Al revés

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 Aquella mañana que tomé el Mitre en Victoria, sentido Tigre Retiro, como siempre, ya venía lleno, así que me apretujé entre la gente apelotonada en la confluencia de las puertas y el pasillo, pero ya en La Lucila pude acomodarme contra las puertas que no abren y el último banco a la derecha. Allí me deparé con una muchacha que estaba leyendo un libro al revés, al revés y de izquierda a derecha (lo último lo noté por que ella marcaba la línea que leía con un dedo); claro que el título y el autor, por quedar en la parte de abajo, no los pude distinguir, y los anteojos de aumento los tenía debajo de la marmita con la comida en la mochila. Conjeturé que lo hacía como ensayo para un nuevo récord que un día estaría impreso en el Guinnes. Ya me había olvidado de la excéntrica muchacha cuando unas mañanas después, empujado por la presión de los pasajeros, fui a parar cerca de ella, que seguía leyendo al revés. Esta vez dejé caer la SUBE y al inclinarme pude leer título y autor: "En El Enjambre", de Han (¡qué apropiado!, me dije, echándole una mirada al vagón repleto). Desde esa mañana, no sé por qué, tomar el tren al mismo horario tomó un nuevo sentido para mí, ciertamente quería volver a ver a la muchacha que leía al revés. Claro, que ni todas las mañanas conseguía verla en el mismo vagón, pero a veces en Belgrano, o en Núñez, incluso , ya había espacio suficiente para recorrer el tren en su busca, ya que ella también iba hasta el final de la línea en Retiro. Un par de veces hasta me animé a sentarme a su lado, donde disimuladamente la observaba de reojo. Pero un día, algo así como dos meses más tarde (ella había terminado "En El Enjambre" y ahora leía "Cien Años de Soledad", de García Márquez), me animé a preguntarle por qué leía de aquel modo. 

  Perdón, le dije, hace mucho tiempo, desde que leías "En El Enjambre" a decir verdad, me llamó mucho la atención observarte leer al revés; bueno, si no te importa me gustaría saber el porqué. Pensé que me diría "y a vos que te importa", pero no fue así. 

   Claro, cómo no, dijo sonriendo, pasa que leo de acuerdo al mundo, que está de piernas para arriba o de cabeza para abajo, como prefieras, y a la sociedad, en donde se hace todo, o casi todo, al revés. La verdad busco, en este acto sin sentido de leer al revés y de izquierda a derecha, algún sentido que me ayude a encontrarle la vuelta al mundo. Me quedé pensando por un momento y le pregunté: 

   ¿Y estás llegando cerca?

   No, pero cada vez somos más, me respondió. A todo eso el tren ya había arribado a Retiro, entonces nos bajamos, confundiéndonos entre la multitud de cientos de seres apurados por traspasar las máquinas validadoras. 

   A la mañana siguiente, tomé el tren como siempre y esta vez tuve suerte, en Beccar bajó una señora y pude sentarme. Entonces saqué un libro de la mochila, lo puse cabeza abajo y empecé a leer de izquierda a derecha: yo también quería encontrarle la vuelta al mundo. 

                                                                         Fin. 


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