Un día en la playa - primera parte

Por cclecha
Enviado el 12/07/2016, clasificado en Humor
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     -¡Cariño! ¡Que se hace tarde! Ya sabes que si salimos con retraso, nos encontraremos con cola en la autopista

     -Ya casi estamos… sabes que los niños son lentos desayunando.

       Me sabe mal, meterme con los “Niños”… pero al mayor de seis años…Manolito…lo veo como a un verdadero delincuente. Ya hace tiempo, como dicen los psicoanalistas, que ha empezado una verdadera destrucción de la figura del padre… o sea de mi símbolo. Va contra mí de manera descarada. Y el menor… Jesusito, justo hace poco que anda y lo toca absolutamente todo… Televisión, botones de la cadena de música, mandos, móviles… arrasa con todo. Yo no estoy capacitado para enfrentarme con ellos… intento buscarme excusas de trabajo para estar lo menos posible con ellos, pero mi mujer en esto de la paridad y la atención familiar es inflexible y apechugo con ellos contra viento y marea.

     -Bueno… ya podemos irnos…coge las cosas… y… ¡Para la playa! – dijo mi mujer con palabras de complicidad para sus hijos.

     Yo metí deprisa y corriendo los objetos ineludibles para ir a la playa en el maletero del coche y partí con mi vehículo y con los míos, a toda velocidad en dirección a la autopista que nos llevaría hacia la playa.

       Tal como me intuía, al poco rato, fuimos enlenteciendo la marcha hasta que finalmente empezamos a pasar más rato parados que en marcha.

       Dentro del coche, el espectáculo empezó a ser dantesco. Jesusito bregaba por levantarse de la silla de bebé en donde en teoría tenía que ir… hasta que finalmente empezó a llorar con un llanto demoledor y sin visos de atajarse bajo ninguna circunstancia. En medio del caos y del ruido, Manolito empezó a exigir llegar ya a la playa…- Quiero llegar a la playa… Papá ¿Qué haces? ¿Por qué te paras? Quiero llegar ya a la playa… exijo ir al mar.

       Mi mujer me miró de reojo y me dijo:

       -Cariño, no te pongas nervioso, recuerda que no son más que niños…

       Yo aparentemente mantuve la compostura, aunque por dentro noté como algo se desajustaba, como algo en mi interior se fundía… aún así conseguí que mi coche se mantuviera como uno más, dentro de la cola compacta que se había formado.

         Describir el ruido infernal del interior de mi coche (llantos, gritos, pataleas e histerias varias… no tiene sentido… y menos relatar la hora que nos pasamos en un cola disciplinada hasta que llegamos a la playa. Así que seamos positivos.

         -Amor… ya se ve el azul del mar… dijo mi mujer cándidamente.

         Todo estaba congestionado por la avalancha de coches que intentaban desesperadamente aparcar… dimos un montón de vueltas de manera infructuosa para aparcar… hasta que finalmente dimos con un parking al aire libre que exponía unos precios desorbitados en el exterior… Vacilé en entrar por los precios y estaba a punto de no hacerlo… cuando Manolito dijo:

     -Entra papá, no seas rácano… ¿Para qué quieres el dinero sino para gastarlo con tu familia?

La mirada de complicidad de mi mujer con su hijo, me acabó de decidir y entramos en el solar, reconvertido en parking.

     Mi mujer cogió de la mano a ambos niños, mientras que yo, cargado como un mulo, llevaba la sombrilla, las sillas plegables, la nevera, los flotadores de los niños, las palas con la pelota de tenis, los cubitos, las gafas de agua y los pies pato de Manolito…

     Poco a poco y sudando de manera desaforada, fui acercándome a la arena dorada y al manto azul del mar. Reconozco que la playa era grande y extensa… elegimos un sitio cercano al agua y estiramos las toallas y clavé como pude la sombrilla en la arena.

     Como se lo que me pasa de otras veces le pedí a mi mujer:

     -¿Me podrías extender crema por la espalda, hombros y cara?

     -Oh, la crema. Primero el pequeñín que es muy blanquito. Como me llevará tiempo, ir a jugar a las palas a la orilla.

       Fuimos hacia el mar y empezamos el juego. Enseguida me apercibí, de que Manolito no jugaba con buena fe... Tiraba desmesuradamente fuerte y apuntando hacia mi cara… Falló las dos primeras tiradas, en las que me agaché dócilmente a recoger la pelota, pero al tercer intento me dio de lleno en el rostro.

       -¡Por todos los demonios, Manolito, se acabó el juego!

       Inmediatamente el niño se puso a llorar y se fue a chivar a su madre. Yo resignado, me fui detrás de él, hacia la sombrilla.

       Para congratularme con la familia, propuse a Manolito ir hacia el agua, pues en ese momento se veía el mar muy despejado y sin gente.

       -Si, si, vamos…- me dijo, y se disfrazó con todo su equipo… pies pato, gafas de agua, flotadores en los brazos…

         Por esta vez, la jugada salió bien… y nos introdujimos en las refrescantes aguas del mediterráneo. Para más goce, parecía como si la gente hubiera desaparecido. Metí la cabeza en el agua salada y cerré levemente los ojos… entonces un grito aterrador de Manolito me sobresaltó.

         -Ay, Ay Ay… me han picado… socorro… auxiliooo…

         Inmediatamente me desplacé el metro escaso que me separaba de mi hijo, cuando noté unas picadas fuertes y llenas de electricidad en mi brazo… me revolví y vi como una medusa gigantesca se alejaba de mí.

         Salimos a toda velocidad del agua, con el crio llorando y las gafas de agua descolocas… en la arena se quitó los pies pato y se fue a llorar junto a su madre.


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