso –- espetó Richard.

–- Debería, o el Wingakaw vendrá a buscarlo. El Wingakaw no oirá sus plegarias cuando esté frente a usted. El Wingakaw no perdona. Tal vez no crea ahora pero le haré creer, señor Ford, yo le haré creer.

Richard se limpiaba las uñas con su cuchillo mientras Búfalo Gris hablaba. Luego, sin dirigirle la mirada al sabio, se paró, bostezó y escupió justo en medio de la fogata:

-– Me iré a dormir, ustedes pueden seguir rezando si quieren. Envíenles mis saludos al Winkaman o cómo sea que se llame.

Despiadadas secuoyas cubrían el cielo del campamento irguiéndose como gigantes de piedra. Sus robustas copas solo permitían el ulular de un viento asesino que soplaba sin cesar.

En sus sueños Richard estaba sentado junto a los kiokees cuando un anciano desnudo con una máscara roja apareció frente a ellos. Se aproximó caminando con pasos largos y lentos, y al llegar a la fogata lo miró directamente a él:

–- Le haré creer, señor Ford, yo le haré creer.

Richard se quedó petrificado.

El anciano enmascarado metió la mano en medio de la fogata y comenzó a pasarla por las brasas; al sacarla nuevamente, sus dedos estaban ennegrecidos por las cenizas. Se llevó la mano al rostro y se pinto, sobre la máscara, una enorme sonrisa diabólica.

Richard miró a su alrededor pero observó que los indios que lo acompañaban no tenían rostros, haciéndole sentir un vacío aún mayor al que hubiese sentido de haber estado solo frente al misterioso individuo.

-– ¿Quién eres, viejo?, ¿Búfalo Gris?

El anciano se quitó la máscara, pero justo en ese instante Richard despertó; horrendos gritos lo hicieron levantarse de inmediato y salir de su carpa; pero afuera no encontró a los indios, solo quedaban trozos de carnes salpicando la tierra.

El campamento se había reducido a un montón de huesos cetrinos salidos de sus coyunturas y a cabezas arrancadas de sus troncos, con expresiones congeladas de terror. Alguien, o algo, había derramado sangre sin piedad tras convertir a los indios en piezas separadas unas de otras, en despojos hediondos, en carroña humana.

Richard entró temblando a su tienda en busca de su rifle Winchester; pero al salir, algo le quitó el arma de sus manos de un zarpazo. Entonces lo vio: el Wingakaw estaba frente a él.

La luna se escondió tras las copas de las secuoyas y el cielo se oscureció de repente. Richard solo distinguió unas sombras de los largos cuernos de la criatura y un par de ojos brillantes ubicados a unos dos metros y medio de altura.

Varias extremidades surgieron de aquello que estaba frente a él; no eran miembros humanos, no eran miembros animales, era algo desconocido para Richard.

Y entonces solo le restó balbucear:

–- Oh, gran espíritu. No soy más que uno de tus hijos, soy pequeño y débil, soy carne y hueso, soy carne y hueso…

 

 


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