Don Mauro (6 minutos)

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Don Mauro tenía un problema. A decir verdad, lo había tenido toda su vida, y es que no sabía decir que "no". Con los años había aprendido a rechazar al intransigente, al mal encarado, pero las buenas maneras o una simple sonrisa le desarbolaban por completo, no podía evitarlo.

Esta forma de ser le había supuesto, en los últimos dos años, adquirir veintisiete enciclopedias a un simpático comercial que semanalmente le visitaba con su arrebatadora sonrisa y una caída de pestañas que aturdía los sentidos. Aunque las enciclopedias le habían restado espacio y habitabilidad a su modesta casa, también era cierto que le aportaban un saber incuestionable. En cualquier rincón, incluso en el horno o sobre la tapa del bidé, don Mauro había apilado ordenadamente volúmenes tan interesantes y dispares como “Materiales cerámicos en la construcción" o " Los Misterios desvelados del punto de cruz y otros artes del tejer", libros que siempre tenía a mano y leía con gran pasión.

Ciertamente la casa de don Mauro parecía un bazar persa donde uno podía encontrar, aún sin desembalar, vaporetas, centros de planchado, escobas eléctricas, vajillas chinas y otros lujos de oriente. Y una última adquisición, tres cajas de fina lencería compradas recientemente a un locuaz "Brand Manager" que conoció en unos aseos públicos. Por supuesto, el “Brand Manager”, guapo de rabiar, tenía la sonrisa impresa en el rostro.

Quiso el destino que entre tantos y tan variados artículos hubiera uno que trajera la desgracia a casa de don Mauro, uno que le arrebató al amor de su vida. Treinta y dos años de dulce convivencia con don Casto tirados a la basura, y todo por la compra de un estúpido achiperre de apenas palmo y medio de longitud. 

Se lo había vendido meses atrás una amable señorita.  Concretamente un trece de abril, el día de su sexagésimo cumpleaños. Aquella mañana don Mauro volvía del mercado de abastos. Portaba un paraguas que utilizaba a modo de bastón y una bolsa con todos los aperos necesarios para preparar su plato estrella, el   "risotto   alla millanesa". Un día tan especial precisaba de un menú especial.

Aprovechando que tenía que pasar por la Plaza Mayor decidió hacer una parada para refrescarse. No le costó encontrar una mesa libre al pie de la zona porticada. Una cañita bien tirada no le vendría nada mal, y si le ponían unas olivitas como aperitivo mucho mejor. Mientras disfrutaba del momento una dulce voz le sacó de su ensoñación. Era una mujer de mediana edad que a pesar de su sonrisa parecía cansada. Con educación, y tras darle las buenas tardes, le pidió sentarse a su lado para recuperar el resuello y tomarse un vaso de agua.

Portaba un gran bolso que enseguida acomodó sobre la mesa. Tras el primer sorbo de agua, le comenzó a contar su triste historia, y cómo una serie de infortunios la habían llevado de una vida bien a vender estampitas de santos por las calles de la urbe.  Su catálogo era muy variado, y presumía de ello. Las organizaba alfabéticamente en taquitos cogidos por gomas de colores que ponía y quitaba con gran soltura de dedos.

“La estampas, le dijo, son de la mejor calidad, plastificadas y con su oración correspondiente impresa en el reverso”.

 Pero a pesar de su esfuerzo por describirle las bondades de cada santo, pronto se percató de que quizá tuviera algo mejor para don Mauro. Sin disimulo le lanzó una pícara sonrisa antes de hablarle de sus otros artículos. En concreto de uno, su producto estrella, que se dispuso a mostrarle con la discreción que merecía un caballero como él, y que le predijo cambiaría su vida. Y efectivamente, así fue.

 De camino a casa, don Mauro, aceleró el paso. Se le había hecho tarde y la puntualidad en los horarios del comer, y más el día de su cumpleaños, era una máxima importante en su matrimonio. Así que según llegó, y sin tiempo para pensar, se apresuró a guardar su nuevo trasto bajo la cama, junto a una colección completa de recetas gastronómicas del medievo. Y ahí se quedó, en el olvido, cogiendo polvo hasta que una mañana su amada pareja, don Casto, lo encontró...

En el despertar de aquel fatídico día, don Casto tanteó bajo la cama en busca de sus zapatillas de osito, pero entre las pilas de libros palpó algo distinto. Tras unos instantes de confusión, reconoció lo que parecía ser un miembro de un tamaño incomprensible para él. Al comprobar que aquello no era un sueño de juventud sino algo real, y sabiendo que semejante instrumento no era suyo, pidió entre sollozos explicaciones a don Mauro:

"¡No te reconozco, eres, eres...un felón, felón del demonio!, ¿cómo, ¿cómo has sido capaz...?", le gritó fuera de sí.

Don Casto entendió el hallazgo como un acto de infidelidad pura. Un amante contra el que nunca podría competir, ni en tamaño, ni en rigidez ni en bravura.

De nada le sirvieron las explicaciones. Entre lágrimas le contó con todo detalle cómo se hizo con semejante aparato. Una sonriente señorita, que ofrecía imágenes de santos, se lo había vendido. Don Mauro argumentó en su defensa que, al no prestar devoción por ninguno de los beatos, y con la única finalidad de ayudar a tan amable señorita, optó por comprarle el maldito y cien veces maldito flautín. Suplicó para que después de tantos años de amor incondicional no lo abandonase. Lloró, imploró hasta perder la dignidad, pero de nada sirvió.

Don Casto se fue esa misma tarde con tres cajas de fina lencería, la cabeza alta y el achiperre sobresaliendo del bolsillo de su chaqueta. Mientras veía alejarse a su amado, don Mauro supo que había llegado el momento, un punto de inflexión, de no retorno en su vida. "Nunca Mais", se dijo en perfecto gallego. Y a partir de ese instante vio como una revelación que la única palabra que saldría por su boca sería "NO".

Aunque tras meditar un ratito decidió dejar su nueva vida para mañana. Después de todo no había necesidad de tanta prisa. Había caído en la cuenta que era jueves. En un rato tenía un comercial que atender, y   una enciclopedia que comprar..., esa sonrisa con caída de pestañas incluida bien lo merecían…  

Jam Louvier, 2020


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