El cínico vs El sociópata (Primera parte)

Por Carlos Mori Acosta
Enviado el 13/08/2016, clasificado en Ciencia ficción
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   Barra grande, taburetes altos, y mesas también altas. Pequeño y acogedor. Lleno hasta los topes con todo tipo de gente variopinta comiendo y/o bebiendo mientras hablan, gritan, ríen… Uno de los grandes logros de nuestra viciosa especie. Y el escenario en el que va a suceder.

   Me encuentro sentado pegado a la barra, bebiéndome una cerveza fría de quién sabe qué marca mientras observo el panorama buscando o esperando a que los contendientes se descubran. ¿Quiénes serán?, ¿Será alguno de los moteros barbudos con barriga cervecera que están sentados en la mesa pegada a la entrada? ¿El hippie de rastas con mirada perdida y de cuerpo canijo que se encuentra fumando a mi derecha? ¿Alguna de las dos mujeres de aspecto de Thelma y Louise que se encuentran discutiendo en la mesa de la esquina? ¿El camarero calvo del mostrador con cara de amargado que supuestamente me sirvió la birra? ¿La menuda camarera pelirroja de pechos turgentes y andar elegante que no deja de recibir piropos de la mayoría de la babosa clientela masculina cada vez que les sirve las comidas y las bebidas? ¿Alguno de los blanquecinos y mostachudos ancianos del fondo con aire despreocupado? ¿El chulo de chupa negra del pasillo que trata de llevarse a la cama a la rubia de bote que no para de reírse de forma estridente? Puede ser cualquiera. No: Pueden ser cualquiera.

   Bullicio y bullicio. Y movimiento y movimiento. Pero todavía nada que me haga dirigir la atención hacia un punto concreto. Nada que me haga discernir quiénes pueden ser; ni siquiera sospechar. Como la calma que precede a la tempestad. Una calma ruidosa, eso sí.  

   —Existe una especie de tiburón que para nacer, antes tiene que comerse a casi todos sus hermanos.

   Me sobresalto ligeramente en mi asiento al oír de improviso esa voz grave de forma clara a pesar del ruido. Giro mi cuello hacia mi izquierda un segundo después de sentir por primera vez que la búsqueda avanza; que los acontecimientos se van a precipitar muy pronto. Encuentro a un tipo espigado de cabello lacio largo color ceniza hasta los hombros vestido con el típico traje de ejecutivo negro pero sin corbata. Su mirada apunta a la superficie del mostrador no despegándola de ahí en ningún momento. Sus ojos se ocultan bajo unos grandes y oscuros cristales circulares que forman parte de unas gafas de sol de aspecto frágil. Juraría que ese tipo ha aparecido ahí de repente, como una aparición fantasmal. Antes no había visto a nadie estar sentado en ese taburete.

   —Como si eso mismo no tuviera que hacerlo después de nacer, ¿no? Porque claro, todo el mundo sabe que vivimos en un mundo de felicidad, bondad y de color de rosa —respondo con ironía.

   El tipo ahora no me dice nada; se limita a seguir ahí parado mirando la barra con cara inexpresiva. Se desvanece, poco a poco. Como si hubiese sido un espejismo o un residuo de un recuerdo lejano que todavía no ha sido borrado del todo a pesar de haber pasado ya bastante tiempo; el suficiente como para haber desaparecido ya para siempre. El camarero de la barra al oírme, me mira extrañado; seguramente pensando que estoy loco por hablar en voz alta con el hombre invisible que estaba sentado a mi izquierda.

   Le doy un sorbo a mi bebida y giro mi cuello a la derecha otra vez. Durante un segundo el ambiente parece haber vuelto a la normalidad desapareciendo esa sensación de que todo estaba cambiando. Pero es eso, durante un segundo porque, ahora, ahora todo empieza a enrarecerse de nuevo. El bullicio está comenzando a ser cada vez más bajo. Ya solo oigo susurros; susurros fantasmagóricos. Y ahora, ahora ya no oigo nada; todo está en completo silencio. Un sudor frío se instala en mi espina dorsal sin saber por qué. Otra vez empiezo a oír algo. Mi atención se fija en una mesa apartada. De ahí viene el sonido.

   Me sorprendo. Dudo de lo que ven mis ojos. ¿Un tío esnifando cocaína? Pues sí, lo es, y me imagino que, al igual que aquel tipo de las gafas, también ha aparecido de repente porque, creedme, alguien así, es imposible que pase desapercibido. Es de esos que atraen todas las miradas. Y no precisamente por su majestuosidad: Es un tipejo flaco y medio calvo vestido con una camiseta blanca sucia. Y el muy vicioso se está metiendo por la nariz media Colombia. Y no le importa estar delante de decenas de personas, no. Intuyo que tampoco le importa en absoluto su apariencia. Que todo le da igual. Él sigue ahí solo en su mesa, juntando todo el polvo con sus manos y esnifándolo sin parar. Pero la gente no le mira; no le prestan atención o, sencillamente, no les importa su comportamiento. O a lo mejor no se han percatado de su presencia. Puede que el único que pueda verlo, sea yo. No sé, es todo muy raro.

   —¿Qué miras, gilipollas?

   Su expresión transmite odio y frenesí al mismo tiempo. En la piel de su cara se observan graves daños causados por el continuo consumo de todo tipo de drogas estimulantes. En este momento se mete el dedo índice de su mano derecha en el agujero derecho de su nariz mientras gruñe y no para de mirarme con esa expresión de loco.

   —¿Eres tú? Sí, lo eres, ¿verdad? Lo noto, ¡Eres tú! —exclama justo después de dejar de hurgarse la fosa nasal.

   Sus ojos se abren como si hubiesen visto al mismísimo Dios o como si hubiera tenido una experiencia mística o extrasensorial. Se levanta de la silla y se acerca con pasos firmes y seguros. Ahora me fijo que sus largos pantalones vaqueros grises están desgarrados de forma irregular y que están sucios de tierra seca, al igual que sus desgastados botines color caca.

   —¡Lárgate, fumeta! —le grita al enclenque que estaba sentado a mi derecha mientras le da un empujón. El rastas cae al suelo, y al momento, comienza a levantarse. Pero lo hace poco a poco, como si no tuviera casi fuerzas. Detecto de nuevo que todo el gentío es ajeno a esto. Todos siguen a lo suyo, como si nada hubiese pasado. El hippie ahora camina lento hacia la salida.

   —Así que tú eres al que voy a matar, ¿eh? —me dice sonriendo poniendo su cara casi pegada a la mía mientras me mira fijamente a los ojos. Su sonrisa muestra unos dientes con suciedad extrema, nauseabunda. Me inclino un poco hacia atrás y no puedo evitar poner expresión de asco.

   —¿Perdona?

   —Ah, ¿No lo sabes? ¡Qué hijo de puta es “Él”! —se ríe a carcajadas.

   —Me parece que te equivocas. Yo soy el narrador. Nada más.

   —No. Tú eres el otro candidato. “Él” ha querido que así fuese. Uno de los dos, tenía que ser el narrador. El que sucumbiría por el otro.

   —No, no puede ser, porque yo…

  (Contínua en la segunda parte)

  


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