ENCADENADA (PARTE 2 DE 2)

Por cclecha
Enviado el 31/03/2015, clasificado en Fantasía
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En los jardines de la villa, al lado de unos rosales y de una estatua de Afrodita (una copia romana de la original de Praxiteles), Flavia y Patricia comentaban todo lo relacionado con el  asunto sentimental de su señora:

- Me sabe mal que la señora no supere la partida de Ursus -dijo Flavia-. Esto no le hubiera pasado si fuera más libertina y varios hombres la rondaran. Ha monopolizado todo su amor en un solo hombre y así le han ido las cosas...

- Además -se apresuró en añadir Patricia- la señora ha demostrado que no tiene ninguna experiencia con los hombres; se ha mostrado natural y sincera en sus sentimientos, cuando se tenía que haber comportado de manera esquiva, ambigua y difícil. Hay un dicho en nuestra tierra que dice "si mucho quieres, no te querrán".

- Estoy completamente de acuerdo contigo, -contestó Flavia- el papel de mujer es hacer difícil lo que ellos quieren, y así conseguir que te valoren; nada fácil tiene importancia. Julia invirtió los papeles de las relaciones mujer-hombre, se entregó espontáneamente por sus sentimientos hacia Ursus, sin pararse a especular y a estudiar la complejidad de las cosas. Nosotras nos debemos a los futuros hijos que podemos tener, y no a amores utópicos. Entiendo que te puedas encandilar de un cuerpo, y puede que también de un alma, si bien creo que esto es cosa  de los espíritus superiores, no es nuestro caso, que insisto, debemos tener una postura más práctica.

- La realidad es que Ursus estuvo una sola vez con la señora y ésta ya quedó hechizada  por él. La desgracia fue que ese hombre tuviera una naturaleza impregnada por la noción de libertad... un espíritu volátil que no admitía ninguna cadena, aunque fueran cadenas de azúcar, de afecto y comodidad. Para él, las cadenas de amor resultaban tan pesadas  como las de plomo.

- Así dices que, cuando Espartaco, el esclavo gladiador, pasó por las cercanías de nuestra villa con sus sublevados, Ursus se unió a ellos de inmediato. No se planteó en ningún momento el continuar llevando unas cadenas cómodas, impregnadas de amor, y las cambió de inmediato por una libertad quimérica.

- Pobre señora... pero no seamos negativas... ¿Te has fijado cuando el padre de la señora, el senador Craso, la visita con otro senador mucho más joven?

- Claro que me he fijado. ¿Te refieres a ese senador de toga blanca, ribeteada en sus extremos de rojo, con un broche de oro cerca del hombro, que le recoge los pliegues de la túnica y que la devora con la mirada?

- Sí, supongo que nos referimos a la misma persona. Si bien, como hombre reconozco que no es capaz de levantar pasiones en ninguna mujer, su físico no es precisamente deslumbrante, pero como me decía mi madre: "nena, nunca te fijes en ningún hombre que no sea de tu condición social, económica y de cultura; si es posible que viva cerca de ti y en tu misma comunidad, que lo conozcamos a él y a su madre... ya me entenderás de mayor". Desde luego, ahora la entiendo y creo mucho en estos matrimonios arreglados por las madres, no tanto, por no decir nada, creo en los amores a primera vista y regidos por una pasión poco regulable que, normalmente, después de pocos días, están abocados al fracaso. Bueno... no seamos tan insensibles... las penas del desamor son de las más horribles que puede sufrir el ser humano. En fin, pobre señora... nuestra obligación  es ir a hablar con ella.

- Sí. Vamos a hablar con ella, a ver qué podemos hacer.

 

 

      


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