EL NOVIO DE LA MUERTE (4 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 08/06/2015, clasificado en Terror
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5

Aquel día Gabriel se sentía especialmente contento. No experimentaba una felicidad igual desde hacía mucho tiempo. Cuando se levantó por la mañana, una sonrisa de oreja a oreja decoraba su demacrado rostro. En los últimos meses había perdido mucho peso. Apenas comía, y casi no dormía. Su obsesión se había convertido en el eje de su vida.

Sin previo aviso, había dejado de ir a trabajar. Ya casi no veía a sus padres. En cambio, dedicó todo su tiempo a una búsqueda poco fructífera.

Primero pasó largas noches en cementerios. Tras una semana sin obtener más resultado que dos detenciones por invadir un recinto privado, Gabriel llegó a la conclusión de que allí no la encontraría. La Muerte trabajaba con moribundos, y allí todos llevaban muertos mucho tiempo.

Siguiendo esa línea de razonamiento, comenzó a visitar hospitales. Gabriel maldijo la medicina moderna, ya que los decesos en los hospitales eran mínimos y difíciles de predecir. En dos meses solo había conseguido ver morir a dos personas, y ambas en la distancia y rodeadas por sus seres queridos. Y en ninguna de las dos ocasiones puedo ver con claridad al objeto de su obsesión.

Pero eso iba a cambiar esa misma mañana. Por eso estaba tan contento.

Después de un copioso desayuno se dio una buena ducha y se afeitó la descuidada barba, que llevaba semanas sin retocarse.

Sí, aquel día prometía ser realmente especial. Llevaba mucho tiempo esperándolo.

Salió del motel de carretera donde estaba alojado y se internó en un bosquecillo que había un kilómetro más al sur. La zona era ligeramente montañosa, y Gabriel comenzó a ascender. Casi una hora después llegó a su destino: una destartalada cabaña.

Era una cabaña que habían utilizado los cazadores de la zona para protegerse si les sorprendía una tormenta en plena cacería. Gabriel y Miguel la habían visitado cuando eran pequeños, cuando ambos acompañaban a su padre a cazar. Pero desde que la zona fue catalogada como reserva natural, la cabaña había caído en desuso y era prácticamente una ruina.

Con cierto esfuerzo, Gabriel consiguió abrir la puerta de entrada. El interior estaba sucio y desordenado. Todas las ventanas estaban rotas, los cristales esparcidos por toda la estancia. El suelo estaba cubierto por una espesa capa de mugre, mezcla de polvo, barro, hojas secas y excrementos de animales.

Pero una zona se veía limpia. Era la huella de algo que había sido arrastrado, desde la entrada hasta otra puerta, al fondo de la estancia, y que en aquellos momentos estaba cerrada. Gabriel se dirigió con determinación hacía aquella puerta y la abrió sin más preámbulos.

En su interior había dos hombres, atados de pies y manos y amordazados. Los dos tenían un aspecto sucio y desaliñado. Desprendían un fuerte olor, producto de la grave falta de higiene que conllevaba la indigencia. Félix y Ramón, los pobres infelices, habían sido engañados por Gabriel con la promesa de una comida caliente si le ayudaban en un trabajo. Ambos cayeron en la trampa, y ahora se encontraban en una situación de la que no guardaban esperanzas de escapar.

Uno de los hombres intentó decir algo, pero la mordaza amortiguaba las palabras, volviéndolas ininteligibles.

- Lo siento, Félix -se disculpó Gabriel con él, luego se dirigió al otro-. Lo siento Ramón. Os juro a los dos que yo nunca desee hacer esto. No soy mala persona. Pero no tengo más remedio que hacerlo si quiero volver a verla. Y creedme, no hay nada en este mundo que desee más que volver a verla.

A pesar de que las palabras de Gabriel eran sinceras, no resultaron de mucho consuelo a sus dos víctimas.

Obligó a uno de los dos a levantarse y lo empujó afuera de la cabaña. No importaba mucho que lo que iba a hacer sucediera en el interior o en el exterior, pero Gabriel prefería hacerlo fuera. Le parecía un lugar bastante hermoso. Además, no creía apropiado sacrificar a Félix delante de Ramón. Suficiente mal trago le estaba haciendo pasar como para obligarle a contemplar lo que, sin lugar a dudas, también era su destino.

- Lo siento, Félix -repitió Gabriel, acercando sus labios al oído de su víctima.

Un cuchillo se clavó en el vientre del vagabundo, que aún seguía atado y amordazado. La sangre, bastante más oscura de lo que Gabriel había imaginado, resbaló por el mango del cuchillo, empapándole la mano que todavía sujetaba el arma. Extrajo la hoja para volver a clavarlo de nuevo. Cuando volvió a sacar el cuchillo, dejó que Félix se desplomara en el suelo. Gabriel se sentó en el suelo, junto a la puerta de la cabaña, esperando.

Confiaba en que las puñaladas resultaran mortales, pero esperaba que no fueran instantáneas. El resto de las muertes de las que había sido testigo habían sido acompañadas de una dolorosa agonía, y ahora intentaba reproducir las mismas condiciones que había observado en otras ocasiones.

Respiró tranquilo cuando vio que Félix se movía, intentando levantarse a pesar de seguir maniatado. Eso era señal inequívoca de que todavía seguía vivo. Más alivio sintió cuando lo vio rendirse y dejarse caer al suelo. Vio cómo su agitada respiración se iba ralentizando, como se le escapaba la vida con cada exhalación. Gabriel no pudo dejar de emocionarse al ver que se acercaba el momento.

Comenzó a mirar en todas direcciones, deseoso de encontrar a la muchacha. Se levantó del suelo y recorrió la zona, pero sin llegar a alejarse del cuerpo casi muerto de Félix. Se acercó al moribundo, con la ira creciendo en su interior. ¿Cómo era posible que no apareciese? Le dio la vuelta al cuerpo, dejándolo boca arriba.

En ese momento se dio cuenta. Vio como las pupilas de aquellos ojos azules, que solo reflejaban terror, se dilataban sin dejar apenas rastro del iris.

- ¿Por qué lo has hecho?

La voz sobresaltó a Gabriel. Con la piel de gallina y el vello erizado a causa de la emoción, se giró lentamente, saboreando aquel instante tan esperado.

- Sabía que vendrías -dijo Gabriel con apenas un hilo de voz.

La muchacha, la Muerte, se encontraba delante de él, apenas a un metro. El vestido de gasa, a pesar de rozar el suelo, no arrastraba la hojarasca. Como de costumbre, sus labios destacaban en el blanco rostro, pero sus ojos no mostraban tristeza ni sorpresa. En la mirada se podía leer reproche.

 

 

 

----CONTINÚA----


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