El Programa (7 minutos)

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Por avatares del destino esos pingüinos habían escogido mi patio como lugar de cría. Entonces no sabía que estos animalitos pudieran ser tan cansinos. Cuatro agotadores años padeciendo su trompeteo   nupcial. ¿Cómo podían aguantar día y noche con el pecho inflado y aleteando de continuo tras las hembras? ¿Qué tenían en la cabeza salvo sexo, sexo y más sexo?, me preguntaba asombrado.

Aunque parezca extraño no vivo en la Patagonia sino en plena costa Andaluza, en Zahara de los Atunes, provincia de Cádiz, entre chiringuitos playeros, espetos de sardinas y sonrosados turistas ávidos de sol y cerveza fresquita. Lo de los pingüinos es un hecho singular que cambió mi vida cuando una colonia de éstos decidió establecerse en el porche de mi casa, en pleno paseo marítimo, y todo por causa de un “reality show” popularmente conocido como “NHC”.

NHC, sigla de “No Hay Cojones”, era un programa televisivo de alta audiencia a nivel mundial que reunía cada semana a los gobernantes más poderosos de la tierra y los sentaba en una mesa redonda. Se pretendía limar asperezas y tomar soluciones conjuntas para los grandes problemas que acuciaban a nuestro planeta. Y así, entre copitas de orujo o pacharán,  dirigían la política internacional con alegría y de forma totalmente distendida. En   un principio la idea fue buena y permitió grandes avances sociales que la humanidad agradeció. En otros casos las decisiones tomadas tuvieron efectos colaterales que sufrí, como veremos, en primera persona.

Todo empezó años atrás, cuando en uno de estos programas se debatía sobre el cambio climático y las medidas a adoptar para reducir el aumento de las temperaturas. Aunque el debate se inició escaso de ideas y de brío, pronto se animó. Bastaron unas cuantas botellas de esto y unas cuantas botellas de lo otro para que numerosas propuestas vieran la luz. Si bien las hubo de todo tipo, la guinda la puso el gran jeque “Abdullah Ben Saif Al Maunsor”, que tras una estructurada exposición en la que apeló a la responsabilidad común, consiguió arrancar los aplausos y alguna lágrima de los presentes. El discurso, en un perfecto árabe yemení, estuvo cargado de vehemencia y gestualidad, y concluyó con “un no hay cojones” consistente en trasladar un iceberg del tamaño de la isla de Sicilia al mar de Libia.

El primer ministro ruso “Vladímiro Mordashov”, minutos antes de caer redondo entre balbuceos y con la mirada perdida, recogió el guante con entusiasmo. Cuando despertó y sus traductores  le pusieron al corriente  del compromiso contraído,  el bueno de Vladimiro lejos de arredrarse, e irguiéndose todo lo que pudo, espetó que la madre Rusia trasladaría el iceberg, pero uno más gordo  para que el fresquito aguantara más tiempo.

La idea fue muy bien acogida por los países mediterráneos cuyos ciudadanos salieron con regocijo   a la calle, arremolinándose en sus costas con banderitas de colores para ver pasar semejante cubitera. Tras una semana de espera el entusiasmo se enfrió al conocerse la noticia de que el iceberg nunca llegaría a su destino. Por lo visto se había quedado encallado a la altura del  “Estrecho de Gibraltar”, y por mucho que tiraban de él doscientos  remolcadores, con el sonrosado Vladimiro a la cabeza, la cosa dejó de avanzar, por lo que se decidió dejarlo ahí, uniendo para asombro de la humanidad la costa  Española y Marroquí. “La nueva Pangea”, tituló la prensa internacional.

Llegó a resultar ciertamente cansino el tema, con declaraciones continuas de Vladimiro quejándose y culpando a terceros la falta de éxito de su misión.

“Si el peñón de Gibraltar no hubiera estado en esas coordenadas y si en otras más propias de tierras inglesas, como los condados de Kent o Sussex que están donde deben estar -manifestó Vladimiro con vehemencia- el icebergs hubiera llegado a su destino ".  Y siguiendo este hilo argumental propuso volar la Roca para desencallar el problema. Pero la falta de compromiso de los ingleses, según informó, lo impidió. Incomprensiblemente no aceptaron la propuesta a pesar de que los misiles corrían por cuenta del bueno de Vladimiro.

Y mientras se producía este ir y venir de acusaciones mutuas, la vida se adaptaba a los cambios con sorprendente celeridad, acomodándose a las nuevas circunstancias.

Así, los inmigrantes dejaron de entrar en patera al viejo continente, ahora lo hacían en esquíes y a gran velocidad. Esto último debido   a la elevada pendiente del iceberg en su punto de inserción con la costa gaditana, y a la falta de pericia de los sin papeles sobre los esquíes, que según cogían velocidad se preguntaban unos a otros donde cojones estaban los frenos. Por lo que generalmente paraban al choque, estampándose contra el primer cartel, muro o elemento vertical que se interponía en su camino.

Y entre esquiadores, turistas y sevillanas con bufanda, aparecieron los pingüinos. En los días sucesivos al impacto desembarcaron miles de ellos con sus graciosos andares y aleteos nupciales. No tardaron en esparcirse por las playas al olor del espeto de sardinas. Primero ocuparon los chiringuitos y pescaderías, y seguidamente las casas circundantes, entre las que estaba la mía. Y he de decir que después de todo tuve suerte. Dos calles más abajo, criaba una familia de osos polares con muy mala leche que hacían la vida imposible a los propietarios del inmueble, a los que atormentaban continuamente con sus sonoras ventosidades y mostrándoles sus enormes y babeantes colmillos cada vez que se cruzaban con ellos…

Tras mis reiteras quejas al consistorio sobre los problemas padecidos, al fin obtuve respuesta. En la misiva el Ayuntamiento se hacía cargo de  mi situación y mostraba toda su comprensión al respecto,  pero me recordaba que de acuerdo con el convenio CITES, firmado en Washington el 3 de marzo de 1973, y al que el Reino de España se  adhirió el 16 de mayo de 1986, todas las especies de pingüinos, osos polares y bichos árticos en general, estaban incluidos  en su “Apéndice I de alta protección”, por lo que me recordaban que no solo estaba prohibido perturbar sus lugares de cría, sino que también era motivo de  sanción grave molestarlos e incluso inquietarlos.

Así que cuatro años después ahí estaba yo, pendiente de que aquellos pequeños cabrones estuvieran a gusto en mi porche. Cosa de la que no me cabía duda viendo que todo el día se empleaban a fondo en lo mismo: “sexo, sexo y más sexo”… :)

 

 


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