LA SANTA INQUISICIÓN

Por cclecha
Enviado el 07/03/2015, clasificado en Intriga / suspense
791 visitas

Marcar como favorito

Llevábamos andando un par de días. Estábamos por las anchas planicies de Castilla, donde la vista se vuelve monocorde con las llanuras. Íbamos agotados, casi no nos sentíamos los pies de tanto andar. Sin embargo, como hombres perseguidos, teníamos que continuar. No nos planteábamos parar en ningún momento.

Delante iba Abraham, con su cuerpo elegante y estilizado. Su cabellera rubia y rizada le caía  indolentemente sobre los hombros. Su figura, por hermosa, se imponía a unos áridos  llanos sin fin, que nos contemplaban desde todos los ángulos.

Detrás, asustados, y vigilando que no nos siguieran, íbamos Baruj y yo, Ezequiel.

Recordaba todo lo que había sucedido; fatalmente no lo podía olvidar. Recordaba, la denuncia -todavía no sabemos de quien- sobre Abraham, en la que aseguraban que éste era un hereje y que profesaba devotamente la religión judía. Tampoco olvidaba cuando, estando yo presente, se personaron en casa de nuestro amigo los soldados, acompañados de aquel desagradable cura, y se lo llevaron encadenado.

Yo sabía lo que ocurría cuando la Santa Inquisición se llevaba a un judío para que confesara: sencillamente lo torturaban hasta que renegaba de su fe, o desaparecía sin ninguna protección legal. Así que, cuando se llevaron a Abraham, los seguí y me quedé vigilante en las afueras de la mazmorra.

Mi alegría fue inmensa cuando vi, horas más tarde, que la puerta del calabozo se abría tímidamente, antes de que anocheciera, y aparecía Abraham. Ni que decir tiene que nos fuimos a todo correr de allí.

Será mejor que utilice los recuerdos de mi amigo, que son de primera mano, para contar la historia tal cual la vivió. Abraham explicó:

                "Cuando llegué a prisión me metieron directamente en la sala de torturas, allí me desnudaron dos verdugos, dejándome un trapo minúsculo para cubrirme las vergüenzas, me pusieron un grillete con cadena al cuello y me obligaron a esperar al sacerdote que había venido a mi detención y que, en aquel momento, estaba en su alcoba.

Desde mi desfallecida posición pude ver la ignominiosa estancia: paredes de piedra sólidas y húmedas, sin ningún adorno salvo infernales máquinas apostadas a escasos metros unas de otras. Allí vi, con muchísimo temor, angustia y miedo, el potro de tortura, cuerdas con poleas colgadas del techo para efectuar el péndulo o la garrucha, en un banco, como de carpintero, aparecían artículos de hierro de todo tipo para fracturar los dedos, para abrir la boca o genitales, tenazas varias...  también había un sillón de madera en que te  ataban con correas y, lo peor de todo, entre dos paredes, al lado de una reja que hacia las funciones de ventanuco,  aparecía majestuosa la doncella de hierro: una figura de hierro del tamaño de una persona, con púas de hierro en su interior.

Ni que decir tiene que me sentí desfallecer. Naturalmente, no me importaba nada confesar lo que fuere con tal de no vivir ninguna de aquellas atrocidades.

Mientras mi mirada se iba detrás de unas ratas y unos insectos asquerosos, se abrió la puerta de la sala y apareció el desagradable cura.

- Me llamo Ambrosio y soy amigo, y discípulo, de Tomás de Torquemada. Soy dominico como él. No hace falta decir que mi  lema es la virtud,  lo austero y lo inflexible.

                No me atreví a decir nada y permanecí en silencio. Inmediatamente él dio las instrucciones pertinentes a sus verdugos:

- Sacadle los grilletes y ponedlo en el potro de tortura.

Mientras me colocaban en el potro, estirándome al máximo los pies y las manos para desgarrarme las articulaciones, tuve el tiempo justo para fijarme en mi torturador. Vi a un hombre  bajo, enjuto, de rostro afilado, mejillas hundidas y ojos inquietantes. Su calva, ribeteada por una franja de pelo, como una corona, destacaba su infernal aspecto. Añadió:

                - Todavía no  le hagáis nada, antes tengo que hablar con él- prosiguió-. Ya sabes que estás aquí por hereje, por no abrazar la verdadera fe. Cristo nos ha marcado el camino y tú no le has escuchado. Si no reniegas de tu fe y adoptas la fe católica, te espera un mundo lúgubre, del que no hay salida. ¿Qué tienes que decir?

- ¡Oh, excelencia! Nada más lejos de mi intención que abjurar de la fe católica. Yo simplemente veo la religión como algo necesario en todas las personas. Yo creo que Dios, y lo absoluto, se manifiestan  en todas las religiones; hay algo de bueno en cada una de ellas. Según donde hayas nacido has recibido una religión u otra pero, en el fondo, todas ellas se hunden en los albores del tiempo. Todas ellas beben de lo mismo, de un pasado remoto.

- Bien, hijo, ya veo que, por mucho que hablemos, no nos entenderemos. De fe verdadera, y de religión verdadera, solo hay una; la católica. Eso es lo que has de entender.

Mientras decía esto iba recorriendo con sus malsanos ojos la extensión de mi cuerpo. Su mirada oscura, ambigua y torva, pasó a abrumarme. Entonces, de improviso, deslizó un crucifijo que llevaba colgado en el pecho por mi cuerpo y dijo a sus ayudantes:

- Salid un momento de la estancia, tengo algo que decirle al acusado.

Cuando los verdugos hubieron salido el cura empezó a pasar sus huesudas manos por mi cuerpo, desde el rostro, hacia el pecho, deteniéndose en mi vientre y, haciendo un esfuerzo por saltar el ridículo trapo que tapaba mis vergüenzas, pasó hacia mis piernas y pies. Entonces dijo:

- Hablemos sin caretas. Nuestras posiciones están demasiado alejadas como para que se encuentren. La batalla puede ser muy larga y dura. Es probable que tú te pudras aquí dentro, y mientras, yo tendré que ver tu cuerpo, un día sí y otro también. La blancura de tu piel y la buena proporción de tus miembros me cortan la respiración. Estoy seguro de que Satán ha entrado en ti para seducirme y turbarme, y eso no lo voy a permitir.

Mirándome con lascivia, añadió:

 - La mejor solución que hay, en pro de mi virtud y mi paz interior, es que no me vea obligado a verte más. Para ello sólo se me ocurre la opción de que escapes.

Yo estaba callado y temeroso, como las piedras de los muros que me rodeaban. Le dejé continuar.

- Me sabe mal tener que prescindir de ti - dijo pasando la mano por mi cabellera- eres como Lucifer: brillante, portador de la luz y de la belleza. Todo esto era antes de convertirse en un ángel  caído, en un verdadero Satanás. Pero no quiero luchar contra ti, puesto que la lucha sería incierta. Te desataré las manos y los pies y dejaré la puerta abierta.  En cuanto a  la guardia del corredor, me la llevaré un momento a mi despacho para darle instrucciones. Cuenta hasta trescientos antes de salir y piensa que, o escapas, o eres hombre muerto."

Ya he explicado todo lo que me contó Abraham, lo relevante del caso. La belleza  del cuerpo de mi amigo, incomprensiblemente, le salvó en una horrible situación espiritual. El cuerpo ayudó al alma de Abraham.

Veo a mi amigo con la vista fija hacia adelante, hacia Portugal, donde no hay Inquisición y la intolerancia todavía no ha entrado.


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... MiPlacer.es
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com