Maleficus

Por jz
Enviado el 04/08/2016, clasificado en Terror
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La noche era como cualquier otra de un verano en la ciudad. El calor asfixiante dejaba poco margen para realizar actividades durante el día. Así que, al caer el sol, cual vampiros, los pocos infelices que se habían quedado sin vacaciones invadían las calles hasta altas horas de la noche.

Pedro ese día, era el primero que se quedaba solo en casa, su novia María se acababa de marchar de viaje al sur para disfrutar de unos días junto a su familia. Así que con la decepción que suponía saberse sin vacaciones, se limitó a darse un paseo nocturno por las calles de la ciudad, hoy más solitarias que nunca.

Eran las 3 de la madrugada y apenas se veía movimiento. Las calles estaban oscurecidas, se notaba que había comenzado la migración masiva de todos los veraneantes, hasta la mayoría de las farolas estaban apagadas dejando a los semáforos el alumbrado de las calles entre dos tonos bastante tétricos para aquellos momentos.

Cuando miró la pantalla de su móvil un segundo para ver la hora y al levantar los ojos vio a una señora a su lado, mirándole fijamente, Pedro pegó un salto hacia atrás tan grande que se separó de la anciana un metro más. Bajo la luz rojiza que impedía el paso el de la calle, la mujer con su nariz aguileña y una verruga horrible que tenía en la barbilla, insuflaba un aspecto terrorífico, pues en toda la calle solo estaban ellos dos.

La señora le hizo una señal para a Pedro para que se acercara. Este durante unos segundos congelado, reaccionó y se acercó despacio.

Cuando ya estaba apenas a medio metro la señora le volvió a insistir para que acercara su oído aún más a su boca, parecía que quería decirle algo. Al notar la respiración de la anciana en su oreja a Pedro se le puso la piel de gallina.

Un hilo de voz casi inaudible empezó a susurrarle al oído. Las palabras llegaban como un murmuro escondido en una brisa pesada de verano, impregnada de calor y humedad.

-Por favor, ¿Me podrías ayudar a cruzar?

Pedro se quedó sorprendido, las calles estaban completamente vacías y no había ningún problema para cruzar. Se quedó durante unos segundos mirando extrañado a la anciana.

Esta seguía mirándole fijamente con un gesto seco. Al no obtener una respuesta inmediata, mientras la luz del semáforo ya estaba en verde, está le volvió a realizar un gesto para volverle a hablar.

-Si no ayudas a esta pobre anciana, te arrepentirás… Pedro.

La mujer puso los ojos en blanco y pronunció unas frases en un idioma incomprensible para Pedro:

-Morti Dominus, skeletales spirituspotentes viribus, quasi Sanson, insua maiestate, necessaria tempore inpericulis, ¡invoco te!

Al oír su nombre y esa amalgama de palabras a Pedro le recorrió un escalofrío por toda la columna vertebral. El gesto de la señora había pasado de inexpresivo a una medio-sonrisa haciéndo de ella, ante la luz roja, una imagen terrorífica.

Pedro salió corriendo y dejó a la señora donde la encontró. Al llegar a casa se pegó una ducha relajante y se puso a ver una película para olvidar el encuentro con la anciana. Cuando lo recordaba desde su cama, bajo el frescor del aire acondicionado, aún se le ponían los bellos de punta.

Súbitamente, un ruido de la cocina lo levantó de la cama de un salto. Seguía con el cuerpo cortado y casi se desmaya al ver que la luz de la cocina estaba encendida pero no se oía nada.

-¿María? ¿Eres tú?

Pero no obtenía ninguna respuesta. Mientras se iba acercando paso a paso a la cocina, hasta que llegó al marco y empezó a asomar la cabeza. Dejó de temblar cuando vio que no había nadie dentro. Se acercó al grifo y bebió un vaso de agua. Al girar de nuevo hacía la puerta del pasillo se quedó con la boca abierta al ver a la misma señora del semáforo mirándole a los ojos, esta vez, con la luz de la cocina podía apreciar algo que hizo que se le callera el vaso al suelo llenando todo de cristales.

La anciana, debajo de la falda no tenía unas piernas normales, eran como de algún animal, pezuñas negras y relucientes. La señora empezó a apuntar con su dedo a Pedro y comenzó a gritar las mismas palabras que le decía en el semáforo:

-Morti Dominus, skeletales spirituspotentes viribus, quasi Sanson, insua maiestate, necessaria tempore inpericulis, ¡invoco te!

-Morti Dominus, skeletales spirituspotentes viribus, quasi Sanson, insua maiestate, necessaria tempore inpericulis, ¡invoco te!

Pedro empezó a marearse y antes de desmallarse una última frase que pareció comprender y que se le introdujo en sus oídos como una serpiente en su delirio previo a la inconsciencia.

-Señor de La Muerte, espíritu esquelético poderosísimo y fuerte por demás como un Sansón en tu majestad, indispensable en el momento de peligro, ¡yo te invoco!...

Al despertar ya era de día, estaba en la cama, lo que le alivió de una grata manera. Pues le indicaba que nada de lo de anoche había sucedido. Se quedó dormido viendo una peli y probablemente había sido que parte del film se había introducido en sus sueños inconscientemente.

Fue a la cocina y vio que todo estaba perfecto, no había ni un cristal y parecía que ni siquiera se había levantado para beber agua. Se acercó al móvil y le sorprendió el gran número de llamadas perdidas y mensajes que tenía.

Se puso tan nervioso que casi se le cae el móvil al suelo. Cuando leyó el primer mensaje, el corazón se le paró y el móvil terminó en el suelo con la pantalla en mil pedazos y un mensaje en el fondo que decía lo siguiente:

“Pedro esta madrugada María ha tenido un accidente con el coche. No ha podido superarlo, lo siento muchísimo. por favor, en cuanto puedas llámame.

Te quiere mucho,

Mamá “

 

 


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