Voces

Por George Peterson
Enviado el 04/12/2015, clasificado en Terror
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Hoy las voces se han callado. Tras varios meses soportando ese constante runrún esta mañana por fin me han dado un pequeño respiro.

Al principio el silencio supuso un enorme alivio. Podía escuchar cualquier sonido que se produjera a mi alrededor sin la enfermiza distorsión de las voces. Pude apreciar en su plenitud el canto de los pájaros, el viento entre los árboles, el llanto de un bebé. Por primera vez en meses pude escuchar la radio y ver la televisión con la certeza de que mis sentidos no me engañaban.

Pero ese alivio solo duró unas pocas horas. Aunque pueda parecer extraño, a medida que avanzaba el día comencé a echar en falta ese coro que me había acompañado en todo momento desde hacía tres meses. Esos sonidos que al principio casi habían conseguido que me emocionara ahora me parecían vacuos y vacíos. El canto de los pájaros no era más que una ruidosa molestia; el viento entre los árboles sonaba a interferencias y electricidad estática; y el llanto de un bebe se convertía en un lastimero quejido estridente. La radio y la televisión no conseguían aportarme nada. Escuchaba música o veía un programa, pero en mi cabeza las melodías y las palabras no cobraban sentido alguno. Eran las voces las que aportaban cierta comprensión a este mundo.

Al principio, cuando comencé a escucharlas, me asusté. La primera impresión que tuve fue que me estaba volviendo loco. Pero luego recordé que los locos son incapaces de ver su propia locura, por lo que descarté esa posibilidad. Las voces, por la tanto, tenían que ser reales.

Pero no sólo me asusté por oír las voces. Más aterrador era el mensaje que llevaban. Dolor. Sufrimiento. Muerte. Desesperación. Todo lo que me decían estaba relacionado con la esencia de esas palabras. Por mucho que quisiera ignorarlas, las voces siempre estaban ahí para recordarme que no tenían intención de desparecer. No construían frases completas. A veces ni siquiera eran palabras. Hablaban todas a la vez, sobreponiéndose unas sobre otras, formando un galimatías incomprensible. Pero, a pesar de todo, el significado quedaba muy claro.

Si el hecho de oír voces no significaba que estuviera loco, a buen seguro que escucharlas durante tanto tiempo acabaría por hacerme perder la cordura. Apenas conseguía dormir, si acaso pequeños períodos en los que caía rendido por puro agotamiento.

Mi aspecto comenzó a acusar las consecuencias. Nunca he estado gordo, pero aun así perdí casi diez kilos en esos tres meses. Comencé a perder pelo de manera alarmante, y el que conservaba se salpicó de multitud de canas. Las profundas ojeras convirtieron mis ojos en dos pequeñas pelotas sobresalientes de sus órbitas. Y mi piel ya no tenía brillo, parecía un grisáceo pergamino viejo y reseco castigado por el paso del tiempo.

Pero esta mañana cuando me he despertado me he dado cuenta de que ya no las escuchaba. No recuerdo haberme quedado dormido, pero cuando abrí los ojos me sentía tan bien que estoy convencido de haber dormido unas cuantas horas seguidas. Y he disfrutado del día. Por lo menos hasta que me di cuenta de que echaba de menos las voces. Desde entonces, un nuevo desasosiego recorría mi cuerpo.

De nuevo pensé en la locura y la cordura. También en el dolor, el sufrimiento y la muerte. Me invadió la desesperación.

Entonces las voces volvieron, y la calma se sobrepuso a cualquier otra sensación que me rodeara. Por primera vez presté atención a lo que me decían las voces, y las escuché. Ahora, al igual que antes, hablaban todas a la vez, pero no luchaban entre sí. Ahora era como si fueran una sola voz. Y comprendí por qué estaban ahí. Yo tenía que cumplir una misión.

Y eso es lo que acabó de hacer, justo antes de escribir estas líneas. Las voces me guiaron, me indicaron como pertrecharme y me señalaron los pasos a seguir. La mano que sujetaba el cuchillo parecía moverse sola, como si alguien tirara de unos hilos invisibles que determinarán todos mis movimientos. La sangre me empapó de la cabeza a los pies.

Delante de mí están los cadáveres de diecisiete monjes. Nunca los conocí, pero tampoco me importó. Cuando los maté no sentí pena por ellos. Tampoco alegría. Solo era un trabajo que tenía que hacerse.

Ahora las voces me están pidiendo que acabe con una vida más, y no pienso decepcionarlas. Me han prometido la inmortalidad, la vida eterna. En este mundo seré recordado durante  muchos años gracias a mi obra. En el otro me uniré a la legión de voces que me han acompañado durante los últimos meses.

Sólo queda hacer una cosa. Levantar el cuchillo y pasar su frío filo por mi garganta.


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