El corazón de Gaia

Por Ruben Mozo
Enviado el 18/05/2015, clasificado en Ciencia ficción
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Londres, cinco de septiembre de 2015. Las calles están desiertas. Esta había sido una ciudad donde su población, incluyendo el área metropolitana, llegó a alcanzar los tres millones de habitantes. Ahora solo hay polvo, montones de hojas secas y basura acumulada que el viento ha arrastrado hacia  esquinas y callejuelas. La temperatura es de diez grados bajo cero, cuando todavía no ha finalizado el verano, es una ciudad fantasma.  A mediados del siglo veinte los expertos vaticinaron grandes problemas de sobrecalentamiento de la atmósfera por el calentamiento global, pero nunca llegaron a imaginar que las consecuencias de este calentamiento fueran una nueva glaciación y un reajuste total y global del clima planetario. La vida como la conocemos en la Tierra, no volvería a ser igual.

Los científicos dijeron que era debido al cambio climático, que provocaba desviaciones en el clima. Esta vez la desviación había sido hacia el margen inferior de temperaturas. No podían estar más equivocados. Lo que realmente estaba sucediendo era solo la punta del iceberg, los primeros síntomas de un cambio a gran escala que estava empezando a suceder.

El culpable de ese cambio de clima era en realidad la corriente termohalina, o más conocida como corriente del golfo, grandes masas de agua caliente y dulce que continuamente impulsan agua templada hacia las regiones polares, permitiendo que el clima el latitudes elevadas sea mucho mas habitable de lo que tocaria por su situación greográfica. El problema es que la cinta transportadora oceánica ese año se detuvo, y lo hizo del todo. Las consecuencias fueron fatales para la habitabilidad de Europa del Norte.

El verano de ese año fue muy extraño. No hizo ni un atisbo de calor. En el Reino Unido la gente espera la época estival para salir al aire libre y desquitarse de todos los meses de reclusión dentro de sus casas y trabajos. Son unos meses muy duros, tiempo normalmente nublado, el sol pasa muy bajo, raramente se deja ver. Ese verano salió el sol, como es costumbre, pero hizo frío.

Michael y Daniela están solos. Todo el mundo abandonó el país cuando se supo que el cambio era irreversible, cogieron sus enseres, vehículos y fueron hacia el sur en busca de latitudes mas agradables donde continuar con sus vidas. Los movimientos migratorios dieron un giro de 180 grados. Pasaron de sur a norte al revés. La población del primer mundo europeo pasó a ser inmigrante de países africanos. Ellos no, decidieron quedarse en su ciudad, en su país. Son una pareja joven, sin hijos, y fuertes. Saben que no será fácil adaptarse a la nueva situación pero están decididos a intentarlo.

Hoy es miércoles, quince de septiembre, hace justo un mes que los gobiernos decidieron hacer pública la noticia. Michael decidió quedarse en su casa. Lo primero que hicieron fue asegurar la casa. Ventanas y puertas, luego fue el tejado, había que reforzarlo para aguantar el peso de posibles grandes nevadas. Lo siguiente que realizaron fue acopio de alimentos y agua.  Michael ha planeado para hoy ir a buscar combustible para la chimenea de casa. Había estado toda la noche pensando donde podría ir a buscar leña, debía ser leña seca, no podía simplemente cortar un árbol ya que ésta no ardería. Recordó que a un par de quilómetros de su casa había una empresa maderera, donde preparaban listones para muebles. Era madera muy seca, y en grandes cantidades, pero tenía miedo de encontrase con alguien por el camino, era peligroso andar por las calles cuando no había seguridad y escaseaban los recursos. Pronto recordó que un poco más cerca y alejado del centro urbano un joven tenía un pequeño solar, con sacas de encina para vender, que con un poco de suerte estarían allí abandonadas.  Cogió su todo terreno, de la marca japonesa Nissan, viejo, pero que le infundía la seguridad mecánica de un coche nipón. Más adelante se debería preocupar de buscar diesel para él. Realizó con gran sigilo el poco más de un quilómetro hasta el terreno, llenó el amplio maletero de leña y volvió.

Daniela se había quedado en casa realizando varias tareas, entre ellas la comida, descargaron dentro los troncos, y almorzaron. Esa noche ya cenarían caliente.

Nuestra pareja no sabía que ese invierno sería el primero de una larga vida de inviernos extremos. Su vida a partir de entonces se parecería más a la de los mongoles de la estepa siberiana, muy diferente a la vida occidental que tenían hasta hace poco más de dos meses.


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