Seduciendo

Por Nicol
Enviado el 20/04/2017, clasificado en Adultos / eróticos
1967 visitas

Marcar como favorito
Relato patrocinado por:
MiPlacer.es - tienda erótica orientada a la sexualidad femenina
Envíos rápidos y discreto a España Peninsular. Asesoramiento, buenos precios. Compra con seguridad y confianza.

Era de noche. Hacía bastante frío y mis ojos me escocían por la brisa que me golpeaba el rostro y me cortaba la piel, o eso era lo que yo sentía.

Metí mis manos heladas en los bolsillos de mi piloto negro, y me detuve delante de lo que parecía un bar. Pispié por entre los cristales el ámbito en el que me metería y lo noté bastante satisfactorio.

Giré de la perilla e ingresé. Pronto el calor se fue colando por todo mi cuerpo, haciéndome estremecer. Sonreí satisfecho.

Me dirigí a una mesa, la más cercana a mí y allí me senté en espera a que me atendiera.

Mientras que colgaba mi abrigo en el respaldo de la silla, una voz suave, casi seductora podría decir, llamó mi atención.

Al alzar la mirada, me encontré frente a frente con una muchacha bastante atractiva. Para colmo, como si eso no perturbara mi mente, llevaba una camisa blanca entallada al cuerpo, con los botones del cuello abiertos para permitir que tu mente divagara en él. Un delantal blanco le colgaba de la cintura, sobre un chupín negro que te hacía perder la cordura. Por último, sus piernas esbeltas, eran estilizadas por unos estiletos también negros y de charol. Su cabello oscuro se hallaba recogido en una coleta pulcra.

Pasé saliva, pues, de manera inoportuna, mi garganta se había secado.

Sostenía en sus manos un anotador y un bolígrafo.

 

- Em... Un café cortado, por favor.

Solté las palabras atropelladamente, fruto de las reacciones que me provocaba aquella chica.

Sus labios pintados de rojo se alzaron al crear una sonrisa pícara.

- Café cortado será.

Volvió a retumbar aquella voz. No lo sé, pero de pronto sentí la urgencia de querer oírla de vuelta, pero con otra entonación, con otras palabras. 

Cuando se dio la vuelta, solté un suspiro hondo. ¿Qué me ocurría? Yo no era así de morboso.

"Pobre chica", pensé, "Seguro que la puse incómoda".

Negué con la cabeza, diciéndome que era un sinvergüenza.

Al poco rato ella volvió.

Depositó delante mío una taza de porcelana, similar al tono de su piel,  y al lado, unos sobrecitos con azúcar.

Le agradecí y comencé a endulzar el café. 

Para mi sorpresa, entre los paquetitos de azúcar, había un trozo de hoja con un  número de celular garabateado, y debajo, un nombre femenino.

Incrédulo, alcé la mirada para buscar a la dueña del número, y allí estaba la empleada, sonriéndome desde una de las mesas, mientras que "atendía" a una pareja.

Supe que de allí no saldría con frío, cuando ella me guiñó un ojo.

Le devolví la sonrisa.

Habíamos iniciado un juego seductor.

Cuando acabé mi bebida, que por cierto, se me había hecho eterna, la muchacha volvió a mi mesa para recoger la taza.

- Mi turno termina en quince minutos.

Me susurró.

- Si quieres, me puedes esperar.

Acepté. No era de esos tipos que buscaban compañías por ahí en medio de la noche, pero quise serlo, al menos, solo por aquella noche.

 Los quince minutos pasaron volando entre sonrisas insinuantes, miradas oscurecidas por la sed del placer y guiños juguetones.

La vi salir del local con ropa informal, así que me coloqué el piloto, y luego de pagar la cuenta, me retiré del bar.

El frío me volvió a azotar el rostro, pero no me importó. Porque allí estaba ella, esperándome cruzada de brazos.

Entre la seducción que nos ofrecimos mutuamente, habíamos llegado a mi departamento.

Cerré la puerta a ahorcajadas, pues sus piernas estaban enroscadas en mi cintura, mientras que yo la sostenía por la cadera, y mordisqueaba sus labios.

Alargué una mano hacia el interruptor de la luz del living, sitio en el que nos hallábamos, pero ella gruñó sin despegar nuetras bocas.

Estábamos en penumbras, la poca lúz que ingresaba por las ventanas, me eran suficientes para poder observar la silueta de su cuerpo. 

Tanteé el sillón y allí la deposité.

¿Frío? ¡Lo último que podía sentir era aquello! Mi cuerpo hervía por dentro y por fuera. 

Esa mujer estaba despertando en mí, sitios prohibidos. Me estaba atormentando con sus roces, con sus labios que me mordisqueaban el cuello y boca.

Lentamente fuimos despojándonos de nuestras ropas. No nos importó el paradero de éstas.

Estábamos cegados por el placer.

Su mirada centelleaba de deseo.

Aquel juego de seducción me estaba matando.

Sentía un desesperante dolor en mi entrepierna, tal era la sensación, que sentía enloquecer por hacerla doblar de placer entre mis brazos.

Deslicé mis labios por su mentón, por su cuello, donde  dejé algún que otro moretón, causa de mis mordiscos.

Disfruté escuchar los suspiros que soltó en aquel momento. Inclinó su cabeza hacia atrás y hacia los costados, y enterró sus dedos en mi cabello, atrayéndome  aún más a ella, separando cualquier distancia que hubiera quedado en aquel momento.

Continué con el desliz de mi lengua, que danzaba enérgica sobre su piel. Saboreé cada rincón de su cuerpo con deleite. Hasta que alcancé su busto. Succioné de uno de sus pezones, y comencé a jugar con éste, haciendo que la fémina siseara de placer, mientras que con la otra mano apretaba el otro pecho.

Mi lengua se aventuró más allá, bajó al ombligo, y desde allí comencé a descender con besos, hasta alcanzar su clítoris. 

Enrroscó sus piernas en mi cuello, y precionaba mi cabeza contra su genital.

Sus morbosos gemidos inundaban mi departamento. Aquellos sonidos, que tanto me perturbaban, me hacían excitar más de lo que ya estaba.

Besé sus muslos y los separé cuando deduje que ya se había acostumbrado a mis caricias.

Colérico de placer, no me pude retener más, y, con cuidado, fui introduciéndome en ella.

Fue paulatino. 

Lanzó un alarido, e irguió su espalda.

Yo, que creí que más placer no podía recibir, me sentí en la gloria, impidiendo que me comportara como un ser humano, y dejando que la locura, el deseo salvaje, me consumiera.

Fue entonces, que luego de unos momentos, la había comenzado a embestir con rapidez.

Nuestros cuerpos vibraban a causa del vaivén de nuestras caderas.

La sostuvo con fuerza por la cintura, aferrándome a ella.

Alcé mi mirada al techo, y cerré mis ojos al saborear aquellas sensaciones difíciles de explicar.

Fue maravilloso.

Ella agitó su cabeza de un costado  a otro, luego de haberme dicho que no aguantaba más.

Me rogaba que acabara con su tormento, pero no lo hice. Ahora era mi turno de devolverle la sensación de morir al recibir tanto placer.

Aumenté la fuerza de mis embestidas, haciendo rebotar sus pechos, y soltar gemidos de una zorra desesperada, cuando siseó de placer, aferrándose a mi cuello con ambos brazos.

Su melena se desparramó por el sillón, y su espalda se había erguido.

Ambos habíamos culminado en un mar de sensaciones, al mismo tiempo.

Una fina capa de sudor nos cubría por completo.

Nuestros corazones nos martilleaban, dificultándonos el respirar.

Perdiendo la fuerza de mi cuerpo, me dejé caer sobre sus pechos.

Ella me rodeó la nuca con una mano, atrayéndome a sus labios, los cuales deboré con lo último que me quedaba de energía.

 

- Hay que repetirlo.

Me dijo con la voz entrecortada.

-Pero de otra manera.

Continuó con un tono juguetón.

 


Compartir el relato

Denunciar relato

Comentarios

COMENTAR

(No se hará publico)
Seguridad:
Indica el resultado correcto

Por favor, se respetuoso con tus comentarios, no insultes ni agravies.

Buscador

Ellas buscan... MiPlacer.es
TvReceas - Videos de recetas de cocina Haz tu donativo a cortorelatos.com