El informático

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Unos años más joven que yo, Damián es el nuevo técnico informático de la empresa en la que yo trabajaba. Tiene el pelo oscuro, siempre bien recortado, pero lo suficientemente largo como para poder enredar los dedos en él. Sus ojos marrones eran profundos y te podías perder durante horas en ellos. Y su cuerpo… su cuerpo no tenía nada que envidiarle a ningún modelo, o eso parecía debajo de sus camisetas frikis.

Muchas veces le llamaba para que se pasara por nuestra oficina cuando realmente no necesitaba su ayuda, y él lo sabía. Una tarde de verano, cuando ya era tarde, mi ordenador dejo de funcionar y tuve que llamarle.

- Damián, el ordenador se me ha estropeado. ¿Puedes subir a echarle un vistazo?

Estando ya sentado en mi escritorio, me senté a la mesa para poder ver lo que hacía. Mi móvil comenzó a sonarme y para llegar hasta él tuvo que inclinarme sobre Damián. Mi pecho rozó su hombro. Cuando me volví a sentar sobre mi escritorio el colocó su mano en mi rodilla sin dejar el ratón. Me sorprendí tanto que solté un gallo mientras continuaba hablando por teléfono. El continuó subiendo su mano, enredando poco a poco sus dedos en mi vestido. Casi no había colgado y ya le tenía entre mis piernas, de pie, buscando mi boca desesperadamente.  Sabía a menta y sus labios eran gruesos y suaves.

- Nomi, quiero follarte. Aquí. Ahora. Desde el primer día que te vi. - Me bajo de la mesa, me dio la vuelta y me inclinó sobre la mesa. - ¿Notas eso? Es mi polla. Y gracias a ti está así de dura.

El olor a su colonia me envolvía y yo sólo podía pensar en que se bajar los pantalones. Se agacho detrás de mí, y desde los tobillos empezó a acariciarme las piernas. Subió hasta mi tanga, y tras entretenerse un rato con las costuras me las bajo. Comenzó a besar el interior de mis muslos, poco a poco acercándose a mis labios, disfrutando del momento. Cuando su lengua rozó mi clítoris no pude evitar gemir. Se entretuvo lo suficiente, con su lengua y sus dedos, entre mis piernas como para hacer que me corriera, mojándome las piernas. No me había recuperado y ya tenía la punta de su pene rozándome los labios. Poco a poco me la fue metiendo, dura, gorda, grande.

- Mmm, que prieta estas preciosa… Joder! Nunca me había tenido una polla tan grande entre las piernas como la tuya.

Con cuidado siguió metiendo su pene en mí. Era como tocar el cielo. Con una mano agarro mi coleta entre sus dedos, obligándome a levantar la cabeza. Yo me agarraba donde podía, tirando papeles a mi paso. Entró hasta dentro, todo lo que pudo para sacarla otra vez, y meterla, de golpe. Me torturaba, primero la metía despacito, poco a poco sin prisa, para de repente meterla de golpe, haciéndome chocar contra la mesa. En algún punto el perdió el control y subió el ritmo. Rápido, salvaje, sin miramientos.

Nos corrimos, nos vestimos como pudimos, con las piernas temblando y empapadas de placer.

No hablamos del tema nunca pero sólo pienso en formas de estropear mi computadora para que vuelva a tocarme.


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