El fusilamiento se repite

Por cclecha
Enviado el 08/06/2016, clasificado en Intriga / suspense
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   Mi compañía iba bastante junta, pero diezmada…rota. Mis compañeros avanzaban a pié como podían, en un terreno árido en medio de un claro del bosque.

     Delante de mí a unos catorce o quince metros, embutido dentro del casco y con equipo desgastado y poco preparado, estaba mi amigo Juan con un compañero. Todos tratábamos de esquivar los certeros cañonazos del enemigo que a estas alturas de la guerra, difícilmente fallaba. Fuegos, socavones y humo constante, iban dejando bajas entre nuestra formación y dando constancia de la calidad de los artilleros del enemigo.

     Yo ocupaba   una de las últimas filas de la compañía, junto a mi inseparable compañero Pedro. Detrás nuestro, nadie…salvo el comisario político con rango de capitán, secundado por tres de sus esbirros en forma de soldados.

       El comisario nos arengaba con su potente voz y con su pistola

       -Vamos, venga, vamos, vamos…todos hacia delante, al que   retroceda le pego un tiro por la espalda…

       El enemigo era certero con sus cañonazos, pero el enemigo interno, en forma de comisario, era igualmente terrible… creía que no teníamos escapatoria.

       Entonces lo inevitable sucedió, un obús alcanzó de lleno al compañero de mi amigo Juan…sus piernas quedaron amputadas de su cuerpo y la sangre y los restos de carne quedaron esparcidos por todas partes. Afortunadamente el soldado murió en el acto.

       Pero el que reaccionó de forma incontrolada y con miedo en el cuerpo, fue mi amigo Juan, quien tirando al suelo su rifle, empezó a correr despavorido en dirección a la retaguardia, precisamente a donde estaba el comisario. Creía que sucedería lo peor y que este le metería un tiro, sin más. Sin embargo mandó a sus soldados que apresaran al pobre Juan. La voz del comisario fue categórica

       -Te tenía que haber metido un tiro en esa cabeza del todo inservible, pero te fusilaré al amanecer…quiero que tu ejecución sea ejemplarizante para el resto de los soldados.

         Después de un día caótico y sin sentido, tras una ligera retirada, llegó la noche, que tirando su manto negro, logró que los cañonazos y las hostilidades se callaran por falta de visibilidad. Entonces el comisario se dirigió a mí, como acostumbraba a hacer una vez a la semana. Me llamaba “contable”, aunque mi única cualidad era la de tener buena letra. Como el casi no sabía escribir, me hacía que le escribiera las cartas a su novia. Tenía la mala costumbre de amenazarme con su pistola para que escribiera con mi mejor caligrafía…me redactó el texto y cuando acabamos añadió

     -Bien contable, bien…te he escogido a ti, a tu amigo Pedro y aun par de jóvenes soldados neófitos para el pelotón de fusilamiento de Juan…quiero que todos los soldados comprendan que el valor tiene que estar por encima de todo.

     La peor consigna es la que acababa de escuchar…yo, tener que disparar contra mi amigo Juan…el pobre de Juan…

     Aquella noche la pasé en vela…hacia frio, estábamos cerca de los Pirineos y el enemigo nos iba empujando cada día para expulsarnos de país

     Aquella noche, como todas y para combatir el frio, estaba recostado espalda con espalda con Pedro, tapados solo con nuestros miserables capotes, con el agravante que ninguno de los dos conseguíamos conciliar el sueño. La noticia del fusilamiento nos había desvelado por completo. Tenía los ojos abiertos e intuía que a mi compañero le sucedía lo mismo. Unos jirones de niebla en la noche se parecían a mis desdibujados pensamientos. Pensaba, una y otra vez que no dispararía a Juan…no, no lo haría bajo ningún motivo. Con la conciencia colapsada de tanto pensar, llegó el alba y con ella la ruda voz del comisario que dijo

       -Todos en pié. Pelotón de fusilamiento a formar. Resto de la compañía a observar.

       Juan, joven, rubio, de buenas facciones y completamente asustado, aparecía sin venda en los ojos, con las palmas de las manos hacia nosotros como en señal de apaciguamiento y la mirada vacía y fija en el suelo.

         A escasos metros, estabamos los del pelotón de fusilamiento. Mi amigo Pedro, con la mirada inexpresiva, yo, sujetando mi Mauser con determinación pero sabiendo lo que tenía que hacer y los dos jóvenes soldados, a duras penas levantaban en paralelo del suelo sus rifles…además el temblor de sus brazos en forma de miedo, hacía que sus rifles ofrecieran numerosas oscilaciones.

         El comisario dio la funesta orden

         -¡Fuego!

         Los cuatro rifles detonaron con potencia sus tiros, el ruido quebró el silencio del amanecer, asustando a los pájaros del cercano bosque y levantando su vuelo; pero ninguna bala impactó en Juan…todavía continuaba vivo...

         El comisario-capitán enseguida se dio cuenta que había sido objeto de engaño en forma de desobediencia. Tenía claro que todos habíamos disparado a no dar a Juan. Sulfurado, irritado y descompuesto, se dirigió hacia sus tres soldados de confianza con la pistola desenfundada y les dijo

         -¡Rápido. Desarmar a los soldados del pelotón de fusilamiento y llevarlos junto a Juan!

         En un momento pasamos de ser pelotón de ejecución a futuros ejecutados. No tuve casi tiempo ni de pensar ni de angustiarme. No había posibilidad de que aquellos soldados, desobedecieran a su jefe, ya que entre ellos y el comisario habían urdido unas relaciones de poder con respecto al resto de la tropa que les favorecía en mucho.

         Pensé por un momento que la desobediencia, aunque sea por motivos nobles no se da. Las ordenes en forma de Mal, están presentes en todos los campos de concentración, guerras, cárceles…y las personas las siguen de forma borreguil…nadie se atreve a cuestionar nada, primero es salvar su pellejo y dejar que cada uno se apañe…Se pierden todos los valores y no se discute nada, nada importa…si todos, en bloque, desobedecieran, el Mal, tan evidente, en muchas ordenes, desaparecería…pero al parecer somos personas que solo miran para sí mismas.

           El comisario, junto a sus esbirros, estaba a punto de volver a repetir la funesta orden… cuando el cielo brilló con un resplandor mortífero, al ser surcado por una pieza de artillería del ejército enemigo. El proyectil cayó justo donde se encontraban el comisario y sus soldados, creando un socavón de desolación, sangre y muertos. Rápidamente multitud de proyectiles clarearon el firmamento, acompañados de un ruido ensordecedor. La ofensiva lanzada por el enemigo, parecía definitiva.

     Hubo una desbandada colectiva. Lo que quedaba de la compañía, estaba corriendo en alocada huida. Se escuchaba, amortiguada por los obuses, la voz de un suboficial

     -¡Retirada, retirada…correr!

     Ni a mí, ni a Pedro, ni a Juan, ni a los dos soldados muchachos, nos tenía que decir nadie que corriéramos. Pero no corrimos en la misma dirección que la compañía, sino que corrimos a ocultarnos en el bosque. No sabíamos que era más seguro si el enemigo o nuestros propios camaradas. Esta vez no íbamos a desobedecer a nadie, sino a obedecernos a nosotros mismos.

    

 

 


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