Idiotez extrema IV

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Al verme ir hacia él, se levanta de la silla y esconde sus manos en los bolsillos del pantalón; me da la impresión de que en realidad no sabe qué hacer.
Bueno, yo tampoco.
Mientras me acerco me fijo en que no es alto ni bajo y los vaqueros le sientan muy bien. De cara, es una monada y ¡qué sonrisa! ¿Siempre sonríe así? Pero... es tan joven!
-¡Hola! Miki, ¿verdad? -le pregunto mientras me acerco.
-¡Hola! Si. Lo soy. ¡Y tú eres mi Seren! Esto... lo digo porque como hemos compartido algunos relatos...
-No te esfuerzes -le contesto con una sonrisa recordando alguno de ellos y eso pone mi cara iluminada por un rubor natural, -soy tu Seren!
-¡Qué casualidad! -decimos a la vez.
Nos echamos a reir y en un impulso mútuo nos abrazamos, mi cabeza en su hombro, sus manos abrazando mi espalda, las mias su cintura.
Nuestros cuerpos no se sentían extraños, al contrario, parecían reconocerse sin haberse visto nunca.
No puedo saber el rato que estuvimos pegados, meciéndonos en un ligero vaivén, respirando a la vez con los ojos cerrados.
Quien si pudo, fue mi abandonado Capitán América.
-Eh, morena! -oigo una voz un poco chillona a mis espaldas, -¿no me presentas a tu primo?
-No soy su primo, tío! -le contesta Miki que está de cara a él, mirándole a los ojos pero sin soltarme ni un milímetro.
Sin poder evitarlo me parto de la risa, con mi cara escondida en su cuello -mmm ¡qué bien huele! -pienso en medio de la extraña situación. Pero ni siquera me giro para no ofender a mi descuidado ligue, aunque me parece que no se lo toma muy bien...
-¡Pringaos! ¡Ahí os quedáis!
Recoge el casco de la silla donde lo había dejado y se larga con viento fresco montado en su burra y haciendo mucho ruído.
-Y, ¿ahora qué? -le pregunto.
-¿Me permites hacer algo que mi imaginación me pide a gritos?
-No sé Miki...
-Tranquila, -me intenta calmar. Coge mi cara con sus cálidas manos y une sus labios a los mios por unos segundos. Con los ojos cerrados recibo sus suaves labios. Me quedo en blanco.
Sus brazos vuelven a mi espalda y sus ojos penetran hasta el fondo de los mios. Me pregunto qué estará pasando por su cabeza...
-Ahora, te invito a un paseo -me dice sonriendo.
-De acuerdo, pero... ¿no crees que deberías soltarme primero?
Un poco avergonzados por nuestra osadía nos separamos con rapidez.
Las solitarias calles de la ciudad en agosto nos ven pasar, y asienten complacidas.

 


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