Un sueño

Por Anita951
Enviado el 06/08/2015, clasificado en Adultos / eróticos
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Desperté repentinamente a eso de las 3:17AM. Me levanté y me dirigí a la cocina por un vaso de agua. Caminando por los oscuros pasillos de mi apartamento sentí un escalofrío, como si no estuviera sola en casa. Finalmente, llegué a la cocina y me serví un buen vaso con agua. La frialdad del agua heló mi garganta y me reanimó un poco de mi inesperado despertar. Me tomé toda el agua y salí de la cocina, un poco asustada por la oscuridad y la soledad del apartamento. Sentí un gran alivio al llegar a mi cama. Me acomodé de costado cubriéndome con las sábanas y cerré los ojos. Pero no pude dormir.

Volví a sentir aquel escalofrío que momentos anteriores recorrió mi espalda al atravesar los oscuros y solitarios pasillos. Dí varias vueltas en la cama, aún sin poder dormir. Me senté en la cama con las piernas cubiertas por las sábanas. Recorrí mi habitación con la mirada. Apenas estaba iluminada por los rayos de la luna. Mi mirada se detuvo en un rincón de la habitación. Y allí lo vi. Iluminado apenas por la luz de la luna que traspasaba mi ventana había una figura humanoide parada en aquel rincón de mi habitación. No pude ver su rostro ni nada, pero un gran miedo me invadió. Aquella figura me hizo una seña para que me calmara, y lentamente se iba acercando a mi cama.

Se quedó de pie frente a la ventana donde la luz de la luna tiraba sus rayos. Las facciones de aquella figura pronto comenzaron a surgir. Era Juan, mi compañero de clases de la universidad, y el chico con el que soñaba y, de vez en cuando, me masturbaba imaginando lo que sería pasar una noche junto a él. Es un hombre alto, con su enloquecedora piel morena, ojos oscuros, profundos y cautivantes, con los labios más sensuales que la naturaleza pudo proporcionarle a un hombre, cuerpo atlético y bien formado, de hombros y espalda anchos y cintura estrecha. Estaba completamente desnudo, con su sexo bien erguido, apuntando directamente hacia mí, dejándome claro lo que estaba a punto de suceder allí. Mi miedo se transformó en excitación cuando el cuerpo de Juan se apoya al ras de mi cama, sin quitar sus ojos de mi cuerpo.

No sé cómo ni cuándo entró a mi casa, y realmente no me importaba. La verdad es que hace algún tiempo he llegado a soñar con que eso pasara, y finalmente, está pasando. Apartó las sábanas que cubrían mis piernas y comenzó a acariciarlas suavemente. Sus manos grandes, fuertes y cálidas calentaron mis piernas al contacto. Fue subiendo lentamente sin apartar sus manos hasta que nuestros rostros quedaron frente a frente. Me besó adrede en los labios, invadiendo con su lengua el interior de mi boca. Nuestras lenguas se encontraron y revolvían entre sí con locura, con hambre, con deseo. Un deseo que esporádicamente asaltaba mi mente en todo momento: en clase, en una reunión familiar, en una salida con amigos, y como no, en mis momentos de soledad. Un deseo que al fin sería liberado, y saciado.

Se apartó de mis labios para desnudarme, abriendo el camisón de dormir que impedía que sus manos llenaran cada centímetro de mi cuerpo. Ya desnuda, me tomó por las caderas y me acostó en la cama, quedando a merced de él bajo el peso de su cuerpo. Encerró mi lóbulo derecho en sus labios, succionando y apretando los labios un poco fuerte. Me estremecí al sentir el contacto de sus tibios y carnosos labios. Me sentí pequeña, dominada, presa bajo el pesado cuerpo de mi inesperado amante. Entretanto, se acomodó entre mis piernas y comenzó a menear las caderas de un lado a otro, de arriba a abajo, haciéndome sentir su duro miembro en mi delicado sexo, el cual estaba abundantemente húmedo. Agarró su miembro y masturbó mi clítoris con su glande. Lo hacía girar en torno a la entrada de mi vagina, torturándome deliciosamente, desesperándome cada vez más. Lo sentí palpitar y humedecer, desesperado por entrar en mí y hacer realidad lo que tanto he anhelado.

Puso el tronco de su miembro entre los labios de mi vagina, rozando con mayor firmeza todo el cuerpecito de mi clítoris. Una vez más sus caderas se movían de arriba a abajo, simulando el movimiento de penetración. Respirábamos lenta, entrecortada y profundamente; nuestros ojos se encontraron repentinamente. La mirada de aquel hombre expresaba lujuria, deseo, ganas de romper, de saciar, de hacerse paso... Y la mía expresaba ansias, desesperación, ganas de ser vencida, de acabar con estas ganas que me atormentaban a cada instante.

Como si supiese exactamente lo que yo quería, recorrió con su lengua el resto de mi cuerpo. Propinó gentiles caricias a mis pechos, adornados con unos pezones rosados e increíblemente erectos, como si en cualquier momento irían a salirse de su sitio. Su lengua era hábil y juguetona, dibujando perfectos círculos con la punta de la lengua en cada sitio de mis pechos, prestando especial atención a mis pezones. Siguió descendiendo hasta llegar a mi ombligo. Hundió la punta de la lengua en mi ombligo y lamió firmemente su interior. No le permití que siguiera torturándome más, así que le tomé la cabeza y la llevé justo donde quería: mi sexo.

Levantó la cara para mirarme y sonrió excitado.

-Así me gusta, directa y sin rodeos- Dijo él.

Y como bestia hambrienta, abrió mis labios y llevó mi clítoris a su boca. Lo succionaba y lamía maravillosamente. Solté un grito descomunal, echando mi cabeza hacia atrás y cerrando los ojos, al tiempo que mis dedos se enredaban en mi desordenado cabello. Tomó la punta de mi clítoris y la aprisionó entre sus labios, al tiempo que su lengua rozaba la punta.

-Oh, sí, así, sigue Juan... Más, profundo... Más... ahh

-¿Te gusta?

-Si, si, me encanta, si...

Ya no pude más. Le agarré la cara para que me mirara, le miré con desesperación y dije entre gemidos de súplica:

-Házlo, házlo ya, fóllame, fóllame como nunca te has follado a ninguna. Quítame ya esta locura que no me deja pensar, no me deja vivir, házlo ya maldita sea!

Y como un felino saltó rápidamente encima de mí. Tomó su miembro y lo lubricó con mis fluidos. Estaba listo. El momento anhelado, llegar al cielo en un momento, alcanzar la gloria...

De repente, un ruido molesto y vibrante invade el ambiente. Era el tono de la alarma. Ladeé la cabeza confundida y vi cómo la imagen de Juan se desvanecía lentamente, hasta que no quedó nada. Y se esfumó. Desperté nuevamente, y esta vez en la realidad. Miré el techo blanco y me senté bruscamente en la cama. Noté que tenía un cojín entre la piernas. Estaba empapado. Lo tiré violentamente a un lado. La alarma sonaba todavía, y en un acto de ira la arranqué y la estrellé contra la pared. Y ahí me di cuenta de que todo era un sueño. Sólo un maldito sueño.

 


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