TARDE DE LOCURA (5 minutos)

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Soy poco de fútbol, más bien nada de fútbol. No entiendo esa pasión que mueve naciones, y que ocupa horas y horas en los medios de comunicación de todo el planeta. Así que cuando mi cuñado me pidió acompañar a su hijo al partidillo del sábado casi me sale un “no”, tanto por mis principios como por el niño, que es un tanto inquieto y faltón.

Mientras mis neuronas trabajaban en dar con la excusa apropiada, caí en la cuenta de que ese niño también era sobrino de mi mujer, y que ella sentía devoción por la criatura. El “no” tendría consecuencias inmediatas que podían torpedear mis planes para esa misma noche, en la que había previsto lucir tatuaje a media nalga y loción corporal.  Así que me vi obligado a cambiar el “no categórico” por un “sin problema”, que mi cuñado dio por bueno antes de que hubiera terminado de pronunciarlo. 

Pronto llegó el día del evento.  El sol calentaba en pleno mes de febrero y el viento, que llevaba varios días levantándome dolor de cabeza, decidió concederme una tregua. Todo pintaba bien, incluso sonreí al niño un par de veces durante el trayecto, a pesar de que mi primer gesto de aproximación fue correspondió con su dedo corazón en alto. Al menos esta vez no intentó arrebatarme el volante para comprobar mi rapidez de reflejos.  Ciertamente el chaval parecía algo más centrado, cosa que agradecí.

Una vez dejé al niño en los vestuarios, me dirigí a uno de los corrillos de papás que esperaban el inicio del entrenamiento. Rápidamente entablé amistad con dos afables señores que conversaban sobre las habilidades de sus hijos en el manejo de la pelota y del bien que la práctica de este deporte ejercía sobre los muchachos:

- Esto es lo mejor que hay - dijo ufano uno de ellos -, en mis tiempos uno conocía la disciplina, el esfuerzo a base de hostias. Aquí aprenden todo eso, y encima los muy cabrones lo disfrutan. Ya hubiera querido yo estar  aquí a su edad, y no bebiendo litronas calientes en un banco.

¡Joder!, qué reflexiones se traían para ser unas horas tan tempraneras, y qué buen rollo. Cuántas risas y palmaditas. Estaba gratamente sorprendido, no era lo que me esperaba, aunque aquello no duró mucho. El punto de inflexión se produjo en el mismo momento en que el entrenador se puso a repartir los petos: rojos equipo A, amarillos equipo B. Se ve que el color elegido les parecía el idóneo para los canarios, pero no para sus hijos. El amarillo debía combinar muy mal   con el resto de la equipación, porque ambos padres sufrieron una misteriosa transformación en sus rostros y en el tono de voz.

De repente dejaron de verme. No más palmadas, no más conversación, no más pestañeos. Sus dilatadas pupilas sólo tenían un objetivo, "el Entrenador", que seguía dando petos, ajeno al escáner al que estaba siendo sometido.

-
No me jodas -dijo uno-, no tiene ni puta idea. Así, ni campeonato ni hostias. El muy lerdo seguro que no sabe ni hablar…

-Ya te dije que es muy malo -prosiguió el otro-, menuda cara de gilipollas se gasta. El cabronazo me tiene harto. Es la segunda vez este mes, que deja a Raulito en el equipo reserva. 

Tan incontestables argumentos se sumaban a un vocerío in crescendo, que se multiplicó con el inicio del partidillo. Nunca había escuchado tal amalgama de improperios, en el que destacaban términos como polla, maricón, puta, pichafloja y otros que dificultaban a los jugadores entender las indicaciones del entrenador.

 
-Ni puto caso hijo, escúchame, ESCÚCHAME A MI... ¡DALE FUERTE!, y si se te escapa, ya sabes, siega a la altura de la rodilla, o donde pilles, pero que duela…Tienes que hacer que te respeten, que no digan de ti que eres maricón como ese entrenador que tienes.

- ¡Qué cojones te están enseñando! Pero…, cámbiate de banda que esa no es la tuya.... menos tiki-taka y más profundidad...La madre que te parió, dale, ¡DALE!

 Como era mi primer día de entrenamiento y tenía grabado a fuego aquel dicho que decía "donde fueres haz lo que vieres", intenté ponerme a la altura de las circunstancias y de lo que este deporte, por lo visto, exigía. Y la verdad es que no me costó mucho. Empecé tímidamente con alguna palabra malsonante que no destacaba del murmullo general. Pasados diez minutos mis cuerdas vocales escupían veneno. Y antes del descanso era uno más del grupo. Tan saturado estaba de esa locura colectiva que no tardé en explotar…Una fuerza irrefrenable me impulsó a saltar al campo después de que a mi pequeñín le empujaran tras un saque de esquina. El pobrecito se cayó de culo manchándose los calzones. Indignante, aquello era una agresión evidente que no se podía tolerar.

Aunque mi sobrino parecía tener experiencia en técnicas de autodefensa y respondió con una sucesión de patadas dignas de Bruce Lee, decidí, puesto que ya me encontraba en el césped,  echarle una mano. Entre gritos y aspavientos corrí poseído detrás del agresor, que para ser alevín   era jodidamente rápido. A media carrera, boqueando como un pececito, observé que a mí también intentaban alcanzarme, y que a su vez mis perseguidores también eran perseguidos. De tal forma que en un periquete la grada entera estaba corriendo en círculos entre jadeos, tacos, y algún parón para recuperar el aliento.

Después de la tercera vuelta reflexioné al respecto y me pregunté qué puñetas estaba haciendo. Estas cosas jamás me habían sucedido con mis alumnos del conservatorio. Desde siempre he sido más de música y danza clásica, pensaba, al tiempo que alguien   muy bajito me mordía la pierna con la clara intención de llegar al hueso.

 Si el mordisco no me transmitía la rabia y salía vivo del envite prometí, cual misionero, dedicar mi vida a la conversión de padres y niños, a sacarlos del abismo de ese sórdido mundo capaz de enajenar las mentes más privilegiadas. Lo tenía claro, calzones y balones, por maillots, tutús y medias puntas, que aparte de transmitir disciplina, esfuerzo y compromiso, sientan la mar de bien y ayudan a estilizar la figura, y todo ello sin riesgos añadidos... :)

 

Jam Louvier 2019


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