Pasos sin dar pasos. segunda parte

Por ego
Enviado el 26/07/2016, clasificado en Cuentos
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Una  mano tomo delantera, y la decisión más…

Las dos primeras pisadas fueron  las más salvajes, todo el cuerpo temblaba, un sudor asfixiante, quemaba como una hoguera, ardiendo llamaradas punzantes, dejaba una flojera mutilada que entraba por esas oscuras cuencas, sólo me quedaba la mirada helada; A mi espalda, una cascada emanaba brillantes, se clavaban en las alas de mi pesadilla, en el célico nublado, una figurilla escupía sobre  la cara, que en ese momento tenía levantada. Tomo un ramo de rosas blancas,  me las dio para que  las tragara.

Apenas había dado dos movimientos,  ya estaba devastado,  quede asustado cuando comenzó este andar.

Una maraña de espinas sujeto la masa  corroída, que quedaba de aquel cuerpo que poseía yo. Daba besos ardientes, la noche llego,  dio la ceguera, y dio la lucidez por varios instantes. Me tapo la boca, no pude dar ni un grito. Un mandril se acercó, comenzó acicalarme y decirme unos versos magníficos, melancólicos, pero bellos;

 

-Las noches caen como hojarascas

Meciéndote con el cálido viento

Dándote una abscisión

Sangrante para purificar el día.

Miembro por miembro te aniquila

Mientras pierdes los estribos

Por el encanto de la princesa blanca.

Cuando despiertes  serás devorado

Por un gallo, el cantara tu ultimo adiós.

-Querido amigo, querida bestia,  si me transformara en un lucero caminando por otro sendero.

Esa maraña que sujeta, oprime, dejo de perder fuerza, mis venas principiaron a palpitar, en el interior de está piel áspera, corría un manantial de sollozos. Me había librado ya de este martirio.

Tome un pequeño  descanso para beber un café. La somnolencia quiso jugar. El chillido de aves enjauló el silencio áspero y crudo. Fui tragado por esa bebida amarga, emanaba un olor hediondo, mezclado con cachos de carne esparcidas por todas partes, provocaban nauseas. Ese bosque desierto, caliginoso, maullaba como gato queriendo ser fornicado.

La neblina de pronto desaparecía extrañamente. A la lejanía  se apreciaban fanales enormes y con un fulgor inigualable,  a su lado estaban otros más pequeños, unos rasgados, eran distintas esas concavidades, parecían mirarme todas, sin ninguna distracción, yo las observaba también. Cuando clave mi pupila en la suya, corrieron despavoridos, se ocultaron en el fango, en la montaña yerma.

Provoque el terrecer de las bestias rabiadas. Antes me hicieron trastocar el alma, a tal punto que hicieron sentirme con un delirio de estupidez. Tropecé con un sueño ya soñado, trate de tocar aguas salitrosas. Malditas bestias de mierda, les gritaba con euforia. Llegue a trasoír sus balbuceos.

-Mira la carroña hedionda

Saborea nuestra belleza

Y todavía quiere que le lamamos el culo.

Aborrecida de carne mutilada

Hostigas nuestra calma.

-Esas estridentes voces agrietaban el seno en el que fui mecido. En los labios descarnados escurría una frase teñida de rojo…- ¡eh! tú, idiota-  gritaban esos iris aterrados, pero tan lindos, que desnudaban con la vista- ¡eh! Parásito, porque no tomas  un hacha y mutilas tu rostro- no comprendía sus palabras.

¿Por qué mutilar mi rostro? O ¿es que ya lo estaba? Fieras con cuerpo de madona lengüeteaban la barrera que nos dividía, provocando una herida longeva.

Sin darme cuenta, ya estaba en una pradera alcoholizada, orinada, y vomitada. Ese día amanecí sin camisa, sin zapatos, y sin ganas de seguir respirando. Tenía ganas de engullir un alcatraz, engullí lo que tenía detrás; un pedazo de mierda que cubría los talones, lo tome con una cuchara, después me atragante con las manos. Sentía un hueco que  oprimía. Tragaba, vomitaba, nada me satisfacía, no sabía si correr o volar, era un hueco inefable que me suspendía en el aire, gimoteaba, no sabía por qué. Tome una soga para poder escalar los nudos de mi garganta, encontré una arena movediza, un asfalto quebradizo, crecían hongos de multicolores. Todo era aterrador, quería esconderme  -crápula, crápula…- Escuche esa algazara pero no sabía de dónde provenía, ni a quien iban dirigidas, era toda una algarabía, y yo no tenía ganas de seguir aquí, ni haya, en ningún lado, estaba alicaído, o ¿encolerizado? ¡No sé!  ¡No sé! La desesperación  estaba carcomiendo el torso.

No quería ni probar alimento, ya había pasado millones de segundos, infinidad de días y horas, ya era más hueso que carne.

 

 

 

Frente a mí, una gigantesca pantalla, iba cojeando, decrepita maraña de imágenes cargando en el lomo, tomadas de la mano, bailaban. Una en medio de toda esa barahúnda, distinta, sin gesto, sin color, crecían marasmos de jacarandas a su alrededor, nada lo tocaba, era impermutable, con vida y sin vida estaba.

El sudor resbalaba sobre las mejillas, la fatiga se hacía palpable, seguía sin probar bocado, en el cuerpo ya se traslucía un monte empedrado. 

Hice una manta con los brazos, y me hice un ovillo, la cabeza tocaba el vientre, parecía hundirse en él. Cerré los ojos, estrellas de calma adornaban la oscuridad, pétalos de cerezo viajaron desde Japón, para darme ósculos de tranquilidad, un ciprés se arrodillo, recogí frutos de paz, el primer alimento, viajando entre un lamento, la tempestad se evaporo. Llegue a la salida del color mortecino.

Si llego a ver de nuevo al arcoíris, me subo al cielo y lo escupo, lo araño y lo desgarro, lo quemo en la madera del despreció, apaleo su estúpida belleza, su estúpida arrogancia.

Arcoíris si sólo fueras

Blanco y negro

Te hundiría en el gris de las afueras

De mi desdicha

Te mataría como al ogro

Que acecine en la fecha de mi natalicio.

Ahora es un muerto

Que respira silencio.

Ahorcado en su destino

Merodea la cruz de la indiferencia

Azotado, maldecido

Busca el apreció acongojado.

Se clava una daga

Envenenada, le queda una llaga

Delirante, mugidos

De una fiera salvaje

Espantando el sol y la luna.

¿Cuántas zancadas llevaba? ¿Dos, cinco, siete? No sabía cuántas zancadas había dado, pero eso no importaba ya, acababa de perder las piernas, ahora la pregunta era ¿cómo seguiré caminando? Me acosté en el suelo, tome la postura de una víbora, iba zigzagueando dejando surcos, la tierra que dejaba atrás tomaba forma de un halcón hambriento, volaba ferozmente, mi cuerpecillo se deslizaba  más rápido, tenía una agilidad asombrosa, parecía que ya tenía  años haciendo tal movimiento. Entre en el hueco de un tronco, ahí no podía ser capturado.

Estaba agotado, no comprendía a donde se estaba dirigiendo está desdicha, sólo  quería huir de está sombra que  caza sin tregua. Sonidos taladrando los oídos, la angustia  mecía en su cuna, hasta adormilarme. Por fin podía dormir después de tantos días en vela.

 

Yacía casi a la mitad del tallo de un cempaxúchitl. Había una gran cantidad de cruces; unas eran de madera otras de hierro, unas nuevas, otras corroídas. Estaba en la inmensidad de tierra amontonada, cruces apiladas, flores secas y resquebrajadas. El pasto reverdecía, emanaba una bella tranquilidad.


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