Esto sí es morirse

Por anecdotasydisimulos.com
Enviado el 13/10/2015, clasificado en Humor
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      Aunque resulte asombroso creerlo, una mañana amanecí muerto, si bien yo no noté la diferencia respecto a la tarde anterior. Lo supe esa mañana, cuando acudí a pagar un recibo al banco y, por las mismas, sacar algo de pasta.

      El cajero –humano- fue el que me lo comunicó. La información me sorprendió, no tanto por desconocerla –que no tenía ni idea-, como por lo arduo y riguroso que me estaba resultando el cielo eterno, ese al que debería haber llegado con mi fallecimiento. ¿Cómo podía encontrarme en el paraíso de la bienaventuranza y la felicidad y, sin embargo, haber soportado, esa mañana, una vez más, una bronca de mi mujer, en esta ocasión por lo frías y correosas que me habían quedado las tostadas?

      Y es que en el banco el cajero –humano-, después el comercial, más adelante la interventora y, por el último el director de la sucursal me informaron, eso sí, después de pagar el recibo de basuras del ayuntamiento, que estaba legalmente muerto, que así lo confirmaba su ordenador, que llamaron a la central y aquel ordenador coincidía con este ordenador, y que, por deferencia a lo buen cliente que había sido en vida, contactaron con el registro civil donde aquel ordenador ratificó lo que este y aquel otro habían informado, y que, por tanto, la cuenta corriente estaba bloqueada, hasta que los herederos legales, legalmente justificados y acreditados se hicieran cargo legalmente de la cuenta.

      De regreso a casa, desde el banco, consideraba detalladamente la posibilidad de un cielo eterno repleto de tostadas pasadas y de comida basura y donde los seres humanos no tuviesen ninguna capacidad de raciocinio. Estas vivencias, junto a acabar de pisar una defecación de chucho, me resultaron iguales a mi vida pretérita, es decir, que nada aparentemente había cambiado. ¿Morir para seguir igual? Inaceptable. ¿Existiría lógica, aunque fuese una migaja, a tanto desafuero?  Opté por buscar pruebas de mi muerte, más allá de las estúpidas afirmaciones bancarias. Por ello, al llegar a casa, en un sexto piso, abrí el balcón de la salita y salté. Ahora sí, pensé después del cacharrazo, esto sí es morirse.


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