El nido que nunca terminamos de abandonar

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Nací en Rosario, Argentina, y crecí en un barrio pobre llamado Empalme Graneros. De casas humildes, pasillos laberínticos, calles de tierra, árboles gigantes de eucaliptos, pájaros, mariposas, zanjas, inundaciones y barro, mucho barro: "el barrio de los negros" lo llamaban.

El 15/04/76 mi madre Aurelia me dio a luz en el Hospital Centenario. Soy el segundo de cuatro hermanos. Aurelia era la típica ama de casa que quería que sus hijos fueran lo que ella no había podido ser. Se hacía llamar María porque no le gustaba su nombre. Pocos conocían su verdadera identidad. Era de carácter autoritario. A veces la quería y a veces la odiaba. Pienso que la maté un poco el día que hablé sobre mi homosexualidad. Se puso tan triste esa noche. Desde el instante en que dije: "soy homosexual", el peso de mi angustia y mi soledad se trasladaron a su cuerpo cansado por su enfermedad. Desde esa noche no volvió a ser la misma.

Papá Daniel siempre estuvo presente, pero ausente en su rol de padre. Con los años comprendí que repitió la misma historia que vivió con sus padres. En la actualidad me llama varias veces por semana. Si no lo atiendo insiste hasta escuchar mi voz. Me pregunta cómo estoy de salud y si necesito algo. Es extraño pero el vih nos unió. Hoy tenemos el vínculo que no tuvimos antes. Compartimos salidas y conversaciones. Fue movilizador para él conocer mi diagnóstico. Vive con su novia a dos cuadras de mi casa: ¿casualidad? Lejos del barrio, su vida cambió desde que murió mamá.

Hace mucho que no vuelvo a Empalme. Allí viven mis dos hermanos menores. Papá los visita seguido. Ellos se han convertido en los custodios de los recuerdos que se esconden en mi casa natal.

Con mis hermanos nos vemos poco. Pero sabemos que cuando uno de nosotros necesita algo somos uno. Así fue cuando una vez les dije que era homosexual y cuando luego de saber mi diagnóstico de vih los reuní para contárselos. Y para otros hechos que nos conmocionaron. Mi familia es mi tesoro, mi refugio, mi contención, parte de mi cura emocional, el nido que nunca termino de abandonar.


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