DUELO CON PISTOLAS

Por cclecha
Enviado el 20/02/2015, clasificado en Drama
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       Estoy algo preocupado. Hace un par de días fui testigo de un suceso embarazoso, que tuvo lugar en el salón de nuestro club.

        El señor  Anthony Brown, que es un individuo más bien bajo, tosco, cabello rizado castaño y levita marrón que parece destinada a un individuo de talla superior, se dirigió lentamente hasta el bello frontal de chimenea  con molduras y columnas  blancas, junto al sillón de orejas capitoné de piel marrón, donde estaba sentado mi amigo Allan leyendo el Times, y se plantó delante de él, arrojándole un guante al suelo.

       Inmediatamente yo  y el otro compañero presente, supimos de qué se trataba. Un duelo  se manifestaba en  recoger el guante y, efectivamente, mi amigo Allan recogió el envite.

       Cuando Anthony Brown dio media vuelta y despareció del club, empezamos a atosigar a preguntas a Allan.

        -¿Qué ha pasado? ¿Por qué? ¿Cómo es que un ser tan limitado como ese  quiere batirse contigo que eres todo lo contrario?

       Allan se arregló su bello pelo lacio con la mano derecha y contestó:

       -Lo entiendo. No sé cómo, pero este pobre diablo se ha enterado de que seduje a su mujer. No me pude resistir. Incomprensiblemente, tiene una mujer bellísima que al parecer se ha cansado de estar con este perdedor.

        Nuestro amigo se puso de pie; en esta postura todavía se hacía más evidente su altura y su figura casi perfecta y, estrechando el guante que se le había arrojado entre las manos, prosiguió.

        -Quiero que los dos -dijo dirigiendo su mirada a mí y al compañero que habíamos presenciado el incidente- seáis mis padrinos. Poneros en contacto con él y que os facilite la dirección de los suyos. Arreglad las cosas.

        Para mí, Allan podía compararse al brillo del Sol. Tanto físicamente cómo intelectualmente, destacaba en  todo lo que hacía. Sin embargo he de decir, que el perdedor, es decir Antony Brown, me caía simpático. Había algo en él que iba directamente de los ojos al corazón. Sin embargo sabía que en los negocios, y en la parte sentimental, no había tenido éxito.

        No tardamos mucho en visitar a los padrinos de Anthony. Estos, al igual que su mentor, eran más bien bajos y con poca gracia personal. Pasé directamente a los detalles convencionales:

        -Lugar y hora ? - pregunté.

         El portavoz me respondió:

     -Naturalmente al amanecer; no suele haber nadie y en cuanto al  lugar también conozco un sitio desértico, a un par de kilómetros de aquí, en la ribera del Támesis.

      - Bien de acuerdo, se del lugar a que se refiere, no hay problema- continué- ¿Duelo a primera sangre?  ¿A contrincante herido? ¿O a muerte?- dije esperando que esto último no se confirmara.

      -Naturalmente, a muerte. Mi mentor no puede encontrar satisfacción en ninguna otra fórmula.

     -Bien, ¿tienen las pistolas?

     -Sí, claro - y dirigiéndose a su compañero, dijo- trae la caja de las pistolas de duelo.

      La caja era lisa y dentro estaban, muy bien colocadas, dos pistolas con cañón redondo y empuñadura grabada, dos polveras, una baqueta, un mazo y los accesorios. Los cañones estaban pavonados para que no brillaran y fueran  referencia para el otro. Añadió:

      -Si lo ve usted conforme, pasaremos a sellarla hasta el día del duelo. Es conveniente que nadie pueda acceder a ella hasta ese día.

       -Sí, claro ¿entonces quedamos ya para dentro de dos días? ¿Se encargaran ustedes de que venga un juez para la contienda?

        -Sí, hemos pensado en un miembro del club que también ustedes conocen. ¿De acuerdo?

         -De acuerdo.

        - Sean puntuales. Recuerden: al amanecer

 

        Rápidamente nos dirigimos a casa de Allan, por si le podíamos sacar la peregrina idea de la cabeza.

        -Allan, esto del duelo es una ridiculez. Además el ideal de justicia no entra dentro de este cauce. La justicia de los hombres esta fuera de esta violencia

        -Creo que te equivocas. Precisamente nosotros somos hombres diferentes por nuestra condición. Los ideales de debilidad que suele exhibir la justicia humana, están hechos para satisfacer a la plebe, pero no así a nuestra clase. Precisamente el duelo es la única herramienta que tiene el hombre superior para reconvertir sus instintos con el ideal de justicia. La satisfacción que obtiene el ofendido, difícilmente se conseguiría con la justicia normal. Además, el honor tiene que estar por encima de todo.

       Vi que la cosa estaba zanjada, así que solo dije:

       -Ya está todo arreglado. El duelo será dentro de dos días.

 

        Llegó el día. Estaba a punto de amanecer, no había mucha niebla en aquel momento en las cercanía de Londres, sin embargo, los vapores del rio se sumaban para entorpecer la visión. Le dije a Allan:

        -Me he informado que lo único que tiene Anthony a su favor es que fue oficial del ejército y que tira bien.

         Allan no contestó. De entre la niebla surgieron cuatro personajes que venían a la cita. El ofendido, los dos padrinos y el juez.

         Éste último mirando a todos los presentes, dijo:

         -No demoremos el momento.

          El juez, después de cachear a ambos contendientes para comprobar que no llevaran ropas acolchadas, relojes de cadena, medallas o cualquier artilugio que sirviera para amortiguar los impactos, colocó a los adversarios uno a espaldas del otro con la pistolas mirando el cielo.

         -Recuerden; cómo es un duelo a muerte los pasos que contarán sólo serán veinte. Cada uno podrá disparar un solo tiro, empezando por el ofendido y al oír mi señal. No pueden entretenerse en apuntar, ya que esto sería deshonroso. Si fallan tendrán derecho a un  segundo tiro, cuando les corresponda  y así hasta un tercer impacto. Suerte para ambos.

         Anthony y Allan empezaron a contar pasos... dieciocho, diecinueve y veinte. Entonces, a la señal del juez, se dieron la vuelta.

          Los dos contendientes se pusieron un pie detrás del otro, en diagonal, para ofrecer menos impacto al adversario. Anthony, ejerciendo su derecho, descargó el primer tiro. El impacto fue un mero roce en el brazo izquierdo de Allan. Inmediatamente, este descerrajó su tiro contra Anthony, fallando el blanco.

           Fueron a por un segundo impacto. El pequeño combatiente, volvió a disparar su tiro, exactamente en el mismo sitio del brazo izquierdo de su adversario, causándole otro mero rasguño.

          Esto me hizo pensar que, Anthony podía ser que fuera un gran tirador, pero  no quería acabar con Allan. Pensé todavía más en ello, cuando el ofendido adelantó su pie y puso su cuerpo en horizontal con la máxima disposición a recibir el posible impacto de Allan.

         Éste tiró su disparo e impactó de lleno en el corazón de Anthony. Rápidamente sus padrinos y el juez se arrodillaron junto a la víctima e intentaron detener la hemorragia,  pero no había nada que hacer, estaba muerto.

 

        Nuestra parte, tanto Allan como los dos padrinos, desparecimos rápidamente del lugar. Mejor eludir responsabilidades con la policía.

       No he podido dejar de pensar que el pequeño gran hombre, esta persona que no me caía mal, el perdedor, no habiendo podido aguantar el dolor por lo de su mujer, o quizás por  ser realmente un perdedor, había utilizado a nuestro brillante Allan para que acabara con él. Creo que, por primera vez, el perdedor había conseguido lo que quería y había  ganado la partida a la brillantez.

        

       

 


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