EL NOVIO DE LA MUERTE (5 de 5)

Por George Peterson
Enviado el 08/06/2015, clasificado en Terror
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- ¿Por qué me miras así? -quiso saber Gabriel-. Solo quería volver a verte, hablar contigo. Estar juntos los dos.

- ¿No lo entiendes? -respondió la Muerte sin apenas alzar la voz-. Yo no pertenezco a este mundo, no deberías siquiera poder verme. ¿Cómo pretendes que este contigo?

Gabriel no supo que responder. Ser rechazado de una forma tan fría lo había desarmado por completo. Si ella no lo aceptaba, ¿qué sería de él?

- ¡Yo te amo! -gritó cuando vio que ella se agachaba para tocar el cuerpo de Félix.

La muchacha no le hizo caso. Acarició levemente el rostro del moribundo. Sus pupilas se encogieron y convirtieron en diminutos puntos negros en el instante en que dejó de vivir. Luego el Ángel de la Muerte desapareció.

Sin darse por vencido, Gabriel entró en la cabaña. Agarró al otro vagabundo y lo arrastró al exterior mientras se debatía con todas sus fuerzas. Cuando consiguió sacarlo, y antes de que Ramón viera el cuerpo sin vida del que había sido su compañero, Gabriel le paso el cuchillo por la garganta. Apenas tardó treinta segundos en morir. La sangre formaba pompas alrededor del cuello, justo por donde se había abierto paso el cuchillo.

Gabriel no se podía mantener quieto. Caminaba de un lado para otro, apartando la vista del moribundo solo para ver si la muchacha había vuelto a aparecer. No tardó en hacerlo.

- ¿Por qué lo haces? -volvió a preguntar la mujer-. Nunca conseguirás lo que quieres. ¡Está fuera de tu alcance!

- ¡Seguiré haciéndolo hasta que estemos juntos! -gritó Gabriel, al borde de perder los papeles-. Si esta es la única manera de poder verte, que así sea. ¡Pero nunca me rendiré!

Por primera vez desde que la conocía, el Ángel de la Muerte dejó de lado su misión. Se alejó del cuerpo de Ramón y se acercó a Gabriel. En su rostro, también por primera vez, se dibujaba un atisbo de sonrisa. Gabriel alargó una mano para acariciarle el rostro.

- ¡No! -se apartó la muchacha.

- ¡Yo te amo! -sollozó Gabriel-. Te amo más que a nada en este mundo.

La muchacha hizo ademán de acariciarle, pero mantuvo su mano a una distancia prudencial.

- Es imposible -sentenció-. Me gustaría poder amarte, pero no puedo. Soy el Ángel de la Muerte, la encargada de acompañar las almas desde este mundo al otro. Cualquier sentimiento humano me es ajeno.

Gabriel se dejó caer al suelo. Lloraba amargamente, sentía un dolor superior a cualquier tortura. Al fin pareció darse por vencido, dispuesto a concederle la razón a la muchacha.

El Ángel de la Muerte se acercó al cuerpo del segundo vagabundo, dispuesto a cumplir con su cometido.

- ¿Puedo pedirte algo? -dijo Gabriel, que acababa de levantarse y se acercaba a la muchacha-. ¿Una última cosa?

La muerte pareció dudar durante un instante. Finalmente se incorporó y se encaró a Gabriel.

- Bésame -pidió.

- No.

- Tengo que besarte -suplicó, con las lágrimas de nuevo aflorando a sus ojos.

- Sabes que no puedes.

- Y tú sabes que tengo que hacerlo. Me lo debes.

- Yo no te debo nada.

Durante unos instantes se hizo el silencio. Finalmente, ella acercó su rostro hacia el de él. Ambos cerraron los ojos. Sus labios se juntaron.

Gabriel se sintió realmente feliz en aquel momento. Era la última oportunidad que tenía para convencer a la muchacha de que sí era posible que estuvieran juntos. Fue el beso más dulce y tierno que había dado en su vida.

Aunque en un principio había albergado dudas sobre si funcionaria, ahora estaba convencido de que siempre había tenido razón y que ambos estaban hechos el uno para el otro. Se sentía tan feliz, besando a la mujer que tanto había amado durante los últimos meses, que notaba el corazón a punto de explotar.

Pero no era el corazón lo que comenzó a dolerle. Los labios, la lengua, las mejillas. Un frío intenso le fue invadiendo poco a poco la boca. No podía respirar. El aire le desgarraba la nariz y la garganta, sin llegar a los pulmones. Notaba como la piel de la cara comenzaba a arderle.

Intentó separarse de la Muerte, dar por finalizado el beso, pero no pudo. No porque ella no le dejase, sino porque su cuerpo no reaccionaba. Y lo peor de todo es que era consciente de lo que le pasaba a cada centímetro de su cuerpo, sensible a cada milímetro de dolor.

Los ojos le escocían como si le hubieran vertido agua hirviendo. Notaba como sus entrañas se removían en su interior, como el estómago se agujereaba y como las tripas se entrelazaban. El corazón palpitaba tan deprisa que en cualquier momento parecía que pudiera estallarle. Sentía en sus venas la sangre fría como el hielo, pero que le abrasaba como si fuera ácido.

El dolor en todo el cuerpo era insufrible. Gabriel comprendió que no solo se estaba muriendo, sino que cada célula de su cuerpo, cada parte de su ser, estaba siendo destruida por el aliento del Ángel de la Muerte.

Las piernas le fallaron y cayó al suelo, aunque no fue consciente de ello. No sentía nada más que dolor. Su cerebro ya no funcionaba, solo era sensible al tremendo sufrimiento. Ni el odio, ni el amor, ni la tristeza tenían ya cabida. Ni siquiera el deseo de la muerte como punto final.

Pero finalmente llegó. La nada absoluta. Ni dolor, ni sentimientos, ni consciencia. Absolutamente nada.

 

6

El Ángel de la Muerte acercó los labios a los del chico. Albergaba la esperanza de que no ocurriera nada, pero en el fondo sabía lo que sucedería.

Apenas sus bocas se rozaron, notó como le absorbía la vida. El simple tacto de su piel era suficiente para llevarse el alma de una persona, pero su aliento era mil veces más poderoso. En un solo instante, dejo el cuerpo de Gabriel sin vida.

Se alejó un par de metros del cuerpo inerte, sintiendo la misma pena que sentía por cada alma que recogía. Le hubiera gustado llorar, como cada vez que tenía que realizar un trabajo, pero sabía que no lo haría. En toda la eternidad no había derramado una sola lágrima, y aquella no sería la primera vez.

Sin volver a pensar en el muchacho, se giró sobre sí misma y vio al hombre desaliñado que había sido degollado. Lo miro fijamente, sintiendo una enorme tristeza en su interior. Dio dos pasos para ponerse junto a él. Dobló ligeramente las rodillas y posó su mano sobre un hombro. Notó como el alma del hombre era absorbido por su cuerpo. Luego, el Ángel de la Muerte cerró los ojos y desapareció.

 

 

----FIN----


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