¡YA TENGO COMPAÑERA!

Por cclecha
Enviado el 19/04/2015, clasificado en Terror
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Mañana, por la tarde-noche, doy un concierto de guitarra en la iglesia de Santa María del Pí; del gótico catalán, bellísima y de reducidas dimensiones, que hace de su sonoridad una verdadera joya.

He reservado habitación en un hotel que está justo allí al lado, en la plaza.

Cuando llego al hotel, en recepción, encuentro a una pareja de jóvenes enamorados que, en un mar de besos y arrumacos, están ultimando su alquiler de una habitación en el hotel. Les hacen entregar un carnet de identidad, firmar, y les piden esperar un momento, mientras me atienden a mí. Conmigo hacen lo mismo y, solventados los trámites, un botones nos acompaña a nuestras habitaciones, ambas en la misma planta.

El  botones abre la habitación a la pareja, mientras el joven que va con la chica le pide que regrese un poco más tarde, sobre las 10, con una botella de cava brut. Acto seguido, me abre mi habitación y me desea buenas noches.

Ya dentro de la habitación, contemplo el estuche regio de mi guitarra, lo abro y me dispongo a repasar el repertorio de mi concierto, que es lo que suelo hacer el día antes.

Cuando tengo la guitarra entre las manos, sonrío al acariciar sus formas redondeadas, como de mujer. La guitarra me hace compañía... tengo que decir que no tengo ninguna novia o mujer que me acompañe; la soledad me corteja con sus devastadoras consecuencias. Esto me condiciona y me turba, si bien mi naturaleza, de natural tímida, me ha llevado a este estado.

Sea como fuere, gracias a la música, mi proyecto vital está realizado: no sé qué sería de mí sin ella. Saco, satisfecho, mis partituras de música: Carulli, Sors, Gaspar Sanz, Tárrega, dos transcripciones de J.S.  Bach... Empiezo a reproducir, paso a paso, mi concierto, pero un ruido perturbador de la habitación contigua me impide concentrarme en mi tarea. Un jolgorio exagerado de risas, gemidos, frases de amor... y, para colmo, el ruido constante del somier de la cama, que estaba recibiendo una actividad desacostumbrada, hace que no pueda fijarme en las partituras... esto me saca de quicio, ya que yo no tengo compañera.

Como el follón continua, y no tiene visos de acabar, me dirijo, enfadado, directo a la pared de la habitación y le descargo cuatro golpes violentos a mano abierta... el jolgorio continua y yo vuelvo a realizar la misma operación, más enfadado: otra vez los cuatro golpes, si cabe todavía más violentos...

Entonces, oh, casualidades de la vida, no se escucha nada. Parece que mi súbito enfado ha tenido efecto y la pareja ha optado por la discreción. Enseguida vuelvo a mis partituras, toco brevemente, pero me doy cuenta de que una ligera somnolencia me pide que descanse momentáneamente, y me lleva hacia la cama a cerrar los ojos por unos instantes. Con los ojos cerrados, pronto, y sin darme cuenta, caigo en un sueño muy placentero. En este sueño, una mano (yo, al ser guitarrista, entiendo de manos y sensibilidades) fina y helada, me recorre el rostro, examinándome, así como los labios, recorriendo sensualmente mi boca y deslizándose suavemente hacia abajo, hacia mi cuerpo... primero a mis hombros y a mi pecho, luego se para en mi abdomen y mis caderas... excitándome cada vez más... aquella mano suave y fría, seguro que femenina por su textura,  poco a poco me estaba volviendo  loco...

Entonces, las desgracias de los imprevistos, o de las circunstancias, sucedieron: unos golpes contundentes en la puerta de mi habitación; Toc...Toc...Toc.... me despertaron.

Me levanté, alisándome el pelo y arreglándome las ropas, que creía desordenadas por el sueño que había tenido, y me dirigí a abrir la puerta.

Solo abrir la puerta, un individuo alto y desgarbado, con una gabardina que le venía grande, me enseñó una placa acreditativa de inspector y se introdujo en mi habitación, acompañado por el botones que ya conocía.

- Perdone que le moleste, pero estamos preguntando a los huéspedes de todas las habitaciones de esta planta si han escuchado algo en la habitación contigua a la suya... Le explico; hace un rato, cuando el ordenanza se personó en la habitación con el cava que le habían pedido, y como no le contestaba nadie y no se oía ningún ruido, abrió la habitación, entró y se encontró a la pareja, desnuda, en la  cama y muerta. Todo este suceso es muy extraño, pues no han signos de violencia, ni restos de drogas o somníferos... simplemente tenemos a dos personas muertas, jóvenes, y no entendemos ni de lejos lo que puede haber sucedido. ¿Ha escuchado algo que nos pueda ayudar en el caso?

Yo estaba turbado, le expliqué las risas y ruidos de amor que habían precedido a  su muerte, los golpes en la pared y el silencio posterior... yo, como el inspector, era incapaz de hilvanar cualquier teoría.

El detective, rascándose la cabeza, dio a entender su extrañeza del caso y añadió:

- Como ya tenemos sus datos en recepción, si es necesario,  le avisaríamos.

Se fue con el botones a otra habitación. Yo, nervioso y alterado por la noticia, dejé mi guitarra para mejor ocasión y me estiré a descansar en la cama. Naturalmente, tenía el pulso agitado y los ojos como platos y, desde luego, era incapaz de conciliar el sueño y relajarme.

Me preocupaba una cosa... sabía que me habían molestado profundamente los ruidos previos a la muerte de los jóvenes. ¿Habría tenido yo algo que ver con la muerte de la pareja? O más bien, ¿podría la mujer de mi sueño, viéndome nervioso por los sonidos, haberme complacido hasta tal punto de suprimir los ruidos que me molestaban, y matar a los enamorados? No, creía más bien que esto eran disquisiciones mías; el amor de ultratumba no podía actuar así... más, de repente, algo me hizo dudar. A mi lado, el colchón tenía una forma, un socavón, como si un cuerpo estuviera yaciendo allí. Inmediatamente sentí un frio helado a mi lado. Yo empalidecí y tragué saliva... una mano fría y delicada, que no conseguía ver, volvió a recorrer  todo mi cuerpo  y a excitarme. Otra vez se ponía en marcha el ritual del amor... Yo estaba asustado y el pánico me mantenía inmóvil. Aquella presencia congelada, viendo que ningún ruido de la otra habitación me distraía, y pensando que estaba complacido, me empezó a quitar la ropa...


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