EL LOBO Y CAPERUCITA

Por Federico Rivolta
Enviado el 03/03/2015, clasificado en Terror
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A un costado de la ruta, esperaba una joven cubierta con una caperuza blanca. No había personas ni edificios, solo un denso bosque a cada lado.

Del horizonte emergió un camión, uno de esos con un acoplado capaz de transportar varios camiones en su interior. Cuando el conductor la vio, pisó los frenos como si estuviese a punto de atropellar a un venado:

- Hola, niña. ¿Hacia dónde te diriges?

- Voy a la casa de mi abuelita, vive a unos kilómetros al norte.

El hombre se lamía los dientes mientras la desnudaba con la mirada.

- Sube, preciosa. Yo te llevo.

La niña subió y juntos se dirigieron al norte.

El desenfrenado conductor no cesaba de desviar los ojos de la ruta para contemplar a su bella acompañante. Estaba deseando que volteara hacia él, pues la capucha le cubría gran parte del rostro. Su perfil mostraba las delicadas facciones de un ángel; debajo, la pollera a cuadros no tapaba ni la mitad de los muslos, y unas medias de encaje llegaban justo hasta sus rodillas inquietas. El camionero estaba a punto de aullar de excitación.

- ¿Está haciendo calor, verdad? - dijo mientras se desabrochaba dos botones de la camisa; y entonces un pecho peludo saltó a la vista.

- Sí, un poco - dijo ella -; pero pronto anochecerá.

La voz de la niña le sonó tan infantil que lo hizo salivar:

"¿Tendrá dieciséis años?, ¿quince? Tal vez tenga catorce... o trece, ¡por favor que sean trece añitos!"

El hombre se limpió pasándose la mano por su barba tipo candado, pero la saliva continuó brotando como espuma. Pronto no pudo soportar más las ganas de atacarla y detuvo el camión:

- Sácate la caperuza, niña; quiero verte mejor.

La joven abrió la puerta del vehículo y huyó.

- ¡Qué perra tan grande eres!

El conductor tomó un hacha que tenía bajo el asiento y corrió tras ella.

- ¡Detente o te arrepentirás! - un grito inútil; no es de esperar que alguien deje de huir cuando lo están persiguiendo. Sin embargo, esa vez, ella dejó de correr. La niña quedó petrificada y él se detuvo a pocos pasos.

En medio del bosque la oscuridad era casi absoluta. El hombre miró a su alrededor pero solo logró ver las siluetas oscuras de los árboles. De pronto un ruido lo sorprendió; el de un pájaro que salió volando de entre los arbustos. Era grande, un cuervo tal vez. A medida que transcurrían los segundos, apretaba el mango de su hacha cada vez con más fuerza.

- Oye, niña..., regresemos al camión, ¿sí? Es de noche y nos hemos alejado de la ruta. Te prometo que no te haré daño.

La joven continuaba inmóvil. Él se acercó a ella y tiró de la caperuza blanca, entonces ésta se desató quedándosele en la mano. Las nubes dieron lugar a una brillante luna llena cuando la niña volteó hacia él mostrando un rostro que ya no tenía las delicadas facciones de un ángel; se había convertido en algo más.

Ella saltó encima del lujurioso camionero con los colmillos apuntándole directo al cuello. Lo hizo a una velocidad sobrehumana, sin darle oportunidad de usar el hacha.

Tras devorarlo recobró su forma diurna, y entonces tomó de nuevo la caperuza blanca arrancándola de los dedos del cadáver.

- ¡Mira lo que hiciste! - dijo la niña - ¡La ensuciaste con sangre!

Luego de examinar la prenda por un instante, arribó a una solución:

- Siempre me pasa lo mismo con la sangre de los camioneros..., le pediré a mi abuelita que la tiña de rojo.

 

 


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