CUENTO DE DESAMOR Y VENGANZA-Final

Por Marimonias Quesque
Enviado el 12/04/2016, clasificado en Humor
269 visitas

Marcar como favorito

Al día siguiente Gofre anunció al Rey que por fin había encontrado esposa. Prototipo, seguida del hada, hizo su triunfal entrada en el salón del Reino donde se había reunido a toda la Corte. Al verla, un rumor de admiración se elevó por el aire.

                −¡Ohhhhhhh!

Pero, ¡qué raro!, Gofre ni se inmutó. Con gran indiferencia saludó a Prototipo y con desgana anunció que, en breve plazo sin determinar,  celebrarían sus nupcias. Dicho esto, se levantó y salió de palacio ante el asombro de los allí presentes.

                −¿Ehhhhhhhh? –se preguntaban unos a otros.

Una extraña melancolía se había apoderado del príncipe. Una vaga e indefinida tristeza que le hacía insoportable la compañía humana. Distraído, buscaba la soledad, y así encamino sus pasos por los jardines del palacio hasta llegar a la parte más silvestre, donde, sin el trabajo mutilador de los jardineros, la naturaleza crecía libremente. Una fuerza irresistible le condujo a una pequeña charca, en la que, entre los juncos, se oía el croar de una rana. ¿Por qué ese sonido le parecía el más dulce jamás escuchado? ¿Por qué sintió tan intensa felicidad al contemplar a la rana? ¡Qué hermosa era! El sol hacía destellar su fina y tersa piel verdosa. Y sus ojos eran tan sexis, entrecerrados y soñadores, como su boca brillante y húmeda. El príncipe poseído de una emoción que nunca antes había sentido, contempló extasiado a su ranita. No notó cómo pasaba el tiempo. Llegó la noche y, con ella, su dulce rana desapareció entre los juncos.

Como flotando en un sueño, volvió a Palacio. No cenó, no habló con nadie. Subió a su habitación y mando llamar al trovador más triste. Durante toda la noche estuvo el príncipe ensimismado escuchando los boleros del trovador, hasta que éste se quedó afónico y fue relevado por otro especializado en baladas. Otra nochecita en vela para la Corte con la lata que pegaron los trovadores del príncipe.

Al amanecer a Gofre le entró pánico: ¿Y si no volvía a ver a su amada? Como por un resorte, salió corriendo de palacio y llegó sin aliento a la charca. ¡Qué alivio! Allí estaba, esperándole. Quizás también ella había soñado con él esa noche -pensó el pobre príncipe, que, a estas alturas del cuento, había perdido bastante la sesera-. Aquel día notó como la ranita le miraba con coquetería, y, ¡oh felicidad!, se acercó a él, se subió en su mano y le miró intensamente con sus hipnóticos ojos verdes. Y, en ese preciso momento, el tiempo se paró y el corazón del príncipe sufrió una sacudida eléctrica que le fundió las pocas luces que le quedaban.

Así iban pasando los días. Aparte de sus intensas miradas, a poco más podía llegar con su enamorada. El príncipe cada vez estaba peor: no comía, no hablaba, pálido y delgado, tan sólo el sonido de los suspiros salía de su boca. Un día ya no tuvo fuerzas para ir a la charca. Además había notado que la rana coqueteaba descaradamente con un sapo muy apuesto. A su ansiedad se sumaron los celos, y el príncipe, literalmente, se consumía.

El rey, preocupado por el estado del príncipe, mandó llamar a los mejores médicos. Le tomaban el pulso y la fiebre, intercambiaban opiniones, pero ninguno daba con la extraña enfermedad que le devoraba. Por fin llegó un alquimista muy sabio que, en cuanto le vio, emitió su diagnóstico a ojo de buen cubero.

--Señores –dijo-, esto es de libro. El príncipe padece la más terrible enfermedad del mundo. Sufre un amor desesperado. No hay medicinas que alivien el desamor. Confiemos en que el tiempo le cure. Aunque, en vista de cómo ésta, poco tiempo le queda ya.

Y dicho esto, se marchó dejando a todos muy entristecidos. Tan lastimoso era el aspecto del príncipe que las damas, sintiendo piedad de él, rogaron al hada que le levantara el hechizo.

--Imposible  –les contestó Marimoñas- Es un hechizo programado. El príncipe se liberará  el día que exhale el suspiro número 3 billones, igualando así la marca de vuestros suspiros. Y eso ocurrirá, según mis cálculos, un segundo antes de que expire. Se va a salvar por los pelos. La culpa es vuestra: si no hubierais suspirado tanto, tontas, que sois muy tontas, el príncipe no se vería en  trance tan extremo.

……………………………………………

Y, colorín colorado, este cuento no se ha acabado, pero como a mí se me ha acabado el tiempo (no de forma radical, que no cunda la inquietud) y las ganas de cuentos, voy a dejar un final abierto. Que cada cual elija el que más le guste:

El príncipe mandó secar las charcas y exterminar a todas las ranas. Final regular. El príncipe mandó colgar al hada de una almena para que se la comiesen los buitres. Final trágico El príncipe, en cuanto se recuperó, “cumplimentó” como es debido a las damas y se acabaron los dichosos suspiros. Final feliz

……………………………………………..

 

Y éste ha sido el cuento, y, como no hay cuento sin moraleja, dejo aquí unas palabras de Benavente, que son la moraleja de este cuento:

“El amor es como D. Quijote: cuando recobra el juicio es para morir”.


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... MiPlacer.es
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com