CLANDESTINO

Por emilio rivellli rivelli
Enviado el 27/01/2014, clasificado en Intriga / suspense
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Como un corcho, entre las paredes de un agua inclemente, se balanceaba aferrado a la tabla. El dolor de la sal en contacto con las quemaduras en cara y brazos, anestesiaba en parte el terror que le subía por todo el espinazo. Espantado, trataba de detectar con la mirada alguna aleta asesina.

Atrás quedaba el arrojo con que inició semejante aventura a la que, de forma irremediable, estaba abocado. En su plana existencia sólo se le permitía decidir entre chícharos y lentejas, los días eran pesados como plomo y la desesperanza invadía cada uno de sus circuítos neuronales, las arduas jornadas de trabajo en los vetustos ferrocarriles eran el disfraz oficial para un plan urdido con alevosía.

Esgrimió un disfraz de concordia, nadie podía adivinar lo que estaba tramando. El saludo cordial, la prudencia como rectora de todos sus actos, la cautela armada, ingredientes necesarios para atravesar aquel tiempo de elegida clandestinidad. Con la paciencia de un monje copista, consultaba los boletines del Instituto de Meteorología, las isobaras no le reservaban secreto alguno, necesitaba controlar todas las variables posibles de un periplo de noventa millas marinas, la distancia entre el veneno de la indignación y el elixir de la esperanza.

Con febril actividad, en un taller próximo a la costa, calafateó un engendro que supo fabricar con los tubos de regadío desparramados por los solares baldíos; tan sólo rogaba a la Virgen de Regla que cumpliera con las leyes de la flotabilidad. No era tarea baladí. Recordaba con una mezcla de pesadumbre y nostalgia, tantos atardeceres desde el viejo malecón, la mirada cristalizada en un horizonte prometedor hasta ahora negado, el sinuoso mar interpuesto entre dos mundos opuestos, tal como el cristal de la ventana separa el frío invierno de la calidez del hogar.

Pero esa tarea prohibida tenía una resquebrajadura; el secreto que tal obra comportaba necesitaba extenderlo hasta el espacio de unos padres añosos, la zozobra del cruel silencio, ser un clandestino para su propia familia. A ellos sólo pudo entregarles la mirada infinita, aquella noche sin fin velada por la niebla de la emoción contenida, la cercanía de sus arrugas se le disolvería en las corrientes marinas.

Presuroso, administando hasta la náusea el hermetismo y la angustia, con la imagen de Yemayá en el bolsillo del corazón y sin ningún pasaporte posible, sólo concedió un atisbo de rabia al divisar por última vez unos ámbitos que le condenadron al abismo. Mientras, en la ciudad, la cálida humedad de la noche acompasa la oscuridad de unas calles abandonadas a su destino.

                                                           Emilio Rivelli Rivelli


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